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Histórico olvidado

El idioma universal de aquel gran cuerpo: el Bud Spencer de Bilbao

Su envergadura y su parecido con Bud Spencer propició que Fernando Arrien hiciese carrera en el cine

El idioma universal de aquel gran cuerpo: el Bud Spencer de Bilbao

Bud Spencer no descalabró a nadie a orillas del Nervión pero sí tuvo un clon nacido en Bilbao, a principios de los años cuarenta. Era su otra cara de la moneda, si es que me permiten llamarlo así. Fernando Arrien se convirtió en su alter ego en varias películas junto a otro actor que tampoco era Terence Hill. Lo ficharon a través de un anuncio de periódico y su figura era casi gemela a la del actor napolitano, rey de los mamporrazos en medio mundo. Se aprovecharon así, Bub y Terence, de su parecido y del tirón de la pareja: una especie de serie C dentro de la propia serie B.

Se dio a conocer en el mundo del cine como Fernando Bilbao, pero tenía más nombres artísticos. Fred Harrison, o Fred Harris, según enumeran sus familiares. Una curiosidad, en aquel Bilbao de los años setenta llegaron a darlo por muerto, habida cuenta que ese era su destino en infinidad de sus roles, dado que su cuerpo descomunal permitía considerarle como un coloso del celuloide.

No es que Fernando Arrien sustituyera formalmente a Bud Spencer en las películas originales de este actor italiano (Carlo Pedersoli), pero sí fue utilizado en varias producciones europeas como la versión “local” o alternativa de personajes similares al estilo del gigante bonachón que representaba Spencer, aprovechando la moda de ese tipo de personajes en los 70.

Vasco hasta en el silencio, aprendió pronto que la vida se parecía mucho a un plano fijo: si no te mueves, te borran. Creció entre puertos, frontones y cines de barrio donde el humo del tabaco se mezclaba con la épica de los puñetazos coreografiados. Allí, en aquellas salas de sesión continua, empezó a descubrir que su cuerpo –ancho, contundente, casi cómico en su potencia– era una herramienta antes que un estorbo.

Arrien no soñó con ser estrella. Soñó, como tantos, con no tener que marcharse. Pero se marchó. Madrid primero, Roma después. En los años setenta, cuando Europa rodaba a destajo y el cine popular necesitaba más brazos que discursos, su parecido físico con Bud Spencer –el gigante bueno del western crepuscular y la comedia de mamporros– se convirtió en pasaporte y condena. Tenía la misma espalda de armario antiguo, la misma cara capaz de pasar del enfado al chiste sin pedir permiso, la misma forma de caer al suelo sin romperse. Su cuerpo era un idioma universal.

Sus rodajes eran jornadas interminables, golpes repetidos hasta que dolían de verdad, trajes que no eran tuyos y aplausos que nunca llevaban tu nombre. Pero Arrien entendía el oficio con una dignidad callada. “El cine también se hace desde la sombra”, decía a quien le escuchaba.

Antes y después del doblaje, fue actor de reparto, figurante con texto, especialista ocasional. Apareció en películas españolas e italianas que hoy sobreviven en sobremesas y cintas gastadas. Hacía de guardia, de matón noble, de camionero, de padre que no sabe decir te quiero. No era un intérprete de método; era un hombre que ponía el cuerpo y dejaba que la cámara decidiera el resto. En los rodajes se ganó fama de puntual, de no quejarse, de ayudar al último eléctrico antes que al primer ayudante de dirección.

Rodó su última película en 2002, una pieza titulada The Biggest Robbery Never Told pero más adelante en su vida, en 2006, participó como jefe de producción en el documental No hay más sombras: Rufina Cambaceres, lo que muestra que su carrera no se limitó solo a la actuación. Según registros familiares recogidos en reportajes, se retiró en Málaga y falleció allí hace unas dos décadas, tras una década de actividad cinematográfica menos visible. Fue, como ven, un secundario con historia.