Los dos equipos reunidos este domingo en el Carlos Tartiere se afanaron en transmitir la versión más pobre que puede ofrecer uno de los campeonatos considerados punteros en el mundo. Viene a la mente que, al menos unos años atrás, era conocido como “Liga de las estrellas”, apelativo que con espectáculos tan indigestos como el brindado por Oviedo y Athletic suena a cachondeo. El anfitrión, que en verano volverá irremediablemente a Segunda, sacó petróleo de su única acción ofensiva, que solo cabe explicar por la empanada de su rival. El visitante, después de ofrecer un nivel impropio del escudo que luce en la pechera de su camiseta, logró en la reanudación, en cuestión de diez minutos y con motivo de un par de lances aislados, darle la vuelta a la tortilla y aguantar luego, hasta la conclusión, el resultado de aquella manera, a pelotazo limpio y beneficiándose de la flagrante ausencia de calidad de su oponente.

Hay partidos malos en todas las categorías, la élite no es una excepción, pero parece mentira que sea posible alcanzar cotas ínfimas habiendo por medio poderosos alicientes para ambos bandos. Con las gafas rojiblancas, haber transformado un trámite dramático, una especie de funeral, en una victoria de lo más reconfortante, algo comparable al desmadre en que derivan algunas bodas, quizás sirva para hacer de tripas corazón y dar por bueno lo presenciado en la capital asturiana; pero ni así, ni con los tres puntos en el bolsillo que abren más distancia respecto al pozo de la tabla resulta sencillo dejar de llamar a las cosas por su nombre.  

Menos mal que Valverde recuperaba a algunos teóricos titulares. La actitud del conjunto fue sencillamente exasperante desde el mismo comienzo. Viendo a los jugadores deambular sobre la hierba, perder balones con una facilidad pasmosa, cualquiera pensaría que el tema no iba con ellos, que no había en juego tres valiosos puntos para ir atenuando el problema clasificatorio en que llevan implicados un montón de semanas. Impresionante la disposición del grupo durante el primer acto, no lo fue menos la imagen de Valverde reclamando mayor tensión con el semblante desencajado, mientras el Oviedo controlaba de cabo a rabo la situación y, para más inri, era capaz de gestionar con una comodidad impensable la ventaja adquirida.

Es que no se detectó ni algo parecido a una reacción al gol local, igual que tampoco se apreciaron indicios que invitasen a esperar algo positivo de la propuesta rojiblanca antes del 1-0. Cuesta creerlo, pero resultaba difícil reconocer que ese grupo anodino, sin una pizca de intención, con unas desconexiones alucinantes, eludiendo responsabilidades, en síntesis, jugando a verlas venir, fuese el Athletic. Pero lo era, vaya que sí.  

Un Athletic inofensivo

Inofensivo, en esto a la par del Oviedo, tal fue la desidia del Athletic que consiguió que enfrente se crecieran y lanzasen un par de avisos, con todos dormidos en el saque rápido de una falta o con un pase propio horroroso al borde del área. Solo a través de los errores rojiblancos se vio inquietado Simón. A la tercera, un saque de Aarón, peinado por Reina y luego por Viñas, Ilyas se marchó en ventaja a encarar la portería. Gorosabel no llegó a cortar a tiempo y el extremo fusiló a placer. Imposible sacar premio con menor inversión. El asunto adquiría un tono más que inquietante.

Al descanso, el panorama era desolador. El equipo era un grupo desnortado, agarrotado, que no sabía trazar dos pases con sentido. Valverde retiró a Serrano, quizá el más entonado arriba, para poner a Navarro, que ni la olió. El resto de los cambios fueron producto de la necesidad y ya con el marcador equilibrado. El Athletic elevó las revoluciones en la segunda mitad, qué menos, y salieron a relucir, que tampoco hacía falta, las miserias de un Oviedo víctima del miedo a perder. Jauregizar, que ya estaba tieso, aunque lo disimula lleva tiempo así, se sacó un remate maravilloso desde la frontal y en ese preciso instante quedó claro que el desplazamiento al Principado no sería en vano.

Muy poco del Oviedo

El Oviedo, ni con Cazorla, ya muy cascado, está en condiciones de opositar al triunfo si delante cumplen los requisitos indispensables para no regalar los puntos. O sea, el Athletic se garantizaba puntuar si no volvía a hacer el ridículo, solo con mostrar firmeza en la contención. Para despejar toda duda, bastó un centro de Yuri, de lo mejorcito este domingo, para que Williams cabecease y su marcador cometiese un penalti de libro, más claro que el de Laporte en el derbi. Sancet resolvió con eficacia desde los once metros y ya solo era cuestión de eludir concesiones.

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Las mejores imágenes de la victoria del Athletic ante el Oviedo. Athletic Club/ EFE

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Huelga apuntar que el Athletic no volvió a visitar a Aarón, mientras que la única aproximación del anfitrión fue anulada por fuera de juego. En realidad, los sobresaltos, que los hubo y gordos, tuvieron que ver con las labores defensivas: un derribo de Paredes a un delantero en el área, que no se valoró por una infracción previa de los locales; una mano de Galarreta, quien ya había visto una amarilla y Valverde retiró de inmediato; y una disputa un poco subida de tono de Guruzeta, otro que estaba amonestado. 

Comprobada la asequibilidad de la empresa, a pesar de la infumable puesta en escena y de verse en desventaja en el marcador, el objetivo para el tramo final pudo materializarse sin abonar factura alguna, exceptuando la lesión de Jauregizar, noticia cuyo alcance deberá comunicar el club. Que acusase un contratiempo físico era, de algún modo, algo previsible con la tralla que acumula en las piernas. Mientras, a la espera del parte médico, tres puntos más al casillero para pasar el mal trago vivido este domingo a la hora de comer.