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"Nunca os quitéis el anillo, salvo para entrar al quirófano"

El alcalde ofició su última boda en el Ayuntamiento el pasado 14 de febrero, el día de su cumpleaños

"Nunca os quitéis el anillo, salvo para entrar al quirófano"Deia

NO caso desde hace año y medio", dijo el alcalde antes de dar lectura al texto por el que los ediles celebran el oficio civil del matrimonio. Azkuna lo señaló como una advertencia de la falta de costumbre que en su ausencia del Consistorio le había alejado también de su función presencial de oficiar bodas. La última la celebró el pasado 14 de febrero, San Valentín, el viernes que alcanzó los 71 años de su vida. "Hoy es mi cumpleaños", dijo como queriendo dejar constancia de que, a pesar de los pesares, seguía ganando la batalla al tiempo y había arañado otro año. Entró en el colorista Salón Árabe del Ayuntamiento en la inseparable silla de ruedas de sus últimos movimientos después de saludar en la entrada a contrayentes y testigos para los que no faltó la indicación con el bastón hacia la galería de alcaldes de la época franquista dos días después de la que sería su última polémica política. Su flema prosiguió durante todo el oficio civil entre alusiones a la corresponsabilidad de las tareas domésticas como cuando recordó la pregunta que alguien una vez le hizo: "¿Usted friega?, ¡Hombre claro!, relató Azkuna, "¿qué te crees, que tengo un hada madrina?". Y de ahí hasta sus estancias recientes en el hospital de Basurto en un intento de justificar la incontestable minoría absoluta de su salud e informar sin pausa sobre esas visitas "a costa de los impuestos".

Frente a un centenar de personas, Azkuna celebró su última boda sabiendo como toda la concurrencia que el protagonismo de esos minutos eran para él, mientras que el de los novios, Sonia y Óscar, quedaba velado por la fuerza de aquel alcalde inmenso y frágil con mando para dar consejos del que lo ha vivido todo. "Nunca os quitéis los anillos, salvo en el quirófano, que ahí os los quitan", ordenó a los contrayentes y quedó en el aire la espesura de que los tres estaban a poco tiempo de iniciar un viaje importantísimo. "¿Viviréis en Bilbao, no?", preguntó el alcalde decretando que residir en la villa para alguien que se casa en el Ayuntamiento es casi un deber. "Hombre, claro", contestó la novia. "Bien, tengo que velar por los impuestos de Bilbao. Los viernes por la tarde también soy alcalde", remató Azkuna.

Llegó la fórmula de los consentimientos y ahí le dio tiempo para ponerse anacrónico cuando repreguntó al novio: "¿Estás seguro?". La letra de la ley discurrió así, con comentarios improvisados entre artículo y artículo del Código Civil y las risas intermitentes y espontáneas de los invitados. Al final y como queriendo dar sello a su discurso más que a la lectura del texto del legislador, Azkuna deseó a los novios felicidad: "Os deseo una vida plena de valores, de experiencias positivas, que tengáis un futuro prometedor de trabajo y alegría donde habrá días buenos y días malos. Y los malos suelen ser terribles, afrontadlos". Como colofón, sonó Va Pensiero, de Verdi, cantado por los coros Begoñako Sustraiak y Garaizarko Matsorriak.

El alcalde cerró los ojos y entrelazó las manos a la altura de su boca dejándose llevar por la emoción de todo melómano empedernido. Va, pensiero sull'ali dórate (Ve pensamiento con alas doradas) y a los sones de Nabucco, con el gesto doliente, justo en el centro del salón, nadie supo muy bien a dónde se fue el alcalde en ese momento, el único de flaqueza que se permitió y que le duró pocos minutos, lo que dura una canción. Tras la lírica y los sones del Zorionak zuri, Azkuna hizo un gesto a Alfredo Porto, su fisioterapeuta, para ponerse en pie y, apoyado sobre el terciopelo rojo que viste la mesa central del salón, agradecer al coro la actuación que había brindado.

Aparcó la silla y por su propio pie, con la ayuda del bastón, se dirigió a la salida no sin antes preguntar a los novios por el destino de la luna de miel y regañarles sin perder el paso por elegir ni más ni menos que el desierto. Luego se le vio otra vez entre la multitud, fuera del salón, disfrutando del aurresku de honor a los recién casados. Allí repartió sonrisas y algún beso en el que fue su último acto público. Una vez más y sin esconderse, dejó instalado el futuro y se marchó.