El frío no afecta de la misma forma a todo el cuerpo: cuando bajan las temperaturas, el organismo prioriza mantener calientes los órganos vitales y reduce el riego en zonas periféricas, lo que explica por qué hay partes que se entumecen antes, se irritan con más facilidad o se cargan con contracturas. Además del malestar, la exposición continuada al frío y al viento puede aumentar el riesgo de sabañones, irritación cutánea, molestias respiratorias y dolor articular, así que conviene saber qué áreas son las más vulnerables y cómo protegerlas.
Cabeza, cuello y cara
La cabeza y el cuello son zonas muy expuestas y sensibles al viento y la humedad, y cuando no se protegen el cuerpo percibe antes el enfriamiento general. El rostro, por su parte, suele ir al descubierto y su piel se resiente muy fácilmente. Aparecen sequedad, enrojecimiento e irritación, y pueden empeorar problemas como dermatitis o rosácea. Orejas, garganta y nuca son puntos especialmente delicados cuando hay corrientes de aire o cambios bruscos de temperatura. Por ello, opciones como las bufandas o los balaclavas son muy útiles en esta época del año.
Manos y pies
Las extremidades suelen notar el frío antes que el resto porque el cuerpo reduce la circulación hacia manos y pies para conservar calor en el tronco. Por eso aparecen el entumecimiento, la pérdida de sensibilidad y, en exposiciones largas, el riesgo de sabañones o pequeñas lesiones en la piel, sobre todo si hay humedad. Mantener pies y manos secos y bien aislados es clave, porque el frío húmedo castiga mucho más que el frío “seco”.
Garganta y vías respiratorias
No solo se enfría la piel. Respirar aire frío y seco puede irritar garganta y vías respiratorias, aumentando la tos y las molestias, especialmente en personas con asma o sensibilidad respiratoria. Cubrir nariz y boca ayuda a templar el aire que entra y reduce ese impacto directo, que suele notarse más en días de viento o cuando se pasa de interiores con calefacción a la calle de golpe.
Espalda baja y articulaciones
El frío favorece la rigidez muscular y la contracción muscular, y por eso la zona lumbar y la espalda baja son áreas donde aparecen con frecuencia sobrecargas y contracturas. También se resienten las articulaciones, sobre todo las rodillas, que pueden doler más o sentirse más rígidas en personas con artrosis o lesiones previas. Mantener estas zonas abrigadas ayuda a evitar esa tensión acumulada que, a veces, se arrastra durante días.
Soluciones
Para reducir el impacto del frío en estas zonas más sensibles, la clave está en combinar un abrigo adecuado con protección frente al viento. Cubrir cabeza, cuello y orejas, usar guantes y calzado aislante, y proteger la piel del rostro con cremas que refuercen la barrera cutánea ayuda a limitar la pérdida de calor. En el caso de la garganta y las vías respiratorias, tapar nariz y boca y evitar cambios bruscos de temperatura reduce la irritación. Mantener las articulaciones y la zona lumbar abrigadas, moverse con regularidad y evitar la humedad prolongada previene rigidez y contracturas.