Arantza Álava no entiende la escritura como un simple ejercicio de redacción, sino como un proceso de autodescubrimiento y gestión de emociones puras. Para la autora bilbaina, la palabra es solo el instrumento, mientras que la verdadera materia prima es la emoción. Tras el éxito de sus libros de relatos Peces de terraza y Viento sin Norte, Álava regresa con La grieta reina, una obra que nació de la necesidad de profundizar en psicología de un personaje que la conquistó: Yoli. La novela, de estructura fragmentaria, recorre la trayectoria vital de esta protagonista desde mediados de los años sesenta hasta principios del siglo XXI, explorando momentos decisivos que marcan su destino.

El origen de su capacidad de observación se remonta a su infancia en la pensión que su amama regentaba en el barrio de La Casilla en Bilbao. Álava recuerda cómo se escondía debajo de las mesas camilla para observar lo que ocurría a su alrededor y luego imaginar o contar esas historias. "Tengo la suerte de poder acordarme de muchas cosas de mi infancia. No es una novela autobiográfica, pero en ocasiones me he sentido identificada con la protagonista", destaca Álava. Esa mirada curiosa y melancólica es la que traslada a Yoli, una "chavala de barrio" con una identidad marcada por sus orígenes humildes. Para la autora, el contexto del barrio es fundamental, ya que considera que este forma parte de la esencia de las personas.

"Una fisura emocional"

El título de la obra encierra un potente simbolismo dual que conecta lo físico con lo emocional. Por un lado, hace referencia a una fisura real que la protagonista observa en el portal de su casa y que imagina como un río buscando un mar que no encuentra. "La idea del título era representar la ruptura interior y la fisura emocional provocada por algo terrible que la protagonista escucha en su niñez y la transforma para siempre", explica Álava. Esta búsqueda del mar funciona como un paralelismo del deseo de la protagonista de escapar de un hogar que nunca sintió como tal.

'La grieta reina', una novela escrita por la escritora vizcaina Arantza Álava Borja Guerrero

A pesar de su incursión en la narrativa, Arantza mantiene una base profundamente ligada a la poesía, género que considera esencial para restaurar el silencio y aportar serenidad en tiempos de ruido. Este toque lírico se percibe en su prosa, a pesar de que huye de la adjetivación excesiva y prefiere un estilo directo y honesto que mire de frente al dolor sin dulcificarlo. "El vínculo emocional con esta novela ha sido tan intenso que he llegado a llorar al terminarla. Me costó mucho despegarme de la protagonista", confiesa la escritora.

Experiencia simbólica

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Esta profundidad emocional se complementa con un riguroso cuidado por el objeto físico, desde el tipo de papel hasta la maquetación. Arantza destaca la importancia de trabajar con profesionales que comprenden su universo, como la fotógrafa fuenlabreña Beatriz Deza, con quien comparte una estrecha amistad nacida en las redes sociales. Para la autora, que el lector sostenga un libro bien cuidado es parte de la experiencia de respeto hacia la historia que se cuenta.

La estética del libro también juega un papel crucial, con una portada fotográfica diseñada por Beatriz que captura la ambivalencia de la obra. La imagen de una grieta en una fachada junto a una flor que surge del asfalto simboliza tanto la herida como la esperanza y la luz. Con presentaciones programadas en la Universidad de La Laguna y diversos foros literarios, Álava continúa su camino defendiendo que la función de la literatura es despertar algo en el lector: "Yo abro una grieta y luego el lector la cierra".