ravenna. Quizás tenga algo de razón Mark Cavendish cuando dice que es como el rey Midas de la polémica: que todo lo que toca acaba convertido en un agrio litigio. Ninguno de los tres esprines que ha disputado el inglés en el Giro han acabado en paz. En la primera etapa discutió la maniobra sinuosa con la que le dribló Petacchi; tras el sprint que le ganó a Ventoso, al fin victorioso, le atacaron reprochándole con furia que subiese el Etna agarrado al coche; ayer, en Ravenna, volvió a salir apaleado.

Y eso que fue un sprint impoluto ensombrecido solo porque a kilómetro y medio de la meta, en una curva de 90 grados a la izquierda que se estrechaba malamente y que el tren del HTC tomó a toda velocidad, uno de los vagones, el segundo, se desprendió y acabó empotrado contra la valla de protección. El incidente provocó una reacción en cadena. Cayeron más ciclistas que se quedaron varados en mitad de la carretera, un paso angosto, y cerraron el paso a los demás. Delante quedó solo un puñado. Todos velocistas y ninguno de los favoritos -tampoco importaba porque al producirse el accidente en los tres últimos kilómetros de seguridad no contaban los segundos perdidos-. De eso no tuvo culpa alguna Cavendish, que bien protegido por su fiel Renshaw, salió encogido y rabioso, una bala de cañón, en los últimos metros para dispararse hacia la meta. Petacchi trató de ponerse a la par pero sucumbió. Ventoso ni siquiera estaba por allí. Davide Apollonio, joven y, ya dicen en Italia, heredero del trono de Ale-jet, que tiene 37 años y algún día deberá de dejar de ser rápido, se rebeló un poco más y acabó a la estela de Cavendish, que logró su segunda victoria en el Giro. Es la última.

última estación De eso, de ganar y correr al hotel para hacer las maletas y marcharse, le acusaron ayer al británico, que desde que conoció el recorrido del Giro sabía que Ravenna, a nueve días duros de Milán y ningún posible sprint a la vista, sería su última estación. Así que escuchaba cariacontecido a Eddy Merckx decirle en directo en la televisión italiana que eso no estaba bien, que no era digno de los ciclistas y que "cuando se sale en una carrera de tres semanas hay que acabarla". "Esto no es bueno para el ciclismo". Atendido el sermón con que le obsequió El Caníbal, Cavendish confirmó: "Sí, me voy a casa. Me desagrada pero me voy porque he visto las etapas que quedan, todas duras, y yo soy un profesional, no un cicloturista". No entendió el británico el reproche, pues la espantada de los velocistas no es un invento suyo, sino que tiene más años que el ciclismo. Lo hacía Cipollini y no pasaba nada.

Cavendish no es Cipollini -Mario escribió hace unos días que el británico estaba gordo y desaprovechaba todo su talento y este le respondió ayer, sin acritud, que es mejor ser gordo y primero que segundo y delgado, pero que, de todas maneras, agradecía que alguien como él se preocupase por su salud- y se tuvo que seguir explicando: "Mira, me voy a mi casa de Inglaterra a celebrar mi cumpleaños con mi familia por primera vez en ocho años. Y, además, tengo que preparar el Tour. Y luego la Vuelta. Quiero ganar etapas en las tres grandes vueltas en la misma temporada". Sería el primero en conseguirlo desde que lo lograra en 2003 Petacchi, que ayer, derrotado por el cansancio -el italiano, a diferencia de Cavendish, trabaja para Scarponi los días que no hay sprint-, corrió su última etapa en el Giro. También se marcha, pese a que viste el maillot rojo de puntos, circunstancia que acrecentó la polémica porque alguien dijo que eso era algo insólito y un desprecio. "Tengo que preparar el Tour, la Vuelta, el Mundial... No hago nada aquí", dijo el italiano.