La conmovedora historia de una centenaria bilbaina: de niña de la guerra a la alegría de soplar las velas
Begoña Gallastegi rememora su infancia en Atxuri, el exilio en Inglaterra y una vida dedicada a los suyos
A pocos metros del ajetreo constante de la calle Sabino Arana, donde los coches se encadenan en una sucesión casi infinita de tráfico y prisas, María Begoña Gallastegi observa el mundo a otro ritmo. Desde las amplias cristaleras de la vivienda donde reside, en un octavo piso junto a la gran estrada bilbaina, contempla el paso de los peatones y el movimiento de una ciudad que poco tiene que ver con la que conoció cuando nació, hace ahora cien años.
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Como tantas historias que permanecen entre las cuatro paredes de una casa, la suya había quedado reservada al ámbito familiar. Sin embargo, una misiva enviada por sus hijos aDEIA ha permitido asomarse a la vida de una mujer que conserva la lucidez y la memoria de quien ha atravesado un siglo entero sin perder la sonrisa.
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Un libro abierto
Begoña recibe a este periódico con cariño y formalidad. Sentada en un sofá de tonos rojizos, rodeada de fotografías y recuerdos, comienza a desgranar episodios de una vida larga e intensa. A su alrededor, varios de sus hijos escuchan atentos las historias de su ama, como quien vuelve a escuchar una canción conocida que nunca se cansa de oír. Ella, a sus cien años, sigue siendo un libro abierto.
Nacida en mayo de 1926 en el barrio bilbaino de Atxuri, llegó al mundo en una familia de ocho hermanos. Su padre era farmacéutico y su madre ama de casa. Creció en un Bilbao muy diferente al actual, una ciudad industrial que todavía estaba construyendo parte de su identidad moderna. La ría era el gran eje económico de la villa y las fábricas y astilleros marcaban el pulso de una ciudad en plena transformación.
En aquella época, recuerda, los niños acudían a la escuela con una disciplina distinta a la actual. Entre quienes dejaron huella en aquellos años aparece el maestro García Rivero, encargado de impartir formación a toda una generación de bilbainos.
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Abandonar Euskadi rumbo a Inglaterra
De entre todos los recuerdos que guarda de su infancia, hay uno que sigue ocupando un lugar especial. Cuando apenas tenía once años y la Guerra Civil ya había estallado, seis de los ocho hermanos tuvieron que abandonar Euskadi rumbo a Inglaterra. Como cientos de menores vascos, emprendieron un viaje incierto para alejarse de los peligros del conflicto.
A pesar del paso del tiempo, Begoña recuerda perfectamente aquella experiencia. Nada más llegar quedó impresionada por la modernidad del país británico. El grupo fue acogido en una gran finca situada cerca de Kingston, al sudeste de Londres. Para una niña procedente del ‘botxo’ de los años treinta, aquel mundo resultaba completamente diferente.
Sus ojos se iluminan al hablar de aquella etapa. Recuerda las fiestas, los bailes y las actividades que compartían con otros niños y niñas. “Bailábamos el aurresku”, comenta todavía emocionada.
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“Bailábamos el aurresku”
Ser una niña de la guerra no fue fácil, pero aquella experiencia terminó convirtiéndose en parte de su identidad. “Fueron listos los ingleses”, recuerda. Según explica, al ver la cantidad de menores que habían llegado, organizaron rápidamente su regreso.
La vuelta estuvo lejos de ser sencilla. La guerra había terminado, pero comenzaban los años de la posguerra. Las dificultades económicas estaban presentes y las cartillas de racionamiento formaban parte del día a día.
Con cierta pena recuerda las dificultades que tuvo su padre para encontrar trabajo en Elgoibar. Como tantas personas de su generación, aprendió pronto el valor del esfuerzo.
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Recuperando la normalidad
Los años siguieron su curso y la vida fue recuperando poco a poco la normalidad. Más adelante conoció a Enrique, quien se convertiría en su marido y compañero de vida. Juntos formaron la familia y tuvieron cuatro hijos –Enrique, Luis, Ana y Juan–, quienes hablan de ella con admiración. Destacan su fortaleza y una capacidad casi inagotable para estar pendiente de los demás. Luis sonríe al evocar algunos de los platos que preparaba su madre cuando eran pequeños. Los guisos de carne, los postres sencillos y aquellas recetas familiares que todavía hoy siguen asociando a la infancia.
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Aceite de hígado de bacalao
Entre bromas, los hermanos también mencionan el famoso aceite de hígado de bacalao que les daba cuando eran niños y que, quién sabe, quizá haya contribuido a la longevidad familiar. Sin embargo, quienes mejor la conocen creen que el secreto está en otro lugar: en una vida sin excesos, en el apego a la familia y en una forma de entender la vida basada en la sencillez.
Mientras la conversación llega a su fin, el aroma de la cena comienza a extenderse por la casa. Begoña se levanta y acompaña personalmente a los visitantes hasta la puerta. Lo hace despacio, pero con determinación. Sonríe, agradece la visita y se despide con la misma amabilidad con la que ha compartido sus recuerdos durante toda la tarde. Este sábado celebra su centenario rodeada de una veintena de familiares. Una fiesta sencilla, como ella misma. ¡Zorionak Begoña!¡A disfrutar!
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