Rasgó el aire la atronadora potencia de Dylan Groenewegen, que abrió el cielo de Valencia con supersónico estruendo. El viento, caudaloso y feroz, empujó a Groenewegen en un esprint que se originó entre las ráfagas de viento de costado, que premian y penaliza, que ensalzan y traicionan.
En los abanicos, el Unibet Rose Rockets, la formación a la que se alistó Groenewegen, propulsó al velocista, que dirigió el cohete hacia las alturas sin desviarse ni un ápice. Fue un lanzamiento perfecto. Repitió la victoria de 2024.
La cuenta atrás eligió al neerlandés, 78 laureles en su vitrina, el más capaz en la resolución en una formación de 17 dorsales, los que leyeron los caprichos del viento y los interpretaron de fábula.
Entre ellos, también presumía de velocidad Paul Magnier. El francés y su compatriota, Emilien Jeannière, claudicaron sin queja ante el fogoso Groenewegen, incandescente, puro fuego.
Entró en órbita el neerlandés, imparable, y dibujó un vuelo perfecto. Quemó cualquier resistencia. Antes del lanzamiento de Groenewegen, la carrera pisó sobre el parqué del costumbrismo hasta que la carrera se estresó con el viento, alocado, enajenante.
Enzo Leijnse, nombre italiano, pasaporte neerlandés, siguió en fuga. Una extensión de su cuerpo. El día anterior fue el último en claudicar.
Con la dignidad intacta y el terreno por delante, también exploró con devoción la Clàssica Comunitat Valenciana. Un hombre a la escapada pegado.
Leijnse estuvo acompañado por Samuele Zoccarato, tan italiano como un plato de pasta al dente, un café espresso y un Ferrari. Nacido en Camposampiero, en el Véneto, el nombre y el apellido no despistaban.
Era lo que parecía. No es poco en un mundo de vendedores de humo, elixires varios y frases grandilocuentes de atrezzo que solo sirven para los que hacen negocio desde el engaño con la ayuda de la ignorancia.
El neerlandés y el italiano eran dos jornaleros del ciclismo recolectando kilómetros. Ambos sostenían la antorcha de la ilusión bajo un cielo ventrudo, las nubes grises desplegándose sobre sus cabezas, entre hileras de naranjos, las perlas dulces del invierno. Faltaba la luz de la obras de Sorolla, de sus pinceles luminosas, los cuadros soleados.
El poder de los abanicos
En el retrovisor las manchas eran moradas, las del Jayco, como un paso de Semana Santa a toque de cornetín y redoble de tambor. Soplaba el viento de costado, la amenaza susurrante, y se revolvió el enjambre, esa miscelánea de maillots, activados el Kern Pharma, el Movistar, el Unibet Rockets, el Jayco, el Soudal, el Total o el Cofidis.
Los abanicos no lograron abrirse del todo en el primer intento. Regresó la calma del status quo. Controlada los proyectistas del pelotón la fuga con la ruleta del Cinexin.
No había poesía en el Cinema Paradiso de la carretera, que tiene que ver más con la aspereza de las road movies. La escapada era una distracción.
El señuelo antes de que se desabrocharan los velocistas, una jauría con la mirada obsesiva y ceñudo el entrecejo en el vendaval.
En ese escenario, el frenesí descerrajó con rabia. Se produjo una estampida, abiertos los abanicos, punzantes, cortantes. Groenewegen comandó la rebelión.
Alrededor del esprinter se prensó una vanguardia con 17 dorsales. Cuatro representaban el vuelo de los rockets.
Se estableció una persecución a gritos entre los que se adentraron en el viento, que se entendieron de maravilla, y los que soplaban furiosos en su caza. No pudieron esposarlos a tiempo. En la ciudad del viento, Groenewegen va en cohete.