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Él

ÉlFoto: DEIA

Escribir tras el paso de las horas sosiega el alma, de suyo azorada por las despedidas indeseadas. Escribo ya sabiendo cómo es Bilbao sin él. Sabiendo qué pasa en una ciudad que se va a la cama impactada y se despierta profundamente triste.

Después de haber leído un maremagnum de declaraciones, artículos, tweets, entrevistas... De haber visto reflejado en el rostro de tantos y tantas (¡tantos y tantas!) la amargura de perderle. De comprender que su familia era y es Bilbao.

Escribo entre flores y recuerdos por pura necesidad. La última vez que lo hice fue para despedir a Javier Atutxa, para que supiera (dije) que el capitán sí tiene quien le escriba. Hoy sé de sobra que el doctor tiene cientos de miles de escritores y escribanos que le recuerdan. No importa. Esta gota en el océano va por él, otro miembro declarado de la cuádruple A, que en apenas unos meses ha perdido a dos de sus ilustres componentes.

Recibí la noticia de su fallecimiento junto a la Alhóndiga. Y eso ya hace imborrable, imperecedero el momento. Como el que tengo de haber visto el alunizaje del hombre en la televisión de una tía mía hace casi 45 años. Momentos que marcan. Y personas que marcan.

Él marcó. Marcaba siempre y en todo momento y circunstancia.

Desde la cercanía... Porque es en las distancias cortas donde se descubre a las personas. Bajaba con él paseando hacia el Arriaga una mañana de Aste Nagusia para asistir a uno de tantos actos cuando se le acercó una señora ya entrada en edad para pedirle una invitación. "Qué más quisiera que tener invitaciones, pero entre junto a nosotros a ver qué pasa". La señora entró, claro. Y él, una vez dentro, le guiñó un ojo. Tras despedirse, él se giró hacia mí: "Yo triunfo ante este tipo de público".

Era sólo una verdad a medias. A la vista están sus resultados, imposibles de lograr con tan solo señoras de larga edad, que por otra parte, es cierto, le adoraban. Era él. Él. Él... Será tan difícil (porque no hay nada imposible) que vuelva a existir alguien así, que en estas horas posteriores a su desaparición me han impactado dos sentencias populares. "El cielo ya es un barrio de Bilbao" y "por qué no dedicar una gran avenida de la ciudad a él". Así, con la tercera persona del singular, sin nombre propio añadido, sabiendo de sobra de quién se trata, aún cientos de años después. ¿Se imaginan? "Bera etorbidea. Aitite!, ¿quién era "él?"... "Es una larga historia de aquel lejano Bilbao entre dos milenios. Verás..."

El autor es periodista y exdirector de DEIA