El Tour Auvergne-Rhône-Alpes tomó el nombre del Critérium Dauphiné. También cambió de imagen. Una nueva identidad para una carrera con la personalidad de siempre, intacto el espíritu de ensayo general del Tour.

Una maqueta a escala de julio en junio, con las sombras cortas del sol duro, los parajes similares y el ritmo endiablado. Un claqué con zapatos de fuego. Todo arde.

En esa pira, con Pogacar aguardando su calentamiento de la Grande Boucle en algo más de una semana en el Tour de Suiza, la antorcha la blandía el flamígero Paul Seixas, el advenimiento del ciclismo francés. El chico maravilla.

Colgadas de la percha de la fatiga cuatro ascensiones, en la Côte de Rousset, 8,3 km, al 7,6%, supuraban los rescoldos de la fuga, Alex Baudin, George Bennett y Clément Braz, que ni tan siquiera aliviaban las sombras. En medio de la sombras, se alumbró el chispazo de Baudin, que era el último hombre en pie.

Nunca conviene ser condescendiente con la fuerza interior de los superviviente. Baudin representaba la libertad y la esperanza de la fuga.

Se quedó a solas en la Rousset, amortizado el esfuerzo de sus compañeros de cordada que solo pudieron bajar la cabeza cuando Baudin elevó el mentón de la determinación.

El francés corría en casa, a una hora de su pueblo natal. Conocía cada recoveco del camino. Eso le concedió ventaja. Avanzaba por los paisajes de su vida. Por eso se acercó su familia a recibirle en Saint-Ismier con honores después de su insurrección en la Rousset.

Desde allí se impulsó para anidar en la mejor victoria de su vida. También en la más emocional. Estalló de alegría. Los brazos arriba, la sonrisa amplia, el corazón en un puño. Latidos de sentimientos. Vencedor, se abrazó a su pareja antes de vestirse de líder. Redoble de alegría.

De amarillo se intuye a Paul Seixas, vitoreado en la salida, abrumado por las muestras de cariño. Ha nacido una estrella. Francia posa sobre sus hombros.

En carrera, en la Rousset, alrededor de la sensación gala, que entró en competición después de la concentración en altura de Sierra Nevada, donde también se oxigenó Pogacar o Ayuso, merodeaban Jorgenson, Del Toro y el alicantino.

Contención entre los favoritos

Los porteadores de Seixas buscaron algo, pero su entusiasmo decayó como una hoja en otoño. Ligera, sin hacer ruido, sin darse importancia, solo empujada por la leve caricia de la caducidad.

Visma guio el paso y desgranó el grupo, resquebrajado. Se agitaban los actores secundarios, precavidas las grandes estrellas en la jornada inaugural, donde se imponían las fintas, los amagos y los y si…

Baudin perseveró en su misión. El desajuste entre el deseo y la concreción de los jerarcas concedía vida al francés, feliz por la contención, el resquemor y la desconfianza de los favoritos, pendientes de no desenmascararse en un terreno apelmazado, de toboganes y escalas.

Una carretera añeja, arrugada y desgastada conducía la pasión de Baudin. Vías secundarias que eran una avenida amplia para el arrojo y la valentía del francés. Seixas, al que los descensos le hacen palpitar emoción, se divirtió en la bajada. Desestresado.

Un pellizco después, Vauquelin y Onley, outsiders, revolotearon para lograr apenas unos segundos sobre el grupo de los jerarcas, donde sobresalía el brillo de la luminaria francesa, que eligió la calma. Baudin se anticipa a Seixas.