Humanizar la guerra en el País de los Vascos

El Museo Zumalakarregi y el Centro de Estudios Vascos de la Universidad de Nevada, Reno, han presentado una reedición de la obra de Lord Eliot sobre canje de prisioneros durante la Primera Guerra Carlista

26.07.2021 | 00:43
Una obra pictórica que recoge el Abrazo de Bergara expuesta en el Museo Zumalakarregi.

El ejército carlista, formado por algo más de cien voluntarios y catorce caballos en el invierno de 1833, se había convertido en algo menos de dos años en una fuerza operativa de 28.000 hombres organizados en treinta y nueve batallones. En pocos meses, Zumalakarregi había derrotado a los cinco generales enviados desde Madrid: Luis Fernández de Córdoba, Vicente Quesada, José Rodil, Francisco Espoz y Mina y Gerónimo Valdés. Además, como revela Eliot, el pueblo vasco apoyaba activamente al bando carlista, lo que provocó que el ejército liberal castigara a la población civil.

Tal como relató Lord Eliot, la reina regente anunció que aquellos que tomaran las armas por el bando carlista serían culpables de rebelión y tratados como facciosos. Siguiendo esta disposición, los oficiales de la reina fusilaron sin juicio previo a gran cantidad de voluntarios carlistas –incluidos heridos de guerra– y civiles de todas las edades. Esta política de "guerra a muerte", una tradición heredada por los generales liberales como Rodil de las campañas de América, provocó que Zumalakarregi ordenase el fusilamiento de prisioneros de guerra en represalia. Según Eliot, esta situación se habría prolongado durante años si una tercera parte no hubiese intervenido para mediar entre los beligerantes.

Edward Granville Eliot.

En 1835, el jefe del gabinete conservador británico Sir Robert Peel declaró que era necesario firmar un tratado de humanización de la guerra que pusiera fin a esta forma de operar "que ha suscitado las sensaciones más dolorosas en toda Europa" (y que dañaba incómodamente los intereses comerciales británicos en el continente). El duque de Wellington, secretario de estado para las relaciones exteriores del gabinete de Peel, envío con este propósito a Eliot a Navarra en la primavera de 1835.

El bando liberal era muy reacio a aceptar el tratado por lo que Wellington dejó muy claro que Carlos, el "pretendiente", no debía de considerar este acuerdo como un reconocimiento oficial de su causa y que las administraciones británica, francesa y portuguesa sostenían relaciones diplomáticas con el gobierno de la reina.

La legación británica llegó a Baiona el 13 de abril, y el 17 de abril Eliot pasó junto a su secretario John Gurwood a Irun a través del puente de Behobia escoltado por las tropas de la reina. Hasta Hernani los acompañó el guerrillero Gaspar Jauregi, Artzaia, y tras almorzar en el palacio de la localidad, llegaron a Tolosa por la tarde. Al día siguiente se dirigieron a Lekunberri y, tras cenar con la Junta Carlista, 19 de abril, el coronel Antonio Serradilla los condujo a través del paso de Biahizpe (las Dos Hermanas) hasta Etxarri Aranatz. Las montañas estaban cubiertas de nieve y Etxarri estaba totalmente desolada por los combates del 19 de marzo anterior, a consecuencia del asedio. La legación pernoctó en el mismo lugar donde el duque de Wellington había establecido su cuartel general en 1812.

De Etxarri salieron rumbo a Altsasu, Zegama y el general Juan Bautista Erro los escoltó hasta Segura, donde se reunieron con Carlos V el 20 de abril. En la discusión sobre los puntos del acuerdo, el ministro de Estado carlista Carlos Cruz Mayor apuntó que los carlistas liberaban incondicionalmente a muchos prisioneros, pero los generales de la reina actuaban indiscriminadamente, disparando contra los prisioneros. De hecho, el general Espoz y Mina, agregó, había masacrado a todos los enfermos y heridos del hospital de Ezkurra poco tiempo antes. Las tropas carlistas estaban en constante movimiento por lo que no podía hacerse cargo de los prisioneros y, además, los carlistas estaban haciendo muchos más prisioneros que las tropas de la reina. Pero se llegó a un acuerdo de nueve puntos el 22 de abril.

Entre otras cuestiones se acordó que los generales de los dos ejércitos debían intercambiar los prisioneros, respetando sus vidas (el gobierno de la reina tuvo que aceptar oficialmente que los carlistas eran "una parte beligerante"). Además, nadie podría ser asesinado sin juicio previo y ambas partes debían respetar y liberar a los enfermos y heridos. Por otro lado, los oficiales se intercambiarían por oficiales del mismo rango (el bando liberal tuvo que aceptar que los carlistas eran contenientes con rango). Y si la guerra se extendía a zonas fuera de Euskal Herria, los canjes se efectuarían igualmente.

El 22 de abril, la legación británica se enteró de que el general Gerónimo Valdés había sido designado comandante de las fuerzas de la reina y que había sufrido una desastrosa derrota en Amezkoa: sus 20.000 hombres enfrentados a una fuerza operativa de no más de 1.500 hombres de Zumalakarregi había sufrido 700 bajas. Valdés estaba ahora obligado a firmar el acuerdo para salvar las vidas de sus hombres (si bien un nutrido número de los prisioneros liberales capturados en aquella batalla prefirieron alistarse en las filas del Tío Tomás).

A las 7 de la tarde del 24 de abril, Eliot y Gurwood se reunieron con Zumalakarregi en Asarta. Mientras Eliot discutía los términos del acuerdo con Zumalakarregi, el coronel Serradilla mencionó que diez soldados de la reina iban a ser fusilados pero que, si mediaban, sus vidas podrían salvarse. Eliot hizo una petición formal que fue aceptada de inmediato. La delegación británica estaba tan impresionada con Zumalakarregi que le hicieron entrega del catalejo que Wellington había utilizado en la batalla de Toulouse (que originalmente era un regalo para Espoz y Mina).

De Asarta la legación británica se dirigió a Estella, esperando encontrar al general Valdés en la ciudad. Al pasar por Iratxe, las monjas les ofrecieron chocolate y galletas y Zumalakarregi intencionalmente acompañó a Eliot "hasta una distancia de tiro de fusil de la ciudad". Cuando la gente lo vio acercarse, comenzaron a gritar "¡Viva la paz!", "¡Vivan los embajadores!" y "¡Muera la puta!" (en alusión a la regente María Cristina). Pero Valdés no estaba en Estella. Se había retirado, avergonzado, a Viana. Allí firmarían Córdoba y Valdés a regañadientes el acuerdo el 26 de abril, si bien no tenían prisioneros que intercambiar con el bando carlista, que disponía de cerca de 1.000.

El 2 de mayo, Eliot y Gurwood se alojaron en la Casa Redin de Iruñea y cenaron con Valdés y Espoz y Mina, que se oponía a la intervención británica. A Eliot le disgustó sobremanera Espoz y Mina. Gurwood escribió en su diario que era un hombre falso, "un lobo en piel de cordero", y que su total falta de humanidad y de talento militar "habían causado un gran daño a la causa de la reina". El 4 de mayo, la legación regresó a Baiona a través de Zubiri, Auritz, Luzaide y Donibane Garazi.

Nunca sabremos cuántas vidas salvó el tratado de Eliot, pero sin duda este pueblo le debe una muestra de gratitud y, mientras algunos de los más crueles criminales de guerra como Rodil, Córdoba o Espoz y Mina tienen lugares dedicados a su memoria, Eliot es un personaje olvidado por la historia.

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