PIOMBINO-ORVIETA 191KM

Pieter Weening (Rabobank) 4h54'49''

Fabio Duarte (Geox) a 8''

José Serpa (Androni) m.t.

GENERAL

Pieter Weening (Rabobank)14h59'33''

Marco Pinotti (HTC) a 2''

Konstantsin Sivtsov (HTC)a 9''

Etapa de hoy, 6ª: Orvieto-Fiuggi Terme, 216 km. ETB-1, Eurosport y Veo 7 (14.55 h.).

ORVIETO. En otoño pasado Angelo Zomegnan presentó el Giro de Italia, una carrera excesiva, aplaudida por los que no montan en bicicleta, los que piden espectáculo sin reparar en ninguna otra cuestión, que luchen los gladiadores hasta el final, e indigerible para los ciclistas, cariacontecidos, incrédulos ante lo que les presentaron. A estos, los artistas, se dirigió Zomegnan y les avisó para no caer en la traición, como Bruto: "Este es el Giro de Italia, con más dureza. Ya sabéis lo que hay, así que si decidís venir, no os quejéis". Y, podría haber añadido, aunque lo hagáis, no importa porque nadie os escuchará, nadie os hará caso, os quejaréis, pero correréis; os arriesgaréis, buscaréis el límite, porque sois ciclistas, la adrenalina os gobierna cuando montáis en bicicleta y os ciega, no os deja ver el peligro; la supervivencia es vuestro verdadero motor, vuestro único fin. "Hemos sobrevivido, hemos salvado la etapa", dijo feliz, pese al miedo vivido, Igor Antón al final del día.

Tan bien, ni un segundo de pérdida con los mejores y, sobre todo, intacto, ni un rasguño, mucho mejor de lo temido, que puede considerar un triunfo maravilloso su paso por los sterrato, los tramos de tierra de la Toscana, un paisaje sublime de luz que perfila los pueblos de paredes ocres subidos a las colinas, los altos y finos cipreses, a los que no prestaron atención los ciclistas. No podían. No veían. Estaban en el estómago de la densa nube de polvo.

La entrada al primer tramo polvoriento fue salvaje. Un polvorín. Lo hizo estallar Popovych. Atacó un par de veces y eso fue suficiente para que se desencadenase la gran batalla. El pelotón se hizo añicos en un instante. Asomaron Scarponi, Garzelli, Nibali. Fue Kreuziger el que comandó el grupo en una ascensión que se empinó enormemente en su parte final. Todos iban sentados. Nadie se podía levantar y hacer danzar la bicicleta porque la rueda perdía tracción sobre la tierra o al atrapar las piedras sueltas. David Arroyo, rosa tantos días el año pasado y segundo al final, subió ágil, a la espalda de los italianos. Como Joaquim Rodríguez. Contador y Antón pasaron desapercibidos. Estaban ahí, ocultos. En la trinchera. Con Menchov. Coronaron el puerto, un tercera que acuchilló las piernas como si fuera el Tourmalet, y se asomaron a un descenso de miedo.

Nibali es joven, valiente y hábil con la bicicleta. Se lanzó en un descenso suicida. Quizá le motivó no escuchar el jadeo de Contador en la subida. El grupo se estiró como un acordeón. Seguían bajando por la pista. Piedras sueltas. Polvo en los ojos. Los ciclistas masticaban arena. Apenas podían respirar. Ni comer ni beber. Era solo la primera bajada del primer tramo. Quedaban otros dos. Y ya reinaba la anarquía. Se mascaba la tragedia. Nibali, en el filo, se asomó demasiado a un barranco pero dominó magníficamente la bicicleta, la devolvió al carril y siguió buscando en el miedo de sus rivales una grieta por la que rescatar segundos valiosos que gestionar en la montaña. Pensaba en Contador. Y en Antón. No les veía a su rueda. No se veía nada. "Yo tenía muy claro que no iba a tomar ningún tipo de riesgo", dijo Alberto. El escalador de Euskaltel se agarró a los frenos sin reparo. Solo pensaba en sobrevivir.

Logró más que eso. Al final del descenso estaban todos juntos. Nibali se calmó y la tempestad amainó. Fue un respiro breve. La tierra volvió a aparecer. Y el polvo. "Era como el ciclocross", resumió Antón. Averías. Caídas. Darío Cataldo, que había despegado junto a Bram Tankink del grupo principal para tratar de alcanzar a Kholer, escapado todo el día, derrapó en una curva, se arrastró por la arena y acabó tirado en la cuneta, mordiendo el polvo. A Tankink se le salió la cadena y no supo, pura desesperación, volver a colocarla hasta que llegó su mecánico, tarde. José Luis Arrieta, director del Movistar, andaba a la cola de la alargada nube de humo, la estela de polvo de un cometa, buscando sin ver nada a Fran Ventoso, que andaba por ahí pinchado, quién sabe dónde, quién sabe cómo, porque radio corsa estaba muda y reinaba la desinformación. En ese escenario dantesco de agitación, el Giro se volvió a estremecer.

el susto de slagter Fue bajo la pancarta de quince a meta. La agonía de la tierra había quedado atrás. El lugar, una recta, ligera subida, lo poblaban los auxiliares de los equipos que repartían agua para que los ciclistas limpiasen las gargantas obstruidas por el polvo. Entre ellos estaba Eneko Larrea, mecánico de Euskaltel, a quien el holandés Tom Jelte Slagter rogó un botellín. Este, claro, se lo alargó, el ciclista del Rabobank lo cogió y en ese instante perdió el control de la bicicleta. Se precipitó al suelo. Fue puro infortunio. El golpe, brutal, espantó a Eneko. En plena paranoia, fresquísimo en la memoria el rostro ensangrentado del inmóvil Weylandt, agitaba las manos reclamando ayuda urgente. Inevitablemente, el fantasma de la muerte volvió a sobrevolar el Giro. La conmoción duró unos minutos, hasta que Slagter, joven, movió un brazo. Fue una liberación. Solo se rompió el pómulo.

Justicia poética, mientras Slagter subía a la ambulancia, su compañero Pieter Weening, una espiga holandesa que ya ganó una etapa en el Tour del 2005, corría hacia el triunfo en la colina de Orvieto. Lo alcanzó, y con él la maglia rosa, pese a los ataques que esquilmaron el grupo de favoritos, potentísimo el de Scarponi, significativo el de Arroyito y esperanzador el de Mikel Nieve, ya en el último kilómetro, lo que fue un motivo más de alegría para Antón, a quien le vendrán muy bien las fuertes piernas escaladores de Nieve cuando llegue la alta montaña, más adelante. Ayer se trataba solo de sobrevivir.

Logrado el objetivo, también por Contador, contento por salvar el día sin problemas, llegaron las quejas. Alberto dijo que este tipo de cosas tan esperpénticas no merecen la pena "porque nos lo jugamos todo en una caída que puede ser grave". "Nunca he hecho ciclocross y no me he planteado hacerlo. Espero que estas cosas no vuelvan a suceder", abundó. Pablo Lastras recordó las palabras de Zomegnan, no os quejaréis, así que cubierto de polvo hasta los dientes encogió los hombros mientras admiraba el duomo de Orvieto que se levanta imponente al cielo azul de la Toscana. "Se trata", dijo inspirado, "de luchar por dignificar el ciclismo". "Lo esperaba peor, me ha salido bien", resumió Joaquim Rodríguez. Arroyo agradeció no tener que lavarse los ojos con suero durante dos días para sacarse la tierra como le ocurrió el año pasado, en la misma etapa, pero distinta. Llovió. "Menos mal que no lo ha hecho hoy", suspiró Antón, que se imaginó que la tarde habría sido maravillosa "para sentarse en el sofá a ver el Giro por la tele".