Exjugador del Athletic

Jesús Renteria, añorado referente de una época del Athletic que se fue

16.11.2021 | 00:19
Jesús Renteria, junto a José Ángel Iribar.

Cuando un exfutbolista del Athletic se va, resulta inevitable acudir a los datos para glosar o contar quién fue. Los números referidos a años, temporadas, partidos, títulos si los hubiera y demás, son una vía de aproximación a la persona en cuestión, una fórmula recurrente para al menos situar el contexto donde desarrolló su carrera. En el caso de Jesús Renteria, esa vía merece ser explorada por ser el reflejo de una realidad, desde su ingreso en el club hasta que cambió de aires para recalar en Huelva, en el Recreativo. De un club histórico a otro. Pero la faceta que realmente le encumbró como rojiblanco es posterior a su etapa como jugador, cuando ingresó como trabajador en Lezama, siendo el responsable del mantenimiento de las instalaciones. Era el hombre que pasaba allí las 24 horas del día, el poseedor de todas las llaves, quien conocía cada recoveco físico y también la vertiente humana de lo que se cocía en aquel recinto, nada que ver con el actual, bastante más frío.

Fue a partir de 1986 y hasta su jubilación cuando Rente, o Jesús, dejó huella en cientos de personas que tuvieron la oportunidad de convivir con él y su familia, María Jesús, Aitor y Josu. Futbolistas, técnicos, directivos y periodistas que a diario se lo encontraban en la que fue su casa, un espacio que gobernaba con su peculiar forma de ser. Alguno sostendrá que en el trabajo no era un prodigio de amabilidad, por carácter y porque se tomaba muy en serio su función. Podría matizarse diciendo que era refractario a los excesos de confianza que en ocasiones se dan, o se quieren tomar, en un entorno tan abierto como el del Athletic. Eso sí, educado, serio, incluso esquivo según el día que tuviese, pero al mismo tiempo cercano, cariñoso y, por encima de todo, normal. Lo cierto es que congeniar con Rente era una gozada y son legión los que suscribirían esta afirmación. En particular, en el gremio de la prensa, para el que solía organizar junto a Txanito y Pikatxon, interminables comidas en su sociedad de Sondika. Poseía una gracia especial para rememorar anécdotas de su época en activo, auténticos retratos costumbristas de años donde el Athletic estaba básicamente compuesto por gente natural de la provincia.

kendall, uno más de la familia

Kendall vivió con la familia Renteria en Lezama. Foto: Athletic Club


Jesús era un niño de la postguerra que como tantos pasó penalidades (jamás olvidó el primer sueldo que cobró del Athletic) y, por tanto, muy consciente del valor de la camaradería, de la lealtad, de la amistad. Nunca dejó de estar en su sitio, el que estimaba que le correspondía para, a partir de ahí, establecer lazos que perduraban. Particularmente intensa fue la relación de complicidad que toda la familia Renteria cultivó con Howard Kendall, quien según aterrizó en Bilbao no dudó en alojarse en Lezama en vez de hacerlo en un hotel, pese a que al principio tenían que comunicarse por señas y ni siquiera había una zona habilitada como tal para dicho fin.

Profesaba un respeto supremo a los veteranos que conoció al ingresar en el equipo y desde la perspectiva que concede la edad gastaba cierta ironía a la hora de juzgar a las generaciones de futbolistas que vio pasar por Lezama durante varios lustros. Jesús fue fichado del Basconia con el Athletic en plena transición. El equipo que figura en los anales como el de Los Once Aldeanos enfilaba su ocaso tras una década gloriosa y como él fueron paulatinamente ingresando los Iribar, Uriarte, Argoitia, Sáez, etc.

El destino le permitió compartir un año alineación con el gran Piru Gainza, natural de su pueblo, Basauri, y de quien podía haber llenado un tomo bien voluminoso con sus ocurrencias y manías. Además actuó al lado de Carmelo, Orue, Garay, Etura, Canito, Markaida, Mauri, Artetxe, Uribe o Eneko Arieta.

Jesús fue un lateral correoso, especialista en marcajes al hombre, que es lo que entonces se estilaba. Encima del extremo para no dejarle ni respirar, robo y despeje largo, cero complicaciones. Esa y no otra era la función del defensa a finales de la década de los cincuenta y principios de los sesenta. A lo largo de seis campañas participó en 68 encuentros oficiales, una cifra nada desdeñable dado el calendario, bastante más reducido, y la imposibilidad de efectuar cambios sobre la marcha. En solo dos años en el Recreativo alcanzó números similares y retornó al Basconia, sus orígenes, donde colgó las botas en la 1968-69.

La faceta que le encumbró como rojiblanco es posterior a su etapa como jugador, cuando ingresó como trabajador en Lezama


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