De mal en peor. El Athletic traicionó anoche a su ADN en la denominada Jornada Retro, con la que se pretendía brindar un reconocimiento al fútbol de antaño y que en clave rojiblanca se evoca en las grandes ocasiones, y ofreció un nuevo ejercicio de impotencia que poco tiene que ver con su historia y con su marca, lo que acentúa el mal sabor de boca que padece una parroquia que no acaba de creerse el devenir delos leones este curso, en el que se resignan únicamente a pelear por la permanencia después de caer ante un Villarreal que fue superior.
Lo mejor: El halo de esperanza que generó el tanto de Guruzeta
A imagen y semejanza de lo que sucedió una semana atrás en el Coliseum de Getafe, el Athletic defraudó en sus prestaciones, por lo que muy poco se puede sacar en positivo en un conjunto rojiblanco que apenas proyectó sensaciones como para creer en una victoria que necesitaba como el comer para rehabilitarse y poder pujar por una plaza europea, objetivo que, visto lo visto, habrá que desactivar salvo que suene la flauta en casi todos de los siete encuentros que restan por recorrer. Solo merecieron la pena los arreones puntuales del colectivo de Ernesto Valverde, al inicio y al final del enfrentamiento, más fruto del corazón que de la cabeza, unas prestaciones muy escasas para un equipo en el que parece que nadie está al mando de la nave.
Unos espejismos que protagonizaron sobre todo todo Nico Williams, que reapareció en Getafe de un nuevo parón a causa de su pubalgia y ayer volvió a jugar de inicio diez jornadas después. Lo hizo con deseo de agradar, ya que se implicó a la hora de intentar generar algo de peligro, misión que se quedó a medias y en la que quiso asociarse con Yuri Berchiche, quien, a su 36 años, se sigue mosqueando cuando ve cosas que no le gustan, pero que también tira de hambre cuando el partido lo pide, como fue el de ayer, aunque en este caso no encontró colaboración en la mayoría de sus compañeros. Así y todo, debe comunicar, mejor pronto que tarde, su decisión respecto a su futuro más allá de este junio.
Lo peor: Una caída sin frenos y la carencia de una dirección creíble
Hacía tiempo que San Mamés no mandaba un recado claro a los jugadores del Athletic, a los que despidió en el primer tiempo con una sonora pitada y en un momento puntual del segundo una parte de la grada cantó ese ilustrativo ¡Athletic, échale huevos!, con lo que se manifestaba respecto al pobre espectáculo que estaban ofreciendo los leones. No en vano, el conjunto rojiblanco se empeña en devaluar su valor en una temporada para olvidar, sobre todo en liga, y en la que todavía puede hacer sufrir más a su gente si no endereza el rumbo a base de puntos, por lo que la próxima cita, con el derbi ante Osasuna que también se disputará en Bilbao, se lee como una especie de final para espantar fantasmas como los que emergieron en el manido bienio negro o en momentos puntuales de ejercicios pasados. Vamos que el descenso está a seis puntos, que no es para estar tranquilos.
No lo está el propio Ernesto Valverde, que lo reconoce en sus declaraciones y que lo transmite también con sus decisiones, que en algunas puntuales desconciertan al personal, hasta el punto de que son cada vez más los que cuestionan a un entrenador, el que más partidos ha dirigido al Athletic en su historia, que, si no soluciona el desgaste actual, va camino de cerrar su etapa en el banquillo bilbaino con más amargura que felicidad. Es lo triste del estado emocional de un equipo y de una masa social que asiste incrédula a la nefasta versión de futbolistas como Oihan Sancet, Iñaki Williams y compañía que no está acorde a sus respectivo roles y, porqué no decirlo, a la cuantía de sus sueldos.