LEKEITIO. Quien quedara segundo en las tres finales manomanistas que disputó de pelota, el gran José Luis Acarregui, falleció el pasado martes. Hasta ese día, disputó un partido vital de 88 años. El palmarés deja para la historia que perdió en 1946 ante Atano III en el Astelena por 22-16. Miguel Gallastegui fue quien le negó sus otras dos opciones en 1950 y 1951 por 22-15 y 22-14, en Astelena y el municipal de Bergara. Ayer fue enterrado en Eibar. El mundo de la pelota se mostró consternado por la pérdida hasta el punto de que algunos, como el pelotari también legendario Hilario Azkarate, vio su esquela pero prefirió pensar que era otro y no aquel manista con el honor de ser hijo predilecto de Lekeitio, uno de los pelotaris más reconocidos en la década de los 40 y 50.
El elorriarra tildó a Acarregui de "campechano, muy alegre, de contar chistes". Por diferencia de edad, recuerda haberse visto las manos en el frontón en dos ocasiones. "Era un delantero muy bueno", resaltó.
A pocos kilómetros, en Atxondo, otro grande, Jesús García Ariño, también conoció la triste noticia. "Lo he sentido mucho. Jugué con él y en una ocasión le gané. Era un gran pelotari, después de Gallastegui, el mejor de entonces. Dominaba. Era muy buena persona. Recuerdo que él y Mendieta siempre iban en moto a los partidos de Ondarroa. ¡Eran otros tiempos!".
contrincantes y amigos Si García Ariño cita a Gallastegi, DEIA llama a este. Al aparato desde Donostia: "Mira, en la cancha éramos contrincantes, pero fuera de ella grandes amigos". Tal era el aprecio que se tenían, que Miguel asegura que José Luis era "el más elegante que he visto sacando. Además, si en vez de a 22, los partidos hubieran sido a 14, Acarregui habría ganado siempre, campeón, pero iba perdiendo fuerzas", analiza Gallastegi. "Fue un gran pelotari y hombre. Un delantero fenomenal", agrega.
José Luis Acarregi, "de segundo Zapirain, ¿no me voy a acordar?", apostilla García Ariño. Lekeitio le oyó nacer a Acarregui un 11-S, el de 1923. Comenzó sus estudios en la escuela pública del municipio costero y comenzó a tener contacto con el cuero con amigos como Zugadi o Mentxaka, este último se encargaría con los años del frontón local.
La Guerra Civil le cogió en Gasteiz, en casa de su tío León Zapirain, también pelotari y encargado del frontón gasteiztarra. León organizó un partido en el que tío y sobrino ganaron a Otxoa y Mondarain. Acarregui se embolsó sus primeros duros a los quince años.
Durante el conflicto bélico, junto con una hermana tomaron un barco hacia el exilio en Francia y hubo problemas y la embarcación tuvo que ir a Santurtzi. "Los dos vivieron en el barco durante dos años", enfatiza José Luis Akarregi hijo.
Tras finalizar la guerra, con 17 años, comenzó a jugar a cesta, pero para entonces ya se había hecho un nombre sin ser profesional. Cada día, lloviera, hiciera sol o nevara iba en bici a Markina, entrenaba allí, volvía pedaleando y en Lekeitio jugaba un partido en el que había apuestas. Así se levantaba unos duros que llevaba a casa. La mili la hizo en Garellano, Bilbao, durante tres años en los que "no dio pie con bola".
Las facultades de aquel chicarrón del Cantábrico iban cada día a más. Ya lo ha dicho Jesús: "¡Eran otros tiempos!" Su entrenamiento más adelante sería hacer piernas yendo al monte con los perros de caza. Entonces, le propusieron ir a Vigo a jugar a cesta con otros compañeros. Pero no quiso. "Total, ganaba 50 pesetas por partido con tantos desafíos que le surgían".
Tal era la expectación que se organizaban barcos para ir de Ondarroa a Lekeitio o al revés. Desafíos como el de Arteondo y Acarregui, perdonen la aliteración, acarreaban centenares de seguidores. Sin debutar, ya les trataban "como hoy a Messi y se les portaba a hombros por el puerto", compara su hijo.
fama transfronteriza Y su apellido fue superando mugas porque venció 11 desafíos consecutivos, mientras aún compaginaba con partidos de cesta. La familia, entonces, le animó a dejar la herramienta. Debutó en 1944. En aquel tiempo, los cronistas decían ya que el pelotari más completo sería aquel que tuviera la ciencia de Atano III (su arte), el virtuosismo de Onaindia y las facultades de Acarregui. "En un partido, mi padre iba ganando a Atano III por 16 a 3 y con el saque en su mano le dio la vuelta y llegó a 22. Sacaba del txoko hacia el público. Era tremendo". Entonces Atano pasaba los 40 y Acarregui rebasaba los 20. En una ocasión que ganó a Gallastegui, hasta la banda del pueblo salió a recibirle en Lekeitio y hubo baile toda la noche en el pueblo. Se impuso también en uno de los primeros torneos de Donostia, cuando comenzó a jugarse en el formato del Cuatro y medio.
En 1949 se casó con Ana María Gómez, de Eibar, adonde fue a vivir. El matrimonio dio a luz tres hijos. José Luis tenía seis nietos y cuatro biznietos. A Acarregui le rindieron numerosos homenajes en vida y no sería extraño que estos días los frontones recordaran con un minuto de silencio a un pelotari que también fue seleccionador de las pelotas de campeonatos, un amante de la caza, las cartas, el ajedrez y los puros.
El padre de Acarregui fue un marinero maquinista y tuvo ocho hermanos. "Como aita era divino, ejemplo de ello es que ha muerto con toda la familia a su lado, tratando de hacerle la despedida más fácil. ¡Misión cumplida!", señala con lógico orgullo su hijo hacia un padre que por ser estrella de la época era requerido para inaugurar ikastolas o asociaciones, lo que para él era "hacer pueblo".
Fernando Vidarte le recuerda como "de lo mejorcito. No le conocí jugando pero el trato era muy bueno". Su hermana Isabel no olvida su juego ni palabras. "Lo he sentido mucho y, además, porque no se ha reconocido en los medios que ganó el primer Torneo del Cuatro y Medio de San Sebastián, en Gros, en 1953", reivindica y agrega que "fue buen pelotari pero con mala suerte, padeció muchas lesiones. La poca regularidad le impidía estar en lo más alto. Como persona, era hablar como con mi padre, afable y conversador", le agradece Isabel.
Abertzale, simpatizante del PNV, también fue patrón de bote en la fiesta de los gansos. A pesar de ser conocido, "siempre tuvo los pies en tierra" y su lujo era ir a comer a Txaltxa, restaurante cercano al Astelena por donde pasaban los pelotaris y aún abierto. Si allí abría el apetito, en sus partidos hizo las delicias de miles de personas, muchos aún le recuerdan y para las nuevas generaciones quedarán sus logros como deportista y persona.