0 - 4

Otro siniestro total ante el Barcelona en la final de Copa

Los azulgranas, que apenas hallaron oposición, dominaron siempre con enorme suficiencia y concentraron sus cuatro goles en quince minutos

18.04.2021 | 01:21
Raúl García consuela a Villalibre al final del partido tras una nueva final de Copa perdida.

ATHLETIC: Simón; De Marcos, Yeray (Min. 67, Nuñez), Iñigo, Balenziaga; Berenguer (Min. 54, Vesga), Unai López (Min. 67, Yuri), Dani García, Muniain (Min. 46, Lekue); Raúl García y Williams (Min. 67, Villalibre).

BARCELONA: Ter Stegen; Dest (Min. 74; Sergi Roberto), Mingueza (Min. 88, Braithwaite), Piqué (Min. 81, Araujo), Lenglet, Jordi Alba; Busquets, De Jong, Pedri (Min. 81, Ilaix Moriba); Messi y Griezmann (Min. 88, Dembelé).

Goles: 0-1: Min. 60; Griezmann. 0-2: Min. 62; De Jong. 0-3: Min. 68; Messi. 0-4: Min. 72; Messi.

Árbitro: Juan Martínez Munuera (Comité Valenciano). Ha amonestado a Dani García, del Athletic.

Incidencias: Final de Copa de la temporada 2020-21 disputada en el estadio de La Cartuja de Sevilla a puerta cerrada.

El Athletic se superó a sí mismo en su segunda final de Copa al protagonizar un auténtico esperpento que se tradujo en goleada del Barcelona, cuya comodidad de inicio a fin hizo pensar que en vez de estar en la pelea por un título jugaba un amistoso o directamente una pachanga. El propósito de enmienda alimentado desde el mismo instante en que se consumó el fracaso ante la Real Sociedad no asomó por lado alguno. Los de Marcelino saltaron a La Cartuja como si no supieran dónde estaban, sin plan, sin actitud, a verlas venir. Su actuación fue el reconocimiento expreso de una inferioridad asumida pese a todas las declaraciones realizadas por técnico y jugadores. Pese a que el marcador no se movió hasta la hora de partido, el equipo nunca compitió, permaneció sometido al dictado del elaborado fútbol azulgrana hasta que la propia inercia desembocó en lo irremediable: un elocuente castigo cifrado en cuatro goles que pudieron ser el doble. No hubo final, si tal cosa se entiende como un duelo, sencillamente el Athletic se ausentó, no compareció, y lógicamente cayó aplastado. Dejó una imagen tristísima, lamentable, tanto que incluso la actuación de quince días atrás se podría considerar más potable. Con esto está todo dicho.

No cabía imaginar un espectáculo tan deprimente cuando se suponía que, más allá de la dificultad objetiva que conlleva enfrentarse al Barcelona, la cita de anoche brindaba una ocasión para reivindicarse y echar tierra sobre el fiasco del derbi. No se trataba de alzar el título, ganar no constituía una obligación, pero se confiaba en que el Athletic daría la cara, intentaría desplegar los argumentos que permiten reconocerle sobre la hierba, que de haberse plasmado en una versión siquiera decente sin duda hubieran dado vida al choque, generado problemas o dudas en el rival, alentado una pizca de esperanza, de ilusión. Era lo mínimo, ver un Athletic valiente, agresivo, ambicioso, pero salió uno acobardado, que prácticamente no atravesó la línea del centro del campo, renunciando de antemano al triunfo.

En esas condiciones, la única incógnita a resolver fue el minuto en que Simón recogería el balón de su red. Tardaría más o menos, pero tenía que llegar porque las facilidades de que disfrutó el Barcelona fueron escandalosas. Es seguro que ni Messi y compañía esperaban un enemigo tan amable, pero el Athletic lo fue hasta extremos insospechados. En realidad, su puesta en escena se redujo a extender una alfombra roja para garantizar que la Copa engrosara la sala de trofeos del Camp Nou. Podía salir mal y salió peor. Nada hubo rescatable en el comportamiento de los hombres de Marcelino, quienes colectivamente se desplegaron como un equipo pequeño, sin alma. Que Simón evitase varios goles cantados sería casi lo único a resaltar en el plano individual. Eso y la seriedad de Balenziaga o el amor propio que demostró Villalibre, que salió con la suerte echada.


 

Desde el primero hasta el último pitido del árbitro previo al descanso, se asistió a un interminable rondo a cargo del Barcelona. Lo que en un principio era previsible, que los de Koeman tomasen la iniciativa, se convirtió en una tónica invariable, increíblemente monótona según avanzaba el cronómetro. Ni rastro de la presión adelantada, el Athletic lo fio todo al repliegue. De Jong envió el primer remate a la madera a los cinco minutos; en el décimo aún había rojiblancos que no habían entrado en contacto con la pelota. El cuadro catalán tocaba y tocaba, nadie le importunaba, salvo en el último tercio del campo, donde la acumulación de piernas y la ausencia de delanteros definidos, pues solo Griezmann se ubicaba arriba, hicieron que las situaciones de apuro fuesen contadas.

La posesión del Barcelona superó el 80%, sin que el Athletic diese síntoma alguno de inconformismo. Pretender la victoria con semejante propuesta, dejando a Williams aislado a la espera de un servicio imposible y el resto hundido en torno al área, se antojaba una broma pesada. Y lo dicho, la clave radicaba en conocer cuánto aguantaría intacto el marcador. Bueno, pues el Barcelona metió una marcha más en la reanudación y empezó el show de Simón a remates de Griezmann, Pedri y Busquets, dos de ellos a bocajarro. Marcelino ya había retirado a Muniain, que no estaba para jugar, y sacó a Lekue, no a Yuri, lo que también es ilustrativo. En vista de que el gol se mascaba, sacó un tercer medio, Vesga, y quitó a Berenguer. El margen para replicar al avasallador dominio catalán se iba reduciendo, no así el empuje de los que ayer vistieron de amarillo.

Griezmann abrió la lata y en apenas doce minutos cayeron tres goles más. La concentración de llegadas nítidas en un tramo tan escueto habla a las claras del estado mental y físico del Athletic. De Jong, indetectable entre líneas, firmaba el segundo y enseguida se sumó Messi al festejo con un golazo. Arrancó la acción a 60 metros de la portería y tras un par de paredes con De Jong y un recorte seco alojó suavemente la bola en el palo más lejano. Messi culminó la paliza tras recibir el clásico pase hacia atrás de Alba. Con el 0-2, Marcelino optó por un triple cambio. Se marchó Yeray, otro de los que se presentó entre algodones, Unai López, la sorpresa del once, y un Williams inédito, condenado a no olerla y sin iniciativa para huir del anonimato. Igual que Muniain o Berenguer, dos interiores centrados en tareas de achique, con lo que ello significa.

En los últimos veinte minutos, por puro amor propio y porque tampoco el Barcelona precisaba invertir más gasto, el Athletic avanzó unos metros y obtuvo un par de remates, sendos cabezazos de Vesga y Raúl García que se marcharon altos. Eso y un remate forzado de Iñigo a la salida de una falta en el arranque fue cuanto dio de sí el ataque rojiblanco. Una birria que reflejó con fidelidad la lamentable disposición del Athletic, cuyo comportamiento global estuvo en las antípodas de lo que se espera de un finalista de Copa.


 

 

estadísticas

AthleticBarcelona

1Tiros a puerta8

4Tiros fuera2

0Tiros al poste1

4Paradas del portero1

13Faltas cometidas13

39Balones recuperados41

93Balones perdidos93

1Fueras de juego2

23,1%Posesión 76,9%

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