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El médium

16.01.2021 | 01:03
El médium

"Soy inspectora de Hacienda. ¿Me puede explicar por qué no cuadran los ingresos que corresponden a sus declaraciones de renta de los últimos cinco años con las cantidades que reconocen sus declaraciones de IVA?"

A última hora del mediodía restaban dos personas en la sala de espera. Desde la apertura de esa jornada, por la consulta del Gran Zarkoff, reconocido médium y prestigioso maestro de la hipnosis psicotrófica, habían pasado ya una veintena de seres desesperados en busca de alivio a las más variadas patologías espirituales.

Los dos clientes aguardaban sentados en taburetes de estilo hindú de los que se alineaban junto al terciopelo color berenjena que tapizaba las paredes. Jarapas mayas cubrían todo el suelo. A ambos lados de la puerta de acceso al gabinete, macizos aparadores de roble adornados con volutas aparatosas exponían una selección de libros encuadernados en cuero repujado con inserciones de hilo dorado. Destacaban El polvo Simpático, escrito por el fraile Edricius Mohynus de Eburo; La lámpara de la vida, del olvidado Uldiricus Balk; o el Traité de métapsychique, obra del imprescindible Charles Robert Richet.

Lo habitual era que, desde dentro del gabinete, se filtraran alaridos, lamentos, quejas, voces de ultratumba, chirridos, tintineos metálicos, crujido de muebles. "El maravilloso concierto de la macropsicokinesis", como lo llamaba el parapsicólogo.

La luz eléctrica se desparramaba, perezosa y amarilla, desde una sola lámpara de latón bruñido en la que figuraba un Titán torturado. Tenues bombillas insertadas en los pies y manos de las extremidades extendidas en aspa. Un quinto foco asomaba desde la boca abierta. Todas las visitas se mostraban impactadas por aquella extraña escultura que parecía levitar en el punto central del techo y que amenazaba con aullar y salir volando de un momento a otro. El resto de la iluminación provenía de cuatro velones color azafrán sujetos sobre peanas de hierro forjado, retorcidas como las columnas del baldaquino de Bernini y ubicadas en los vértices de la estancia. Regularmente, una corriente de aire frío que se sentía en la sala agitaba la llama de los velones. La danza de sombras y luces que sucedía al temblor de las mechas incrementaba la angustia que generaba la espera.

La brisa helada, que sin duda provenía de las rejillas de ventilación, ponía el vello de punta a quienes ansiaban los remedios del Gran Zarkoff. Daba igual que se tratara de exlegionaridos rudos con los brazos cubiertos de tatuajes patibularios o de damiselas de colegio mayor calzadas con tacones de aguja. Aquel aliento helado mezclaba las columnas de humo que desprendían los pequeños pebeteros. Ardían sobre la tapa cerrada de un vetusto baúl de madera con cantoneras y cerraduras de bronce que servía de mesita justo bajo la lámpara-titán. En el más grande y circular se quemaba un puñado de hojas secas de patchouli; en el cubierto por una cúpula de metal perforado, polvo de incienso; y en el que parecía un pequeño platito de cerámica, palitos de sándalo. A quienes no epatara la lámpara o contracturara la inesperada caricia del aire helado, mareaba tanta abundancia de perfumes exóticos.

Ninguno de los clientes se atrevía a mirar al otro. Clavaban los ojos al frente cuando, de repente, se hizo el silencio en el gabinete. Callaron las maracas y el canturreo, como de hechicero comanche, que sonaban desde minutos atrás. Se percibía una conversación amable imposible de descifrar. Silbaron los goznes y abrieron la puerta. Un joven pálido y delgado, muy alto, vestido con un batín de seda granate, pañuelo con estampado de cachemir al cuello y sleepers a juego en los pies, acompañaba a un hombre de mediana edad, calvo y fofo, que caminaba sudoroso.

Tras dejar al cliente en el recibidor rumbo al descansillo, el joven regresó. Su cabello, corto y muy negro, se estiraba desde la frente y la nuca bajo una gruesa capa de fijador. Desde el acceso al gabinete susurró con acento francés.

—¿El siguiente?

El hombre, un anciano canoso, se puso en pie sin decir nada y enfiló hacia la consulta. La mujer, que ocultaba su mirada gris tras una gafas bifocales de carey, inquirió.

—¿Es usted el Gran Zarkoff?

—No señora. Soy Boris d'Langlé, ayudante personal del maestro Zarkoff. El maestro se está aplicando una limpia a sí mismo para sacarse las toxinas psíquicas del anterior beneficiario. Así puede aplicarse al nuevo enfermo pleno de energía. Utiliza cristales de cuarzo traí-dos desde Nepal. Son magníficos. Los vendemos a cincuenta euros la unidad. Si le interesan...

La mujer negó con una mueca. El anciano pasó. Se produjo una nueva conversación. Esta vez sonaron crótalos y una especie de sitar. Una flauta de faquir. Voces femeninas. Mugidos. Gritos de "escúpelo, escúpelo". Nada. Una nueva melodía de sitar. Gritos de "déjame verlo". Silencio.

Boris d'Langlé abrió la puerta con el abuelo sujeto por el codo izquierdo. El hombre, visiblemente impresionado, se tambaleaba. Boris llamó un taxi y, esta vez, acompañó al cliente hasta el portal. Regresó como si protagonizará un pase de modelos.

—Señorita, acompáñeme.

La mujer estiró su traje de chaqueta y pantalón de rayas azules y grises al incorporarse. Carraspeó. Se recogía el cabello castaño sobre la cabeza con una diadema también de carey. Su piel mostraba un tono y una textura cadavéricos.

En la penumbra, el Gran Zarkoff, con su habitual esmoquin burdeos y el turbante cubriéndole la cabeza, se pasaba un prisma translúcido por la frente mientras mantenía los ojos cerrados y murmuraba un conjuro interminable. Encima de la enorme mesa de escritorio descansaban varias esferas de cristal, extrañas figuras de marfil, un colmillo de narval, dos calaveras de vidrio, collares realizados con huesos de tigre, un murciélago disecado y mil objetos más.

Zarkoff abrió los ojos de repente, señaló a la mujer con un bastón de aspecto africano, y habló con esas palabras resbaladizas que caracterizan a los eslavos.

—Aunque no lo sepas, te conozco. He visto tu rostro del pasado gracias a mis poderes precognitivos. Vienes a por respuestas. Y las poseo. Sí, las poseo.

—Desde luego. ¿Es usted Arturo García Ortiz? –espetó ella.

—Ortiz de Latierro, es compuesto. Pero llámame Zarkoff –matizó el parapsicólogo sin inmutarse ni cambiar el acento ruso.

La mujer le largó una tarjeta de visita sujeta entre el índice y el corazón de la mano derecha, en tanto que con la izquierda extraía una tablet de su bolso.

—En nuestros ficheros consta como Ortiz a secas. Soy inspectora de Hacienda. ¿Me puede explicar por qué no cuadran los ingresos que corresponden a sus declaraciones de renta de los últimos cinco años con las cantidades que reconocen sus declaraciones de IVA? Por cierto, ¿conserva facturas de las ventas de cristales de cuarzo de Nepal? Esto de aquí, ¿es una especie protegida?

Las capacidades adivinatorias de Zarkoff le bastaron para tener constancia de que estaba perdido. Luisito Fernández, alias Boris de L'Anglé, se escabulló entre las sombras rumbo a la escalera de salida.

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