Hay rincones de Bilbao por los que miles de personas pasan a diario sin sospechar que, a apenas un par de metros de sus prisas habituales, late un siglo de historia. Ocurre en la mismísima salida de metro de Santutxu (salida Zabalbide). Allí, encajonado entre bloques de viviendas de ocho y diez alturas que comenzaron a devorar el entorno en los años 70, sobrevive un pequeño testigo del Bilbao de antaño: los chalets de Landera.
De aquella pequeña colonia residencial rodeada de huertas y campas hoy solo quedan tres portales y doce viviendas. Sin embargo, el callejón ha despertado de su letargo para transformarse en un museo a cielo abierto gracias a la alianza entre el arte, la vecindad y los recuerdos de infancia del escultor bilbaino Michel Ruiz.
Revolución cultural
Michel Ruiz, miembro de la Asociación de Escultores Vascos Eskuahaldunak, nació en este mismísimo rincón. Formó parte de una numerosa familia de diez hermanos de los cuales los nueve primeros vinieron al mundo entre estas paredes. Tras décadas viviendo fuera, Michel regresó hace menos de un año al callejón para mostrarle a sus nietas el lugar de sus orígenes.
Lo que iba a ser una entrañable batallita de "abuelo cebolleta" se convirtió en el detonante de una revolución cultural. Allí conoció a Paulina y Ulises, una pareja de origen chileno instalada en el barrio desde hace tres años y principales motores de limpieza, el adecentamiento con flores y la pintura de la zona. "La sintonía con esta pareja fue instantánea", explica Michel.
'Diversidad Temporal'
El epicentro de esta revitalización es la nueva obra que Michel Ruiz ha erigido en un espacio privado cedido generosamente por la comunidad de vecinos. Titulada Diversidad Temporal, la pieza es una imponente estructura de acero corten de 2,30 metros de altura y 95 centímetros de anchura. El proyecto original iba a ser un gran tronco de madera de cuatro metros, pero la estrechez de callejón impidió el paso de la grúa necesaria para su colocación. Lejos de rendirse, el escultor rediseñó la obra en hierro para poder soldarla e instalarla a mano en uno de los portales del barrio.
La escultura es una radiografía sociológica del Santutxu actual. "El barrio ha cambiado conceptualmente, el origen de la gente es hoy plenamente multicultural", explica el creador. Esa realidad se plasma en la parte superior de la obra a través de una serie de tubos de colores dispuestos en una elipse que aporta dinamismo visual. Además, la pieza es un homenaje directo a sus vecinos: los tubos orientados hacia la vivienda de Paulina y Ulises visten los colores de la bandera mapuche, entrelazándose con el rojo, blanco y verde de la ikurriña. Un emotivo canto a la unión de los pueblos coronado por un gran círculo que simula un reloj, reflejo inevitable del paso del tiempo.
Arqueología sentimental
Paralelamente a la escultura, el callejón ha mudado su piel de hormigón por una galería fotográfica que rescata la memoria histórica de las familias que levantaron el lugar. Michel Ruiz ha buceado en los álbumes familiares de sus hermanos para rescatar 18 fotografías históricas que ya cuelgan de las fachadas de las viviendas.
Las imágenes permiten al paseante hacer un viaje en el tiempo: desde estampas de las antiguas fiestas del barrio hasta el desaparecido colegio de Nuestra Señora de Begoña o el mítico Bar de Dominga (hoy convertido en supermercado). En una de las fotografías más especiales se puede ver al propio Michel de niño junto a su abuela, capturada exactamente desde el mismo punto del callejón donde reposa uno de los nuevos tiestos de flores.
Voluntariado vecinal
Este despliegue patrimonial convive con la frescura de dos espectaculares murales artísticos pintados recientemente gracias al voluntariado vecinal y a la donación desinteresada de la pintura por parte de un empresario local que regenta una lonja en el callejón desde hace tres décadas.
Los chalets de Landera ya no son un callejón gris y olvidado en mitad de la nada. Gracias al tesón de sus nuevos habitantes y al legado artístico y afectivo de Michel Ruiz, este rincón de Santutxu reclama con orgullo su identidad, demostrando que el futuro de los barrios también se construye rescatando su pasado.