Soberbio Gilbert; encomiables Schleck
El valón logra al fin el triunfo en la Lieja-Bastogne-Lieja tras un duelo apasionante con Andy y Frank
bilbao. Lo más soberbio lo hizo Gilbert unas cuantas veces, pero sobre todo en dos ocasiones: la primera, en el último palmo de Saint Nicolas, el barrio de los inmigrantes italianos, una cuesta que se clava como un cuchillo en las piernas carcomidas por la acidosis y en la que el valón reventó tras dos ataques salvajes a Andy y dejó temblando a Frank, los dos hermanos huesudos que aún le seguían el paso; la segunda, reagrupados los tres y superado Ans, cuando al girar la última curva a la izquierda oteó la meta y se lanzó con una fuerza tan descomunal que dejó de rueda a los luxemburgueses. Se levantó con suficiencia y posó sonriente y sudoroso bajo un sol plácido y primaveral. La imagen es historia. Es el segundo ciclista, tras Davide Rebellin en 2004, el primer belga, ni siquiera Merckx, que gana Amstel, Flecha y Lieja la misma temporada. Solo seis ciclistas antes que él (Kubler, Ocker, Merckx, Argentin, el propio Rebellin y Valverde) habían saltado en solo unos días del trono de Huy al de Ans.
Ninguno, de todas maneras, había posado, aunque fuese un escalón por debajo, junto a su hermano en el podio de la Lieja tras los 21 kilómetros más fraternales de la historia de La Decana -en el palmarés de la prueba figuran otros dos hermanos, Gustave y Alphons Deloor, pero en dos años diferentes, 1937 y 1938-. Lo hicieron Andy y Frank, encomiables en la más bella de las derrotas jamás contada y de la que salieron dignificados porque al ciclismo encorsetado, de catenaccio y conformismo -el que sufrió como un látigo frustrante Cancellara en la Roubaix- opusieron algo más romántico, la belleza insondable del ciclismo desnudo. Al músculo se enfrentaron con músculo. La propuesta fue más heroica que ingenua, aunque de lo ocurrido se derive una sentencia absoluta: ganó Gilbert, el mejor, el más fuerte, y ganó gracias a los Schleck.
"Trabajaron hasta el final aun sabiendo que sería difícil superarme", resumió Gilbert. "Ellos no corrieron como los demás ciclistas cuyo único objetivo es hacerme perder la carrera sin ni siquiera pensar en ganar".
Antón en la roca Comenzó todo en la Roca de los Halcones -la cota más temida ahora de la Lieja, donde se decide en los últimos años tras robar luminosidad a la legendaria La Redoute, a cuyos pies nació y se hizo ciclista Gilbert-. Ahí ha atacado, nada más comenzar, Andy Schleck los dos últimos años. En 2009 fue su catapulta hacia un triunfo contundente. En 2010 repitió la misma maniobra, le respondió Gilbert y tras ser absorbidos, fue Vinokourov, arriba, en el falso llano, el que se lanzó hacia su segunda Lieja. Ayer, la misma idea de siempre en la cabeza, los Schleck, juntos, lanzaron su ofensiva en la primera rampa. Se fue con ellos Gilbert. Quedaban 21 kilómetros y empezaba la carrera. La bella guerra desnuda, músculo contra músculo, entre los tres. La de los demás, todos, el resto, había acabado. Joaquím Rodríguez, excelso en Amstel y Flecha, segundo en ambas, no encontró piernas para seguir aquel ritmo tan bestial que barrió como un tornado la fuga de la que era parte el irundarra Juanma Garate. Cayeron todos, Gasparotto y Pineau los dos últimos, en la zona de repechos desalmada que se abre tras coronar, salvo el belga Van Avermaet, que resistió hasta Saint Nicolas, donde reventó. En la Roca de los Halcones se despidió Vinokourov de la proeza de la tercera victoria tras sufrir una avería, cambiar de bicicleta y volver a reingresar en el grupo de favoritos que masticaba con ahogo la evidencia de lo que sucedía: los Schleck y Gilbert eran ya inalcanzables.
Se reveló contra esa certeza Igor Antón, a un palmo de su mejor versión escaladora que desea explotar en los últimos diez días bestiales del Giro de Italia, con un acelerón pleno de potencia y convicción con el que arrastró a Kolobnev. Cuando aterrizaron en el llano, el grupo, que había engordado en el descenso -entre ellos David López y Samuel Sánchez- los engulló, rivalizó unos kilómetros con el cuarteto de cabeza -aún aguantaba Van Avermaet- y arrojó definitivamente la toalla a la entrada de la industrial Lieja. Quedaba Saint Nicolas.
El aviso "Intenté un ataque temprano", justificó luego Andy un potente cambio de ritmo en la zona alta de Saint Nicolas que no amedrentó a Gilbert sino todo lo contrario, pues la osadía encendió al valón. Dos ataques sublimes hicieron tambalearse a los Schleck, que se recuperaron en el descenso hacia Ans, sabedores, quizás ya, de lo que les esperaba allí arriba. Fueron dos kilómetros de procesión: Andy marcaba el paso; Frank cerraba el trío; y en medio, Gilbert, siempre de pies sobre los pedales, sujetaba el músculo. Lo liberó en cuanto alcanzó la cima del barrio proletario de Lieja. Ans. Sonó así de contundente. Un estruendo acabó con los encomiables Schleck.