TÉRMOLI. El Giro deshace el camino y remonta hacia el norte por la costa este de Italia en busca de las montañas nevadas de los Alpes y los Dolomitas de piedra; la caricia del sol, los cielos azules y altísimos, el bello-salvaje sur de la primera semana son un recuerdo que alguien tira al archivo de la memoria como una piedra al mar. Caen al fondo. Son pasado lejano las columnas de humo de la Toscana, la erupción de Contador en el repecho de la bucólica Tropea y su caminar de gigante -así pedalearían los volcanes si supiesen andar en bicicleta- por las laderas de lava del Etna. La novela rosa del Giro avanza y muda el escenario. Tras el inicio, llega el nudo. El cielo se ha vuelto de ceniza y llueve a rabiar, por primera vez, durante toda la noche; un viento musculado agita las palmeras del lungomare Colombo, en Térmoli, bañado en el Adriático, un mar enfurecido, rabioso, que se daba cabezazos contra los viejos muros ocres de la ciudad. Todo eso entraba ayer por la ventana de la habitación del hotel de Antón, encerrado todo el día entre cuatro paredes. Así pasó Igor la primera jornada de descanso. Viendo el Giro cambiar. .
¿En todo ese tiempo ha mirado muchas veces la clasificación?
Hoy tampoco mucho, pero ayer sí, aunque sin obsesión, solo para ver cómo ha quedado todo esto después de la primera semana, que ha sido muy movida en todos los sentidos.
Es usted undécimo a 2:21 de Contador, pero, por ejemplo, a solo un minuto de Nibali, el mejor de los perseguidores del madrileño. ¿Qué le dice eso?
Viendo lo que queda es complicado extraer conclusiones. Es pronto aún. Pero sí que me dice que estoy bien, que después de tantas etapas que no me venían bien no estoy lejos. Me da confianza. Eso es más importante que el puesto en el que estoy y el tiempo que me llevan. Pero también me dice que tengo que mejorar si quiero llegar a ganar algo.
¿Le queda mucho por progresar?
Me falta algo de soltura, pero ahora es cuestión de comprobar si voy asimilando los esfuerzos. Habrá gente que vaya a menos y otros que resurjan. No se ha visto nada todavía.
Antes de empezar el Giro usted y su equipo hablaban de que se conformaban con llegar a hoy con hasta cuatro minutos perdidos. Ver que no solo no es así, sino que está cerquísima de los mejores, ¿le produce cierta euforia?
Da moral. Es cierto que ha habido etapas, el día de la tierra, por ejemplo, en las que podía haber perdido tiempo y no ha sucedido. Ni caídas, ni cortes… Toco madera porque aquí cualquier día se te tuerce todo. Hay que seguir siendo cautos, no por humildad ni miedo ni nada de eso, sino porque en esta carrera los esfuerzos empiezan a pesar muy pronto. Se nota mucho el paso de los días. Los traslados dejan huella. Un día como el de ayer -por el del Etna- no lo olvida el cuerpo fácilmente. Solo nos faltó montar en moto. Cogimos: el autobús por la mañana, el barco para cruzar el estrecho hasta Sicilia, la bicicleta para correr la etapa, el coche para bajar al aeropuerto y el avión. Fue un día eterno. Llegamos tardísimo. Esto es un sálvese quien pueda. Al final quedará delante el que mayor capacidad de recuperación tenga.
Antes de viajar a Italia hablaba de lo importante que era para usted disfrutar en este Giro, ¿lo está haciendo?
Ha habido etapas en las que sí. Recuerdo la de Tropea, que salvo el repecho final donde atacó Alberto, fue preciosa. Un día bueno, un paisaje bonito… He disfrutado también de lo que es el Giro, la pasión que lo envuelve, las tradiciones… Pero también está el reverso de la moneda, que son las trampas que te ponen y tienes que ir sorteando. Se hace duro también ver situaciones como la de Weylandt. Eso te hace pensar mucho. Es un mal trago.
Corrió el Giro en 2005, ¿lo recordaba así?
Sí, de este estilo. El Giro siempre será el Giro. Y es lo que me ha servido, aquella experiencia, para venir ahora y saber moverme con prudencia. Esta edición es dura, pero también lo fue la de 2005 y eso no se me olvida. Estaba mentalizado para digerir lo que nos ha tocado vivir y lo que nos queda por afrontar.
La primera etapa de montaña suele mostrar algunas cosas, pero, sobre todo, les aclara a los ciclistas dudas sobre su verdadero estado. ¿Qué sintió usted en el Etna?
No conocía la subida, pero un poco preguntando por ahí y otro poco mirando los perfiles me hice una idea. Me esperaba otra cosa. Algo más duro quizás, sin tantos descanso. No era de mi gusto. Fue una subida agónica, no creo que disfrutase nadie, salvo Contador, claro. No acabé de ir del todo cómodo, pero me sirve para tomar la medida a la montaña. Algunos no asimilan ese cambio tan brusco y se dejan tiempo, pero no ha habido grandes diferencias. No veo que nadie se haya dejado una minutada. A mí, estar ahí, delante, me da confianza, aunque no iba como cuando estoy al cien por cien. Me falta coger ese punto o que aparezca un puerto que se adapte más a mis características.
¿Vio usted despegar a Contador en el Etna?
Sí, sí, y ya van unas cuantas veces que he vivido algo así. ¿Lo puedo llamar privilegio? ¿Placer? ¿O la desgracia de ver cómo se va? No lo sé. Solo sé que siempre es de repente. Cuando nadie se lo espera. En un primer momento pensé que era excesivamente lejos. Pero el tío va muy bien. Es Contador, claro. Ha ganado todas las grandes vueltas que ha corrido desde 2007. Aunque es cierto que todos nos hacíamos una pregunta: ¿ya estará tan bien como siempre? Nos respondió en el Etna. Es el mejor.
¿Qué ocurrió en el grupo cuando se marchó Contador? ¿Se dijo algo? ¿Reinó el silencio?
Nibali ni llegó a reaccionar. El único que se movió al instante fue Scarponi. Y mira lo que le pasó. Lo pagó. Nibali es más inteligente. Ya demostró el año pasado en la Vuelta que es un tío calculador. Nunca se va a llenar ni a explotar. A Kreuziger también le vi bien. Contador, Nibali, y Kreuziger. Son los tres que yo pensaba desde el inicio que iban a ser los mejores.
¿Descarta ya a alguien?
¿Lo dices por Purito o Menchov? No, no, son muy correosos. Un día van y te la lían.
¿En este Giro se corre ya por el segundo puesto?
Pienso que no. ¿Con el recorrido que hay? No, no, para nada. El propio Nibali es un gran bajador y en este Giro, además de subidas, también hay muchos descensos. No tengo ninguna duda de que buscará algún modo de sorprender a Contador. Aunque, claro, Alberto no suele fallar.
¿Usted sigue sin querer oír hablar de podio?
No, sigo igual de relajado que al principio. No me quiero volver loco. Viendo todo lo que queda, quiero seguir con la idea de la etapa, que aún así es algo complicado porque tengo que mejorar algo.