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El asedio

Saltaban las alarmas cada vez que un borrón de humo ennegrecía el horizonte. Mandaron una escuadra de jinetes a explorar la situación del campamento lombardo; jamás retornaron

09.02.2020 | 15:54
El asedio.

Saltaban las alarmas cada vez que un borrón de humo ennegrecía el horizonte.

Llevaron al hombre a empellones a presencia del burgomaestre Swartz. El salón de audiencias del palacio bullía de ciudadanos muy atareados con sus intrigas. Olía al almizcle que se emplea en los baños para cubrir el hedor del sudor viejo de las gentes de honor. Todos hilaban fino. Algunos con estameña de varios colores.

-El ejército de los lombardos... avanza por el valle -susurró el desconocido.

-¿Qué dices, desgraciado? -respondió Swartz con un gesto que ordenaba silencio.

-Los lombardos, señor, una gran columna, con bestias, miles de lanzas, bombardas y máquinas de asedio. Se acercan.

Le silbaban los pulmones. Era uno de esos asilvestrados que se ganaba las gachas transformando en carbón las ramas perdidas del bosque. Demasiado humo, demasiada mala cerveza, poca comida. Las tercianas le brillaban en la frente.

El burgomaestre pensó que nadie como esos montañeses conocía los sonidos del denso encinar que rodeaba la ciudad más allá del foso y los caminos de guardia.

-¿Has distinguido los estandartes y pendones, idiota? ¿Qué sabrás? ¿Qué conocimiento tienes de las bombardas?

El capitán Wanthuls, segundo de Swartz, agitó al tipo mientras le escupía las preguntas a la cara con todo el desprecio del que era capaz. Y era capaz de escupir mucho desprecio.

-Cobré soldada como alabardero del condotiero Cassini, a quien Dios guarde muchos años, señor. Hasta que un espadazo me partió el tendón de la pierna. Perdí la facultad de marchar. Y me busqué el plato como carbonero, que era el oficio de mi padre. Pero aprendí de estandartes. Distingo el grifo negro del rojo león rampante.

El escriba Aaronowitz acercó su larga barba gris al hombre andrajoso y tiznado tendido sobre la severa alfombra de lana castellana. El escriba entrecerró los párpados, como para distinguir cada movimiento del rostro del hombre. Inquirió con aquel particular acento de otro tiempo.

-¿Cómo es tu gracia, carbonero? ¿Dónde te trajeron al mundo?

-Joseph Graaims, mi señor. De los Graaims del lado norte del valle. Somos cuidadores de las encinas del bosque de Raimstein, señor. No cazamos las ciervas del burgomaestre. Jamás. Allí nací. Lo mismo que mis once hermanas y hermanos. En la choza que levantó mi padre a la vera del haya grande.

-Los conozco, señor burgomaestre. Constan en el libro de las fogueraciones. Siempre pagaron sus diezmos en libras de carbón, sentenció Aaronowitz.

Al tembloroso Graaims le sonó la respiración como un fuelle mojado. Se estremeció. Boqueó. Vomitó poco y lentamente. Arruinó la costosa alfombra. Y entregó su alma a Dios.

El escriba mandó que sacaran aquel cuerpo de la sala noble por la puerta de las cocinas y lo enterraran en el muladar de extramuros. El burgomaestre Swartz y el capitán Wanthuls se retiraron a deliberar. Para el anochecer dieron por buena la noticia. Se reforzó la guardia y se abrieron las esclusas del río para anegar el foso. Hubo acopio de víveres y restricción del acceso a los aljibes. Saltaban las alarmas cada vez que un borrón de humo ennegrecía el horizonte. Mandaron una escuadra de jinetes a explorar la situación del campamento lombardo; jamás retornaron. Los vigías asaetaron a un caballero y su escudero que pidieron que bajara el puente levadizo para entrar en la ciudad; lo pedimos en nombre de las convenciones que unen nuestros burgos, dijeron, pero con un habla sospechosa.

En las mazmorras, el verdugo apretaba los pies de presuntos traidores antes de darlos a la horca. Los alabarderos de Wanthuls cargaban de hierros a quienquiera que los rumores apuntaran como susceptible de abrir un portón al enemigo. Y a quienes la memoria recuperara negocios con los lombardos.

Ninguna catapulta, ariete ni emisario asomó a este lado del bosque. Pero había quienes escuchaban movimientos de caballerías y percibían la agitación de la espesura. En las calles del burgo, los frailes pedían el arrepentimiento y regalaban el perdón de los pecados, por si el lombardo entraba a sangre y fuego como en el Juicio Final. Por esa misma razón, hombres y mujeres se entregaron a los placeres del cuerpo sin mesura ni respeto a las mandatos del Orden o Natura. Swartz y Wanthuls recorrían las almenas día y noche, adivinando este o aquel indicio. Les enervaba una nube de estorninos que surgiera tras una loma. O los gruñidos de una piara de jabalís. Quizá no se trataba de puercos, quizá fuera una avanzada de lombardos tratando de confundirles. ¿Quién levantó la bandada de estorninos?. Los vigías atravesaron con dardos a una pequeña caravana de comerciantes sureños que se detuvieron a las puertas. Hasta las mulas fueron acribilladas.

La enfermedad tardó semanas en manifestarse. Primero cayó el escriba Aaronowitz. Después, otros gentilhombres que solían frecuentar el salón de audiencias del palacio del burgo. Los guardias de palacio. El capitán Wanthuls. Su esposa. Las mujeres de la casa de los picos pardos. Tres barberos. Luego, se extendió como un incendio en la yesca. Los esputos, el silbar de pulmones, el vómito, las tercianas, el delirio. La muerte. Pero nadie quería salir a que le ensartaran las dagas de los lombardos. Murieron hasta los perros y las palomas.

Fue el último servicio del alabardero Graaims. El condotiero Cassini entró en el burgo de Swartz sin desenfundar una sola espada. Los lombardos quemaron y encalaron todo.

Cassini dotó a la viuda e hijos de Graaims de una pensión anual de 5 libras de plata en agradecimiento del asedio que no fue.

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