La afición del PAOK es calurosa. Da igual dónde esté. Da igual si tiene que animar en el Palataki que si tiene que hacerlo en el Bilbao Arena. El caso es convertir cualquier pabellón en un pequeño infierno. así, en la final de la FIBA Europe Cup, la marea negra de Miribilla chocó contra un acantilado de granito negro y blanco, inamovible, que resistió el envite de 10.000 gartantes en contra.
Fue un bastión cuya presencia se notó incluso cuando sus cánticos se ahogaron por la megafonía o los silbidos locales. Porque desde el calentamiento, mientras la afición vizcaina buscaba su asiento, ya se dispusieron a ganar su pequeña guerra. sin camisetas, a pecho descubierto y exhibiendo tatuajes que narran batallas pasadas. Y a saltos, como si la gravedad no fuera con ellos. Así es como recibió la gente del PAOK a su equipo.
Pero es que los griegos llevaban varias horas de ventaja en esto de festejar la previa. Porque ya desde la mañana hicieron de la Plaza Nueva su campo base. El campamento en el que cogieron fuerza con comida y, como no podía ser de otra manera, con bebida. De ahí subieron tranquilos por la exigente rampa que enlaza el Casco Viejo con el Bilbao Arena.
Escoltados
Estaban tan motivados, tan seguros de poder mantener con su aliento los 6 puntos de ventaja de la ida, que el barco no se les hundió ni con la tormenta que les cayó justo cuando la Ertzaintza les escoltaba hacia el pabellón. De hecho, lo cierto es que, tal y como ocurrió el curso pasado, la presencia policial fue tan excesiva como innecesaria.
Dentro, como siempre, tambores, gritos y mucha piel. Y, también, una pancarta gigante con los rostros de los 7 seguidores del PAOK que el pasado enero fallecieron en un accidente de tráfico cuando iban a un partido de la Europa League en Lyon. Porque lo cortés no quita lo valiente y hay cosas mucho más importantes que el deporte. Aunque estés en una final.