Por la mañana, en la salida de Spilimbergo, suelo italiano aún, los equipos se fusionaron en una sola voz y propusieron un recorrido alternativo que evitase el Crostis. La queja llegó hasta el despacho de Pat McQuaid, que, quizás temeroso de la energía insumisa que mana de los equipos -los rumores sólidos de una liga privada- cedió y tumbó el coloso de Zomegnan. Hoy no se sube el Crostis. Ni se baja. DEIA lo inspeccionó para comprobar la magnitud del riesgo. Así es el puerto virgen más famoso de la historia.
El sufrimiento tiene sonido. Empieza abajo: bip, bip. Apenas se escucha. Qué grandes los pulmones, qué amplia la sonrisa de los entusiastas, qué ágiles las piernas, qué valiente la ignorancia. Se surcan dos túneles cortos, tenebrosos y adoquinados. Y luego un puente. Ahí empieza. Lo dice un cartel. Monte Crostis: km. 13,9; 9%. ¡Bah!, no asusta. Se sube un piñón. Clack. Y sube otro el corazón. Bip, bip, bip. Marca el paso el pulsómetro. Los cuatro primeros kilómetros son una trampa. Son duros, pero no colosales. Y, claro, se entra al trapo. Así mordió Berzin el anzuelo de Pantani en el Mortirolo en 1994 y casi se deja el Giro. "Pero esto -dirá luego el cicloturista que sube sobre una BMC negra preciosa- es menos duro que el Mortirolo. Y, por supuesto, mucho menos que el Zoncolan". Bip, bip, bip, bip. No pasa nada. Es más audible aún el trinar de los pajarillos y el soplido del viento que agita las copas de los alargados y delgaditos pinos. Bajo su sombra trepa la carretera montaña arriba. Es un pasillo oscuro. Hasta Tualis. Un claro en el bosque. Un pueblecito de postal. Cuatro casas alpinas sacadas de los dibujos de Heidi y una plaza recién inaugurada que se llama Giro de Italia. Tiene una estatua de un ciclista inclinado. Así se sube el Crostis. En diagonal, casi vertical, hacia el cielo alto de los Alpes Cárnicos. Hoy -por ayer- el sol es una caricia. Mañana -por hoy- no está tan claro. Hay nubes cargadas de tormenta que asoman al fondo, más allá del pelo cano de las cumbres. Quizás eso fue lo que acabó por convencer a la UCI. Quién sabe, de todas maneras.
Bip, bip, bip, bip, bip. Ya no hay tanto gozo en las pedaladas. Del kilómetro 4 al 10 el asunto se pone serio. Es una ensalada de porcentajes imposibles. Tramos largos y tortuosos del 10, 11, 12, 13%… La carretera se estrecha aún más. El bosque sigue haciendo el paso angosto y frío pero el asfalto es delicioso, de seda. Está recién puesto. Bip, bip, bip, bip, bip, bip. El corazón no sabe de la calidad del suelo.
Lo peor está por llegar. Y llega. Cuando desaparecen los árboles y el Crostis se asoma a balcón alucinante. Hay nieve allí arriba. Y se distinguen las vallas de colores, azules y naranjas, que Zomegnan ha mandado colocar en el descenso para evitar que los ciclistas vuelen barranco abajo. Quedan cuatro kilómetros. Los tres primeros, infernales. La carretera se retuerce como si se doliera. Pero al que verdaderamente le duele es al cicloturista. Ay, ay, ay, ay… Una pared del 18% a menos ya de dos kilómetros es una agonía. Bip, bip, bip, bip, bip, bip, bip, bip…
todos los dientes que quepan "Molto duro. Duro, duro", dice el tipo de la BMC cuando alcanza la cumbre que un día iluminó a Zomegnan y se abriga porque el aire viene cargado del hielo perpetuo de las montañas. "Pero no es más que el Mortirolo ni que el Zoncolan", prosigue. Contador, de todas maneras, estudiaba colocar hoy un piñón especial de Sram de 32 y un plato de 34. Quizás lo ponga para subir el Zoncolan. El cicloturista ha empezado a contar los suyos. "25, 26, ¿27?…". No le salen las cuentas. Ahí hay más dientes que en una caballeriza.
Bip, bip, bip. El pulso va volviendo a su sitio. "No arranco hasta recuperar bien". El cansancio anula los reflejos. Y los necesita. Tiene que afrontar la bajada del Crostis, más temible aún que la subida. Por peligrosa. "Aquí", protesta Contador, "puedo perder el Giro por una caída, un pinchazo o cualquier avería. Y no es justo". Ya tiene un temor menos.
Se empieza a descender por una carretera recién alfombrada en la que cabe un coche de los pequeñitos y barre un operario con una escoba de las de bruja. Ahí está, barriendo el monte. Para nada. La lengua de brea es estrecha. Pero segura. Por si acaso, ya hay redes en las primeras curvas conflictivas que se asoman a un pasto vertical en el que brotan las rocas como champiñones. El Crostis todavía no baja. Llanea, sube un poco, parece descender… y se mete en una pista de tierra. Tierra compacta, con algunas piedras sueltas, nada que ver con la tierra blanca de la Toscana, pero tierra al fin y al cabo. Siete kilómetros con todos sus metros. Es la zona más peligrosa. Ahí las ruedas no agarran bien. Hay quién no ve descabellado cambiar de bicicleta por una con tubulares como los de ciclocross. Con ventosas. Hay dos puestos de asistencia mecánica para ello.
Bip, bip, bip, bip… El corazón vuelve a dispararse. Esta vez es de miedo. Las redes que Zomegnan ha mandado traer desde la estación de esquí del Zoncolan cosen esa parte del descenso. Surte efecto: generan sensación de seguridad. Pese a ellas, las manos van soldadas a los frenos. Si llueve, y el servicio meteorológico del Giro anunciaba tormentas para hoy sobre el Crostis, ni eso hubiese servido. La tierra se convertirá en barro y esos sietes kilómetros, en el infierno que deseaba Zomegnan, que, de todas maneras, ya ha logrado que su criatura genere la repercusión que deseaba para el Giro. Nadie ha hablado de otra cosa desde antes incluso de iniciarse. Mucho antes de ser director de la carrera rosa, Zomegnan fue durante muchos años periodistas de La Gazzetta dello Sport. Sabe cómo vender periódicos.
Ocho kilómetros de descenso después, frente a la fontana de Valsecca, vuelve el asfalto. Nuevo y brillante. Y una ensalada de curvas. Hay barranco. Claro. Si no, no sería una montaña. "Está en el límite de lo razonable", cuentan algunos. "No, no, no", niega el tipo de la BMC cuando alcanza la plácida tranquilidad del llano. "Esto es muy peligroso. Es un crimen". Pudo serlo. Nadie lo sabrá nunca.
Queda, a la espera de saber hoy cómo se rehace la etapa, el Zoncolan. 10,1 kilómetros al 11,9% de desnivel y tramos del 22%. Ahí el Giro ha subido tres veces y siempre han ganado los italianos: dos veces Gilberto Simoni y una, el año pasado, Ivan Basso.