'La última gran estafa': Malos hábitos

08.01.2021 | 16:35
Cartel de 'La última gran estafa'.

Dirección: George Gallo. Guion: George Gallo, Josh Posner. Intérpretes: Robert De Niro, Morgan Freeman, Tommy Lee Jones, Vincent Spano, Natalie Burn, Emile Hirsch. País: EE UU 2020. Duración: 104 minutos.

El título español da noticia de la confusión interior del filme. Si estuviéramos ante La gran estafa o ante La última estafa entenderíamos el título como un absoluto. Al unir gran y última damos a entender que ni es la mayor ni es la última y eso denota cierta irrelevancia en la magnitud de esa referida "estafa". Levantada sobre las ruinas de The Comeback Trail (1982), de Harry Hurwitz, un filme que nadie pudo ver, George Gallo reinventa el pretexto argumental de aquel filme más inédito que maldito para, con De Niro, Lee Jones y Freeman, forjar una parodia corrosiva sobre Hollywood y su miseria.

Su ADN setentero, su cinismo posVietnam y sus ganas de aplicar sal gruesa con humor negro, desembocan en un castillo de fuegos artificiales para que sus protagonistas hagan caja. Con ellos, quien pasa por taquilla es el púbico que se encontrará con un filme amable, divertido a veces, gamberro sin mala uva, entretenido sin pasión y algo menos tonto de lo que aparenta.

El argumento, tomado del original de Harry Hurwitz, parece deudor de la vieja comedia Ealing y de los recursos, aquí en carne y hueso, del cartoon de Tex Avery. La historia de un productor arruinado y su joven socio y sobrino que, ante el fracaso de una delirante película propia del hacer de Tarantino sobre monjas justicieras, decide poner en marcha un filme con una vieja gloria al borde del suicidio, da lugar a situaciones y quiebros que aspiran a tener gracia.

Lo consigue con moderación y a ratos. Con altibajos. Los que emanan de las anécdotas de un rodaje a lo largo del cual se pretende matar al viejo actor para cobrar el seguro, sin que los intentos de muerte alcancen éxito. La presión de un mafioso con quien el productor tiene una deuda contraída por su película sobre las monjas asesinas arma un puré de demasiados ingredientes, de estilos, tonos y sentidos antagónicos, por lo que el resultado desconcierta.

Y sin embargo, en su desarrollo, Gallo aporta un puñado de gags divertidos que encuentran su sublimación en las imágenes finales, las que salen con los créditos, cuando la gente ya se ha marchado de la sala. Entonces vemos en acción a esas monjas que luchan contra los "malos hábitos", pero de su existencia nadie tendrá noticia porque la sala ya está vacía. Gallo no acierta.

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