Lo que nunca dijo...

"Juancar es emérito total"

08.03.2020 | 01:29
Corinna zu Sayn-Wittgenstein.

Bilbao – "He venido a Bilbao a ver el Museo de Arte Moderno de Nueva York. No, espera. ¿Cómo se llama el otro museo gordo de Nueva York? Desde luego, tengo la cabeza echa un cabage, con lo que yo he sido para estas cosas€ ¡El Guggenheim! Chico, aaaay, menos mal. He viajado tanto que se me mezclan las cosas. Fíjate, cuando fui a la catedral de Santa Sofía, me salió a recibir el guía de allí y le pregunté: ¿No estará ella, verdad? Pobre mujer. Quieras que no, me da apuro. Luego me di cuenta que estaba en Estambul y no en Madrid". Corinna desborda simpatía. "¿Quién es el dueño de ese palacete?", pregunta señalando Ibaigane.

Un club de fútbol.

—¿Y de quién es club de fútbol?

De los socios. Decenas de miles de personas.

—Sois muy socialistas por aquí. Así no hay manera de hacer negocios. Gente rara. Progres, más que progres. ¿Quién es capaz de arreglar un trapi cenando con decenas de miles de personas? Naaa. No me interesa.

Sorprende lo bien que habla usted español.

—A ver si te crees que todos somos Gareth Bale o David Beckham. A ver, yo soy alemana, pero papá es medio danés, medio húngaro. Yo, como todas las alemanas de buena familia de la época, veraneé mucho en Ibiza y Mallorca. Ahí fue donde aprendí italiano. Para el español acudí a clases particulares y me compré en vídeo la serie completa de Curro Jiménez. Viéndola se me pegó el acento del Algarrobo y el gusto por llevarme la pasta de los ricos. Hasta me compré un trabuco. Lo guardo en la oficina.

Imagino que también practicaría el español con Juancar.

—Bueno, bueno, buenooo. El español, de vez en cuando. Pero él es muy políglota. Le van todos los idiomas. Por lo demás, quien le conoce sabe que se trata de un hombre de gustos sencillos: con un poco de marisco, champán francés y un paseo de un par de semanas por el Mediterráneo en velero, es feliz. Como un ciudadano del montón cualquiera.

¿Mantienen su relación?

—Que quede claro que ya no somos amigos. Que a mí me pueden llamar, qué se yo, cualquier cosa... pero antigua, eso sí que no. ¡Antigua! Con lo moderna y chic que soy. ¡Por ahí no paso!

Además de los negocios, se dice que ustedes tuvieron ruido. ¿Es cierto?

—Oye, tú eres un fresco. Esa pregunta es muy personal. Pero te voy a responder: Juancar es emérito total. Y punto.

¿Qué hacían ustedes juntos?

—Yo le montaba las cacerías en África. La del elefante, por ejemplo. Que no sé yo la perra que les da a algunos con cazar elefantes. A un elefante le acierta Rompetechos un día de tembleque. No tiene mérito. Un animal de esos es como un autobús escolar, y encima, le ponen una mira que vale 20.00 euros a un rifle de 100.000 euros que tira balas que valen 50 euros cada una. Lo difícil es acertar a una sorda con la escopeta del abuelo, que salen entre zarzas volando en ziz-zag. Eso sí. Bueno, en la empresa hace muchos años que trabajamos con Mondongo, que es el famoso elefante de la foto. Les metemos cartuchos de fogueo a los lilas y, luego, Mondongo es un gran actor: se hace el herido, barrita, se trastabilla y se hace el muerto con un gusto tremendo. ¡Y cómo posa! Las fotos lo dicen todo. A Mondongo lo han cazado el Aga Khan, Trump, Florentino€ Un montón de millonarios.

O sea que cacerías en África.

—Y en los países del este. Ahí trabajamos mucho con Yuri, que es un oso pardo amaestrado que salía con el Circo de Moscú; pero con la crisis, como era autónomo, tuvo que pluriemplearse. La cacería en la que le tocó Juancar, el bueno de Yuri se había pasado con el vodka y se nos cayó por un terraplén y rodó hasta los pies de Juancar. "A este oso le canta el aliento a orujo más que a Yeltsin", me dijo. Pero no se dio cuenta de que el bicho no estaba muerto, sino cocido. Tuvimos que ponerle en tratamiento.

¿Al oso?

—Sí, sí, al oso también.