bilbao. Etore Torri, santone del Giro de Italia desde 1949 hasta 1986, le dijo una vez a Angelo Zomegnan, actual patrón, que no perdiese el tiempo con propósitos grandilocuentes para perpetuar la supervivencia de la carrera. Le dijo que lo único que tenía que hacer era convertir lo particular en algo especial. El Giro, una carrera doméstica -lo dice la estadística, pues el dominio de los ciclistas italianos en todas las clasificaciones históricas, salvo por un tal Eddy Merckx, es apabullante-, ha logrado desde esa peculiaridad, la cosa nostra, la tradición, el costumbrismo felliniano, la pasión, la locura, el recuerdo eterno de Il campionnisimmo y su epopeya, un uomo solo al comando, sostener la mirada al Tour de Francia, la carrera de envergadura universal. A la Vuelta le da mil vueltas. La competencia es equivalente a la que las románticas tiendas de barrio mantienen con los mastodónticos centros comerciales.

El Tour es el Tour, una apisonadora mediática, pero el Giro fue valorado en muchas revistas especializadas y páginas webs como la mejor carrera de 2010. La más hermosa. La más apasionante. Fue por cosas tan particulares como la etapa de La Toscana y sus Strade Bianche, la dantesca jornada de las lágrimas de barro blanco en las mejillas de los ciclistas. El Giro es del pueblo, y en ese amor fraternal está su encanto, pero lo eleva a espectáculo magno la orografía italiana, tan sublime, tan exuberante. La montaña, Dolomitas y Alpes, es su edén. Y su paraíso.

La montaña es la leyenda, Stelvio, Gavia, Tres Cimas de Lavaredo, la Marmolada, y tantos otros. En 1990 Castellano, sucesor de Torri y predecesor de Zomegnan, descubrió una cuesta mediana, 10 kilómetros, y dura como una tortura. Se llamaba Mortirolo, se ha subido en diez ocasiones desde entonces -la más recordada, la de Pantani, Berzin e Indurain en 1994- y es el máximo exponente, por pionero, de las montañas modernas de porcentajes desorbitados, casi verticales, y carreteras vecinales recién asfaltadas. El Angliru, más menos, es su gemelo. La búsqueda de la dureza extrema como revulsivo, cosa del Giro y la Vuelta, pues el Tour sigue fiel a sus montañas de siempre, ha alejado del límite racional a Zomegnan, padre de puertos como el Zoncolan, el terrible Plan de Corones o la Finestre, los dos últimos, además de exagerados en el porcentaje, pistas de tierra sin asfaltar.

Para Zomegnan el espectáculo pasa porque los ciclistas vuelvan a ser héroes que se retuercen y pedalean hasta la extenuación hacia un universo inhumano entre lo conocido -los puertos legendarios Marmolada o Fedaia, Passo Giau, el Etna siciliano- y lo inhóspito, que son los nuevos puertos imposibles, los colosos de Zomegnan. Su paredes.

Puertos como el Crostis, inédito y durísimo, que se sube en la 14ª etapa, un día después del eterno Grossglockner austriaco donde despierta el Giro y se adentra en una pesadilla montañosa. El Crostis lo inspeccionó Alberto Contador, favorito para ganar su segundo Giro de Italia, hace unos días, después de correr la Flecha Valona y renunciar a la Lieja-Bastogne-Lieja, y salió espantado. "Esto da miedo", dijo tras escalar, puro alpinismo, sus 14 kilómetros al 10,1% de desnivel medio y rampas del 18, alcanzar los 1.982 metros de su cumbre pelada y asomarse al horror, a un descenso estrecho como un pasillo, la pared de piedra a la derecha y a la izquierda, el vacío eterno del precipicio. "¡No sé cómo vamos a bajar por ahí! Incluso en coche se te ponen los pelos de punta", exclamó preocupado Alberto, que se planteó cambiar de bicicleta y bajar en mountain bike por la preligrosidad extrema de un descenso que la organización asegurará colocando redes como las que protegen a los esquiadores en los descensos de las pistas de esquí. "Solo espero que no llueva y, sobre todo, que no pase nada".

"El Crostis se hará durísimo, pero el verdadero problema será la bajada, rápida y técnica, con una carretera muy estrecha. Ahí no se puede beber ni alimentarse", resumió Carlos Sastre, que ha corrido cinco Giros, diez Tours y nueve Vueltas y jamás ha asistido a nada parecido a lo de esa etapa, que muere, tras superar el Crostis, en el terrorífico Zoncolan, y la siguiente, una monstruosidad de 229 kilómetros, las subidas al Passo Giau (2.236 metros, Cima Coppi), la Marmolada y final en la estación de esquí de Gardeccia Val di Fassa. Son 6.500 metros de desnivel, cuando rara vez la más agónica, larga y dura etapa del Tour supera los 5.000. "Es increíble", dice Contador. "Giau es sobre todo duro en su parte final y la Marmolada en la parte central, con unas larguísimas rectas que parece que no van a terminar nunca. No conocía Gardeccia. Tiene tramos muy exigentes y sobre todo hay que tener en cuenta que este puerto llegará después de 200 kilómetros", conviene Sastre, que recuerda que la cosa no acaba ahí. Que tras el día de descanso se corre una cronoescalada durísima de 12 kilómetros a Nevegal, y luego quedan las metas colgantes de Macugnaga y, el sábado final, Sestriere al que se llega tras subir la Finestre, el puerto sin asfalto. Mamma mia!