Hasta el 5 de abril, Bilbao se mueve entre dos ritmos. Por un lado, el solemne compás de las procesiones, con tambores que resuenan por el Casco Viejo y túnicas que avanzan al paso lento de siglos de tradición; por otro, la vibrante actividad de estaciones, carreteras y aeropuertos que registran un éxodo hacia el descanso y la desconexión. La villa respira al mismo tiempo recogimiento y evasión, como si su latido dialogara con la historia mientras se adapta a los tiempos contemporáneos.
En muchos hogares, la vigilia del viernes y la abstinencia de carne sobreviven como costumbre heredada, más cultural que estrictamente religiosa. En otros, estas prácticas ceden terreno a planes más mundanos, como viajes improvisados o escapadas. La Semana Santa bilbaina no ha desaparecido, pero se ha reinterpretado: conviven devoción, ocio y respiro, un mosaico de experiencias que refleja los cambios sociales de la ciudad y la diversidad de formas de vivir la tradición.
Esfuerzo físico considerable
Entre quienes mantienen viva la costumbre, los jóvenes cofrades son ejemplo de fervor y constancia. Iker Cangas, de 22 años y estudiante de Enfermería, participa en la Cofradía Penitencial de la Santa Eucaristía desde hace más de una década. Su Semana Santa no conoce descanso: ensayos de trompeta, corneta y trombón acompañan una agenda repleta de recorridos por procesiones que devuelven a la villa su carácter consuetudinario. “Se me viene un maratón de procesiones. Llevamos ensayando desde finales del año pasado y es un esfuerzo físico considerable. Aun así, merece la pena”, cuenta.
"Cada uno lo vive a su manera"
El bilbaino destaca que la vigilia y la abstinencia de carne en su familia se mantienen más por convicción personal que por obligación: “Antes no lo entendía, ahora lo hago porque soy creyente y porque es una tradición que me gusta mantener. Del mismo modo, no hace falta estar rezando todo el día. Cada uno lo vive a su manera”. Para él, participar en la cofradía es sentirse parte de un grupo, mantener el rito y, al mismo tiempo, vivir la Semana Santa como algo propio, adaptado a su forma de entender la fe.