EL Giro de Italia es tan excesivo en la dureza, tan irritante e intenso a diario -repechos inesperados, pasos estrechos como desfiladeros, finales vertiginoso y serpenteantes, carreteras de tierra- que algunos echan de menos aquellos Giros rectos y llanos que Vincenzo Torriani alfombraba para Moser en los 80. "No creas todo lo que te cuentan. Ahora el Giro puede parecer una trampa continua, pero no es cierto. El recorrido es el que es porque el terreno es así. No hay más explicación. Las carreteras nacieron estrechas, no las ha estrechado el Giro. Esos años, los de Moser, eran otra cosa. El recorrido no era la trampa, sino los italianos. Lo tramposo era el ciclismo italiano. Los italianos siempre trataban de engañar a los extranjeros. Y lo conseguían. Ahora quizás lo intenten, pero no lo logran. Todo ha cambiado mucho", desmonta Domenico Cavallo, que corrió en los tiempos de Moser, cinco temporadas en los 80 -"era malo. Javier Míngez, que me fichó en aficionados, decía que creía que había comprado un caballo de carreras que resultó ser un burro", bromea-. Zor, Ariostea e Issoglas fueron sus equipos. Cuando colgó la bicicleta siguió de director en el Selle Italia de Tafi y Leonardo Sierra; luego del Ariostea de Ferretti, el de Argentin, Riis y Sorensen; el ZG Mobili de Ferrigato, Ghirotto, Perini y Cacaíto Rodríguez; el Vitalicio de Mínguez, el de Freire, Horrillo y los Galdeano, y, finalmente, dos años en el T-Mobile de Ullrich. En 2002 lo dejó. Volvió a casa porque quería pasar más tiempo con su hija. Quería verla crecer. Siguió vinculado al ciclismo con un modesto equipo aficionado durante tres años. Luego lo aparcó definitivamente y entró a trabajar en la empresa de bricolaje de un amigo. Se dedicaba a la venta. Carretera y teléfono. Hace unos meses sonó, como tantas otras veces. Resultó ser una llamada iniciática.
Era Igor González de Galdeano, el mánager de Euskaltel-Euskadi con el que coincidió en su etapa en Vitalicio y con el que, como con su hermano Álvaro, mantuvo viva una estrecha relación de amistad. Galdeano le contó que Euskaltel volvía al Giro con la enorme esperanza de hacer algo grande, pues desembarcaban en Italia con Igor Antón, el escalador que entusiasma. Y que quería que él, Cavallo, italiano, le guiara en una carrera laberíntica, indescifrable. Aceptó.
"¿Qué puedo aportar yo?", se llegó a preguntar Cavallo antes de que desperezara el Giro en Turín y comprendiera la razón por la que Galdeano le había reclutado. "Entiendo la forma de pensar del Giro y la forma de pensar de los equipos italiano", resume. "Pero sería un error intentar que Euskaltel se transformase en un equipo italiano por un mes. No puede. Tiene que mantener su manera vasca de pensar y afrontar las carreras. No estoy aquí para transformar al equipo, sino para evitar que a los corredores les atrape la sorpresa continua que es el Giro".
Domenico es el puente entre Euskaltel e Italia, el Giro. Hace visible lo invisible. Destapa las trampas. Las desnuda. "Yo conozco lo que conozco de Italia, pero tengo amigos que el día antes recorren la etapa del día siguiente y me cuentan lo que han visto". Son los ojos italianos de Antón. Álvaro González de Galdeano, a quien Cavallo llevó a ganar una etapa del Giro de 2000, inspecciona el trazado a través de Google Earth y completa la información.
Mejor de lo esperado. La fórmula ha funcionado. En las seis primeras etapas del Giro, quizás las más tensas e indigestas para un escalador como Antón, poco habituado a la pelea caníbal por la posición segura, los codazos, los manillares, los frenazos, los bandazos, apenas ha cedido tiempo: siguen valiendo los 51 segundos que perdió en la crono por equipos con Nibali, el más alejado de los favoritos. Álvaro hablaba antes de arrancar el Giro de que ni siquiera cuatro minutos de desventaja les desalentaría. Lo que ha ocurrido es aún mejor. "Pero seguimos pensando en la etapa".
"Lo importante era evitar caídas, por eso no hemos tomado ni un riesgo", dice Álvaro, que ha encapsulado a Antón durante esta primera semana entre Isasi y Oroz, dos tipos duros, curtidos, con oficio. Ellos han decidido en carrera, dónde tenía que estar Igor en cada momento, por dónde tenía que circular, si era conveniente arriesgar... "Vamos todos los días con las orejas tiesas. Y aconsejamos en un momento dado si merece la pena meterse por un espacio o es mejor esperar y asegurar", traza Oroz, un tallo navarro, discípulo de Txente y Arrieta, dos que saben de qué va esto, que corre ahora lastrado por la caída en los sterrato de la Toscana.
De allí salió vivo Antón. Ni magullado ni retrasado. Lleno de polvo, pero inmaculado. "Fue una etapa de mucha tensión. Me costó encontrar el equilibrio entre no arriesgar demasiado y no perder la rueda de los favoritos", descifró ayer Antón, que ha sorprendido a Cavallo por su carácter reposado y su inteligencia. "Su actitud, la tranquilidad con la que está afrontando el Giro, es vital en una carrera diferente porque desgasta mucho por los largos y agotadores traslados, la presión de la prensa y el público y los cambios radicales de temperatura. E Igor lo ha digerido todo bien. Ha comprendido muy pronto lo que es el Giro. Es lo que más me ha gustado de él. Es un buen chaval y tiene la edad perfecta para despuntar", zanja Cavallo.