La mañana llegó sobre Teherán con el estruendo de las explosiones y el zumbido constante de los sistemas antiaéreos. Apenas habían transcurrido unos minutos desde el inicio de la mayor ofensiva estadounidense contra Irán en décadas cuando, desde la Casa Blanca, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, compareció ante el mundo para enmarcar la operación no solo como un ataque militar, sino como una empresa histórica destinada a desmantelar las estructuras de poder instauradas en la república islámica desde 1979.
El discurso fue, desde el primer instante, una declaración de intenciones. Mientras los misiles impactaban contra sedes ministeriales y objetivos estratégicos en la capital iraní –incluido el complejo vinculado al líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei– Trump dibujó un horizonte que iba más allá de la destrucción de infraestructuras. Señaló como meta final la eliminación del estamento clerical y de la Guardia Revolucionaria, pilares ideológicos y militares del régimen, así como la erradicación definitiva del programa nuclear iraní, convertido durante años en símbolo de soberanía y desafío frente a Occidente.
“Al pueblo iraní le digo que la hora de su libertad está a su alcance”, proclamó, en un mensaje dirigido directamente a una población a la que invitó a “tomar las riendas” de su destino. El presidente describió la ofensiva como “la única oportunidad durante generaciones” para derrocar a las autoridades religiosas que gobiernan el país desde la revolución de 1979. El llamamiento, cargado de retórica emancipadora, contrastó con la severidad de sus palabras hacia las fuerzas de seguridad: ofreció amnistía total a quienes depusieran las armas y advirtió de una “muerte segura” a quienes resistieran.
La carga simbólica del discurso quedó subrayada por el recorrido histórico que Trump evocó. Recordó la toma de la embajada estadounidense en octubre de 1979 como el punto de partida de una larga cadena de crisis. Desde entonces —sostuvo— Irán habría extendido su influencia mediante aliados regionales y milicias que, en su versión, continúan lanzando ataques contra fuerzas estadounidenses en Oriente Próximo y contra rutas marítimas internacionales.
La ofensiva, aseguró Trump, era una respuesta a esa trayectoria de confrontación.
“No tendrán un arma nuclear”
El presidente insistió en que Teherán nunca poseerá la bomba atómica. Pese a que las autoridades iraníes han defendido reiteradamente el carácter civil de su programa nuclear –incluso después de la operación militar del pasado verano atribuida a Estados Unidos e Israel–, Trump acusó al régimen de haber rechazado todas las ofertas diplomáticas y de intentar reconstruir su capacidad nuclear junto al desarrollo de misiles de largo alcance. “Jamás podrán tener un arma nuclear”, sentenció, prometiendo destruir la industria misilística iraní “una vez más”.
El tono fue marcadamente bélico, aunque no exento de advertencias. Trump reconoció que el escenario podría ser cruento y que podrían producirse bajas estadounidenses. “El régimen iraní busca matar”, afirmó, al tiempo que aseguró haber tomado medidas para minimizar los riesgos para el personal desplegado en la región. La posibilidad de pérdidas humanas, admitida sin rodeos, añadió gravedad a una intervención que presentó como “misión noble” en defensa de la seguridad nacional.
Mientras tanto, en las calles de Teherán, la población observaba con incertidumbre el alcance real de los ataques. Las imágenes difundidas mostraban columnas de humo elevándose sobre edificios oficiales y sirenas resonando en distintos distritos. La ofensiva, por su magnitud y por la ambición declarada de sus objetivos, amenaza con reconfigurar el equilibrio de poder en la región y con abrir una etapa de consecuencias imprevisibles.
Trump cerró su discurso apelando a la protección divina para los soldados estadounidenses y reafirmando la confianza en la superioridad de sus fuerzas armadas. El mensaje fue claro: la operación no es solo un castigo puntual, sino un intento de redefinir el futuro político de Irán y, por extensión, el mapa estratégico de Oriente Medio.
Así, entre la retórica de liberación y la realidad de los bombardeos, la jornada de este sábado se inscribe ya como un capítulo decisivo en la larga y turbulenta relación entre Washington y Teherán.