La 'marea negra' más brillante de la historia
10.000 personas llenan el Bilbao Arena para disfrutar del segundo titulo europeo del Surne Bilbao
Tenían razón. Tenían razón todos aquellos que decían que si ganar un título europeo era grandioso, hacerlo en casa, acompañado de tu gente, era sencillamente el delirio. Porque no existe otra palabra para describir lo que se vivió en la final de la FIBA Europe Cup del Bilbao Arena. No hay otra manera, ni aunque se intente, de explicar lo que Miribilla generó de la nada. Cómo pasó de ser un barrio alto de la capital vizcaina al epicentro de la locura y la grandeza. La felicidad hecha baloncesto. O el baloncesto hecho felicidad. Qué más dará. El caso es que la marea negra creó un ambiente que golpeó el pecho. Que zarandeó el corazón y lo elevó hasta el aro. Mate a Europa. Y campeones por segunda vez consecutiva, algo que nadie había conseguido nunca en los diez años de vida de esta competición. Pero lo importante no fue el hecho de volver a abrir las vitrinas, sino de hacerlo delante de la afición. Porque el curso pasado se ganó prácticamente a los pies del monte Olimpo; pero quién quiere celebrarlo con los dioses cuando puede hacerlo con su público.
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El efecto Miribilla tardó en hacerse notar. Quizá demasiado porque los 550 griegos que se desplazaron al botxo se creyeron campeones. Arrinconados en su sector visitante, descamisados y en constante movimiento, parecía que tenían prohibido callar. Un núcleo de resistencia griega que intentaba convertir Bilbao en una sucursal del infierno de Salónica. Y casi lo consigue. Casi sopla las velas de una tarta que no era suya. Hasta que los de Jaume Ponsarnau despertaron y convirtieron el partido en una oda a las finales: contacto, sudor y nervios. Y mientras la cancha rugió con un sonido atávico, sacado de las mismas entrañas. Un rugido que recordó a las viejas noches de La Casilla, pero con la acústica de una catedral moderna. Que mola más.
Aún así, temblaron los cimientos del pabellón. Cuando Margiris Normantas puso el +7 en el luminoso, cuando Tryggvi Hlinason se colgó del aro. No una, sino dos veces. Cuando Luke Petrasek consiguió convertir una jugada de 3 puntos en una de 4 y cuando Melwin Pantzar padreó a Breen Tyree de tal forma que todo el Bilbao Arena celebró la quinta falta del escolta visitante. Manita arriba, sonrisa irónica y al banquillo. Que ya estaba tardando. El PAOK se amilanó, desapareció ese carácter inherente a los guerreros del Egeo. Porque Ponsarnau había avisado en la previa: “Ahora es nuestro turno”. Así que cuando Miribilla olió la sangre, se dejó llevar. Amarró a su presa y no le permitió marchar. De esta forma, con 22 puntos arriba, la marea negra se supo campeona. Campeona en casa. El pabellón se puso en pie y no hizo falta megafonía. Fue un impulso eléctrico que levantó a las 10.000 almas hasta el bocinazo final. Hasta volver a ser campeones de la FIBA Europe Cup por segunda vez consecutiva.
Méritos al PAOK
Miribilla tuvo incluso aplausos y garganta para el PAOK, que fue un digno rival hasta casi el final. Que jugó sus armas tan bien como pudo y que llegó a acallar el Bilbao Arena durante casi dos larguísimos cuartos. Sin embargo, las miradas, el aliento y el alma se enfocaron en los campeones. Hlinason recogió el trofeo de Jorge Garbajosa, el presidente de la FIBA; pero fueron 10.000 personas quienes lo levantaron a las estrellas. Nadie se quiso marchar. No hasta terminar de creérselo, no hasta comprobar que era verdad. Porque sí, Ponsarnau, esta vez fue vuestro turno.
