El día de Van Summeren
El belga del Garmin, un gregario de 30 años, sorprende y gana la París-Roubaix
bilbao. Johan Van Summeren, 30 años, gregario zanquilargo del Garmin-Cervélo, 1,97 de estatura, una espiga, salió del infierno de polvo y adoquín que fue ayer la París-Roubaix, besó a su novia en la zona de hierba que ocupa la pelousse del velódromo de Roubaix y le susurró: "¿Quieres casarte conmigo?". Lo hizo, envuelto en polvo y sudor, desde el nirvana, el cielo ciclista que representa un trozo de piedra cuadrado y frío donde se comprime la esencia más pura, clásica y romántica del deporte de la bicicleta. El adoquín de la 109ª Roubaix, la roca por la que luchó más y mejor que nadie Fabian Cancellara, ahogado y frustrado por la vigilancia constante y exasperante de sus rivales, volvió a Bélgica, pero no lo llevó Tom Boonen como en otras ocasiones porque el mejor de los belgas tuvo uno de esos domingos nefastos -pinchó, se cayó y acabó retirándose-, sino un gregario, un ciclista abnegado y voluntarioso que en ocho años de profesional solo había ganado una etapa y la general de la Vuelta a Polonia -2007- y que hace dos temporadas ya había sido quinto en Roubaix, aunque aquello pasase desapercibido.
Tan desapercibido o más que cuando, pasado el bosque de Arenberg, se escurrió en una fuga y se quedó a la sombra, sin menearse, el esfuerzo mínimo para ahorrar toda la energía posible. Así le hubiese gustado correr a Cancellara, que, como en el Tour de Flandes de hace una semana que ganó Nick Nuyens, otra gran sorpresa, otro belga semidesconocido, cargó con el peso de ser Cancellara. Su sombra se pobló de ciclistas imantados a su rueda. Aceleraba y se le echaban encima. Así que levantaba el pie. Y todos con él. "¡Si me hubiera parado a tomar un café, se habrían parado también!", bramó el suizo. "No pensaron en la victoria sino en correr contra mí". Pasó al ataque en el terrible Carrefour de l'Arbre, el último de los grandes tramos de pavé, un cinco estrellas, la máxima categoría, largo y deteriorado, pero se le atragantó una moto de la organización. Volvió a revolucionarse un poco más adelante. Hacía viento a favor. Hushovd y Ballan siguieron su estela. Luego, Lars Boom, Flecha y los demás. El suizo se desesperó.
En l'Arbre se abrió paso también Van Summeren. Se lo había dicho Jonathan Vaughters. "Espera hasta el Carrefour". Y esperó. Entraron 17 al tramo y salió solo y embalado el belga. "Sabía que Tjallingi no venía muy lejos. Después ya no lo vi más. Fui a tope en el Carrefour de l'Arbre. Fue doloroso, pero es una satisfacción enorme".
Cerca de un minuto después salió de la trinchera Cancellara. Y detrás de él, todos los demás. El suizo había renunciado. No quería arrastrar a nadie. "Me cansé y pensé en no hacer más esfuerzos, pero Kim Andersen me pidió que atacara para obtener un buen lugar". Partió una vez más. La última. Esta vez nadie le siguió y el suizo comenzó una remontada desesperada y estéril que solo le alcanzó para ser segundo. "Terminé tercero en el Tour de Flandes, segundo en la Milán-San Remo y París-Roubaix. Es así ... Hoy hice el máximo y no pude hacer más. Es cierto, he terminado segundo, pero yo digo que también gané algo". Más admiración, si cabe.
19 segundos antes había entrado Van Summeren con la rueda pinchada -pinché a cuatro kilómetros: no podía parar para cambiar la rueda y, además, estoy acostumbrado, a veces me olvido llevar repuesto en los entrenamientos y acabo así", dijo- para abalanzarse, envuelto en el polvo de las carreteras rurales y empedradas de un domingo caluroso, sobre su novia. "¿Te quieres casar conmigo?", se declaró. Le respondería que sí. Era su día.
Erviti y Alan Pérez De los ciclistas vascos que partieron desde París solo dos llegaron a Roubaix. Imanol Erviti, un ciclista de talla navarra, robusto como un roble, estuvo notable y acabó el 45º a 4:46 de Van Summeren. Alan Pérez, por su parte, llegó más de diez minutos después del corredor del Movistar, a 17:42 del ganador y en el puesto 103.