Dicen que la vida puede cambiar en un abrir y cerrar de ojos. Para los graduados en Medicina que este invierno se batieron frente al MIR, tras intensos meses de estudio, ese instante se concentra ahora en mayo, cuando se realiza el proceso de adjudicación de plazas en el Sistema Nacional de Salud. Después de seis años de carrera y una preparación agotadora, la disciplina médica escogida será el nuevo pincel con el que trazarán su futuro profesional.

En conjunto, Euskadi oferta este año 438 plazas formativas de las 12.366 disponibles en todo el Estado. Dermatología, Cardiología, Oftalmología y Urología vuelven a situarse entre las especialidades más demandadas, frente a Medicina Familiar y Comunitaria, una de las ramas con mayor carencia de profesionales.

La nota más alta de Bizkaia

Con la decisión todavía reciente y el vértigo de una nueva vida por delante, Deia conversa con tres antiguos alumnos de la EHU de Leioa sobre un período académico que difícilmente olvidarán.“La espera hasta recibir la plaza se puede hacer muy larga, incluso más que la preparación del examen”, relata Mikel Alcañiz, el vizcaino con la nota más alta del territorio.

La elección no supone únicamente escoger una especialidad. También implica decidir dónde vivir, en qué hospital formarse y cómo construir los próximos años de vida. Elegir plaza es, en cierto modo, significa empezar a imaginar la vida adulta después de años suspendidos entre apuntes y prácticas. “Antes se valoraba más el contacto con el paciente crítico en hospitales, pero hoy en día mucha gente busca más calidad de vida. Por eso especialidades como Endocrino o Cirugía Plástica están tan en auge”, reflexiona Alcañiz.

“Sentía que me jugaba todo"

Aunque ahora observa el MIR con cierta distancia, todavía recuerda el agotamiento físico y mental de aquellos meses. “Lo viví con muchísimo estrés. Sentía que me jugaba todo. Son seis años de carrera y me preocupaba mucho no estar al cien por cien el día del examen”, confiesa.

La prueba comenzó mucho antes de enero. En junio, el bilbaino puso rumbo a Oviedo y comenzó, entre tantos peregrinos del estudio, una ardua preparación intensiva de ocho meses. Su vida se resumía en acudir a la biblioteca a las ocho de la mañana y, salvo contadas excepciones como acudir a la academia, encadenar jornadas de más de doce horas frente a los apuntes. Días repetidos con precisión quirúrgica en los que el tiempo parecía medirse únicamente entre cafés y subrayadores.

“Pensaba que iba a estar mucho más feliz al salir del examen”

“Al final te terminas mentalizando. Encuentras tu comodidad, pero son meses en los que vives completamente aislado”, recuerda. El domingo era el único día libre. Paseos, alguna película y pequeños planes improvisados servían para desconectar del desgaste mental de una oposición que acaba absorbiéndolo todo. “Necesitaba dejar del todo el teléfono y hacer algo de deporte porque acabas molido de estar sentado tantas horas”, añade.

Finalmente llegó el examen. Alcañiz prefirió realizar la prueba en el campus de Leioa en lugar de hacerlo en Asturias. “Sabía que en casa iba a descansar mejor”, explica. Después de una vuelta por el campus y con el mediodía encima, arrancaron las 210 preguntas. Seis horas en las que se condensaban siete años de esfuerzo. “Pensaba que iba a estar mucho más feliz al salir del examen”, reconoce. Lo que apareció después fue una extraña sensación de vacío. “Pasas de estar todo el día hiperactivo mentalmente, memorizando constantemente, a no tener que pensar en nada”, asegura.

De Oviedo a Sri Lanka

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Por suerte, la llegada de los amigos al salir de la prueba y una juerga improvisada por el Casco Viejo dio paso a una vida completamente distinta para el bilbaino. Atrás quedaban las rutinas marcadas al milímetro. En los meses posteriores, llegaron las visitas a hospitales en jornadas de puertas abiertas, lecturas pendientes sobre economía y fiscalidad y un viaje a Sri Lanka junto a varios compañeros. Precisamente en una escala en Barajas recibió la noticia: había logrado la mejor nota de Bizkaia. “No te lo esperas nunca. Lo celebré nada más llegar”, recuerda.

Con esa posición podía escoger prácticamente cualquier especialidad, pero finalmente se decidió por Urología en el Hospital de Cruces. “Es una especialidad muy completa y muy bonita. Quizá no tenga el estilo de vida más calmado, pero durante la carrera me gustó muchísimo”, asegura. Ahora encara con ilusión los próximos cinco años como residente. “Quiero quedarme aquí. Tengo una pequeña espinita con la investigación, pero sobre todo muchísimas ganas de empezar”, concluye.