El nombre del Athletic estará presente en el bombo del sorteo de los cuartos de final de la Copa que tendrá lugar el próximo lunes. La frase merecería haber sido escrita en letras mayúsculas y no precisamente porque dicho logro fuese consecuencia de un formidable desempeño, sino por todo lo contrario. Sería una manera de expresar el profundo alivio por un resultado que perfectamente pudo caer a favor del bando opuesto. El sufrimiento presidió la visita a la Cultural Leonesa, digno oponente que durante buena parte del partido fue superior y llegó a poner en evidencia la ausencia de solidez y de juego con balón del favorito de la ronda. No una ni dos, hasta en tres ocasiones tomó ventaja el conjunto dirigido por el Cuco Ziganda. Tres goles fue capaz de conceder el Athletic en el primer acto y más tarde, en plena prórroga y en inferioridad numérica por expulsión de Paredes, un cuarto que fue anulado por un fuera de juego. Fue una pelea sin cuartel con final incierto durante muchísimos minutos y que se inclinó gracias a una jugada aislada que Unai Gómez subió al marcador.
De entrada, Valverde no quiso asumir el más mínimo riesgo, no existe otra manera de interpretar el hecho de que escogiese prácticamente a todos los titulares disponibles para diseñar el once inicial. Las excepciones de localizaron en la portería, donde como en Ourense estuvo Padilla, si bien ya se advirtió la víspera de que Simón tenía alguna molestia; y en los laterales: Gorosabel y Lekue ocuparon las posiciones que en teoría corresponden a Areso y un Yuri que regresaba de una lesión. Claro que el criterio empleado por el entrenador resulta muy cuestionable a estas alturas de la temporada. Es decir, tras haber asistido a veintitantos encuentros oficiales se acumulan las razones para dudar de que sean precisamente los titulares de anoche, al menos unos cuantos de ellos, los hombres más adecuados para sacar adelante una ronda copera como la que se celebraba. Una sospecha que de nuevo se vio confirmada.
Precisamente, por culpa de esas dudas generadas en los últimos meses, se supone que Valverde actuó como lo hizo. En su fuero interno pesaba en exceso el irrefrenable temor a que se produjese el enésimo tropiezo, una decepción imperdonable por tratarse de la Copa, un frente donde ni él, ni la plantilla, ni el club podían permitirse un fracaso, menos aún en octavos y contra un conjunto de inferior categoría. La realidad fue que su apuesta se reveló muy poco eficaz, lo cual deparó un espectáculo muy entretenido durante la primera mitad. Entretenido por el ritmo frenético con que se movió el marcador, aunque sin ninguna gracia desde la óptica rojiblanca.
La Cultural logró adelantarse hasta en tres oportunidades, que se dice pronto. Tres goles fruto de la anodina puesta en escena de un Athletic que lo único positivo que ofreció fue eficacia para reaccionar a cada uno los golpes recibidos. Resaltar la aportación de Guruzeta, con dos chuts de delantero auténtico, instintivos y bien dirigidos, para minimizar daños. Ese par de remates nacieron de errores muy inocentes del adversario en su afán por salir tocando desde atrás. El tercero, a cargo de Sancet, vino de un penaltito cometido sobre Nico Williams, en otra imprudencia de la defensa local.
Detenerse en la factura de los tantos de la Cultural solo conduce al enojo: si bien el tercero fue de penalti por mano de Vivian a la salida de un córner, los dos anteriores retrataron a un conjunto inseguro, blando, vulnerable. Especialmente irritante el 2-1, a los pocos segundos del empate a uno. Pero la noche reservaría más noticias desagradables que todavía complicaron más la existencia a unos jugadores sin ideas ni agresividad suficientes para imponer el superior nivel que la teoría les adjudica. Por encima de todas, la tarjeta roja que le fue mostrada a Paredes, autor de una falta que el árbitro señaló por indicación de un ayudante, lo cual al parecer provocó una reacción extemporánea del central que se saldó con su expulsión.
Con prácticamente la segunda parte entera por delante, el Athletic optó por protegerse. Si en los minutos previos la iniciativa ya había pertenecido a la Cultural, que tocaba y tocaba, la tendencia se agudizó. Sin embargo, Padilla no pasó por apuros, no hubo ningún balón peligroso en su área. Más probabilidades de marcar tuvo el Athletic, en sendos remates de Unai y Lekue neutralizados por una muralla de defensores. Era evidente que el Athletic no estaba en condiciones de nada que no fuese resistir, pero la prórroga se antojaba un objetivo inquietante en inferioridad numérica.
El desarrollo del tiempo extra, como no podía ser de otro modo, resultó muy complicado. Muy justo de fuerzas, el Athletic funcionó con seriedad en tareas de contención, pero no pudo evitar verse inmerso en una montaña rusa de emociones extremas. La Cultural volvió a cobrar ventaja, por cuarta vez. A la salida de un córner se formó un enorme lío, nadie acertó a despejar y hubo cuatro intentos de remate, todos defectuosos, menos el realizado por Yayo de puntera en el área chica.
En ese instante, tenía toda la pinta de que el Athletic se despedía de la Copa, pero intervino el VAR, que detectó un fuera de juego. Y la siguiente acción destacada alteró por completo el panorama, Unai culminó una poderosa carrera con un recorte y un disparo a la madera. La pelota le cayó a Nico Williams que fue derribado por Yayo. No se lo pensó el colegiado, tampoco Unai que estableció el 3-4 desde los once metros.
Hasta la conclusión, perseveró la Cultural con empeño, pero sin nitidez, sin la fuerza precisa para percutir en una estructura que se mantuvo firme y logró que la contienda tuviese un final feliz. En verdad, eso, en el desenlace estuvo el único motivo de felicidad de una noche que, analizado su desarrollo, tranquilamente pudo acabar de muy mala manera.