bilbao. Hace mucho, cuando era cadete en Punta Galea, a Jonathan Castroviejo, asombroso ayer en el prólogo del Tour de Romandía, su primera gran victoria profesional, le descalificaron en una carrera. Había ganado en Barrika, pero lo había hecho con un plato grande de 52, dos dientes más de lo permitido en esa categoría. No fue algo premeditado. La tarde anterior se le había roto la cadena de la bicicleta subiendo Unbe y, sin móvil ni forma de contactar con el mundo, tuvo que regresar caminando a casa. Tardó dos horas. Llegó deshecho y con la urgencia de reemplazar la bicicleta maltrecha. Tomó prestada la del novio de su hermana. La del plato de 52 tan pesado paro los músculos de leche de los cadetes. Él lo movió de maravilla. Pese a ser un chaval enjuto y regordete que nunca hubiera llamado la atención por su planta. No poseía la figura estilizada del ciclista. Luego se subía a la bicicleta y todo cobraba sentido. Se volvía fino y ágil. Asombraba. Lo sigue haciendo.
Siempre con el plato a vueltas. Con el cincuenta y tantos. En la crono, la especialidad de los brutos. El vergel de los tipos grandes, hercúleos, macizos. Cuerpos como el de Fabian Cancellara, que no corre el Tour de Romandía, Suiza, su casa, pero comprobó desde el sofá que las balas más veloces del brevísimo prólogo, 3,5 kilómetros, eran tallos verdes, rostros frescos y nuevos como el de Taylor Phinney, 21 años, segundo, y Castroviejo, 24 hoy mismo, primero por centésimas. "Acabo de ver que parece que me hago mayor", tuiteó el suizo. Si hubiese acercado la lupa, a Fabian le habría asombrado también el andamiaje del vizcaino, su breve estatura, 1,70, y sus piernas de culturista. Eso mismo, su planta, hizo que un director del ProTour exhalase ayer asombrado: "¿Cómo siendo tan pequeño puede andar tanto contrarreloj?". Castroviejo, desde ayer una nueva estrella en la constelación ciclista, había sido segundo tras Beñat Intxausti en la crono de la Vuelta a Asturias de 2010; y quinto en el estatal de la especialidad; y duodécimo en la crono de la Vuelta a Suiza; o octavo en la del Eneco Tour. Este año, ya brilló en una gran Tirreno-Adriático. Ayer, se confirmó.
Quizás la razón, argumentaba Igor González de Galdeano en enero cuando le preguntaron por sus impresionantes resultados en una especialidad tan peculiar, se halle en que se mentaliza mucho, curvea de maravilla y gobierna la bicicleta con una destreza deliciosa. Quizás, también, en que se acopla fantásticamente, pues es hiperlaxo, lo que quiere decir, más o menos, que sus articulaciones son de goma y pueden adaptarse a casi cualquier postura sin que sus músculos pierdan efectividad. O simplemente ocurre que es buenísimo. El ciclismo a veces no es tan complicado. "Siempre se me han dado bien las cronos, pero de ahí a ganar un prólogo como este hay un salto", explicó el vizcaino después de las flores y los besos, un epílogo inesperado a un prólogo que inició desde el suelo porque cuando se dirigía hacia la salida un mecánico de otro equipo le empujó sin intención y le lanzó contra el asfalto. "El accidente me ha servido de acicate para dar aún un poco más". Saltó de la rampa con la tensión y el coraje de los agraviados. Volcánico, el getxotarra conservó, sin embargo, el pulso preciso para gestionar el par de curvas complicadas que se atravesaban en el camino. "Pero donde se ganaba era en las rectas, pedaleando con mucha potencia". A lo Cancellara. En su casa, Suiza, se confirmó ayer Castroviejo.