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Nuevo libro de Siri Hustvedt tras la muerte de Paul Auster: lee aquí el primer capítulo

Tras el duelo por la muerte su marido, Paul Auster, la escritora regresa con 'Historias de fantasmas', un relato a medio camino entre un diario y una narración literaria magistral a partir de documentos inéditos

Nuevo libro de Siri Hustvedt tras la muerte de Paul Auster: lee aquí el primer capítuloCedida

Capítulo uno: Tiempo perdido

Estoy viva. Mi marido, Paul Auster, está muerto. Murió el 30 de abril de 2024, a las 18.58, en la casa de Brooklyn donde ahora escribo estas palabras. En enero de 2023 le diagnosticaron un cáncer de pulmón no microcítico de tipo escamoso. Pero antes de eso, a principios de noviembre de 2022, le hicieron un TAC en la sala de urgencias del Mount Sinai West. El radiólogo le detectó «una masa» en el pulmón derecho y dijo que podía ser cáncer.

Todos morimos, pero solo algunos de nosotros sabemos que nuestra vida podría acabar pronto. Aunque muchas veces me había preguntado qué significaría vivir sin Paul, empecé a pensar en ello con más frecuencia. Me imaginaba deambulando sola por la casa. Me imaginaba llorándolo. Si tu padre muere —le dije a nuestra hija Sophie—, perderé mi día a día.

Lo que no imaginé es que, tras la muerte de Paul, el tiempo perdería toda forma reconocible. Recuerdo qué día es y al momento lo olvido. Me acuerdo de que estamos en mayo y luego se me borra. Las horas pasan volando, pero los minutos a menudo transcurren muy despacio. Quiero anclar mi cuerpo en el calendario y en el reloj, esos marcadores del tiempo fiables y en el fondo ficticios, pero no consigo interiorizar su pulso constante. Temo que, si no sigo comprobando la fecha, el día y la hora, me desoriente, tropiece en las escaleras y me caiga, o, peor aún, me aleje flotando sin rumbo. Hago listas y calendarios. Listas y calendarios que están por todas las mesas y superficies de la casa. Me preocupa olvidar las tareas, las citas, las facturas que hay que pagar. Me preocupa que los pensamientos se me fragmenten en más pedazos de los que soy capaz de recordar. Ahora estoy ocupada en la tarea de recomponerme.

Me cuesta respirar. El corazón me late demasiado rápido, no de forma continua, sino por momentos, como en ráfagas. Siento punzadas entre las costillas, a veces bastante intensas. Me duelen el cuello y la cabeza. Los nervios me zumban y vibran, y siento descargas eléctricas en las extremidades. Me rugen las tripas y tengo el ritmo intestinal alterado. Algunos de estos síntomas son achaques antiguos que han ido a más. Imagino que tengo un tumor como el que le encontraron a Paul en el pulmón y que moriré pronto. Llevo la fantasía más allá. Quizá el cáncer espejo es un fenómeno médico anómalo que escapa al ámbito de la ciencia convencional, uno de esos casos atípicos que se descartan de los llamados datos limpios.

Me alegro de poder seguir riéndome de mí misma. Aun así, los hipocondriacos también mueren de enfermedades.

Duermo con somníferos.

Tomo un papel o un objeto que requiere atención y luego veo otro que me atrae la mirada. Dejo el primero y, horas después, sigue allí, víctima inanimada de un gesto inconcluso. En la mesa roja del comedor hay un montón de cartas y tarjetas de pésame sin abrir. No me veo capaz de hacerlo. Hoy no. Esperaré. Mañana.

Llega mañana. Abro las cartas, pero no siempre entiendo lo que leo. Los mensajes breves y amables son los mejores. También hay largas cartas de varias páginas escritas a mano de personas que no conozco. Paul debía de formar parte de ellas en algún sentido, pero no siempre consigo averiguar de qué modo. Me siento a escribir la palabra mañana en mi lista de tareas pendientes. Cuando bajo la vista, veo que he escrito ayer. Pienso en el comentario de Freud sobre los opuestos en los sueños. En el mundo de los sueños, tu amigo más alto puede encogerse hasta adquirir el tamaño de un insecto. Mi vida actual tiene cierta cualidad onírica.

Me meto en una bañera a medio llenar y me doy cuenta de que me he dejado los calcetines puestos.

LA FICHA

  • Título: Historias de fantasmas
  • Autora: Siri Hustvedt
  • Género: Narrativa
  • Editorial: Seix Barral
  • Páginas: 384

14 de mayo. La viuda necesita terapia. Voy a ver a una psiquiatra psicoanalista muy recomendada por una persona en la que confío. No es una necesidad nueva para mí. Estuve once años en psicoterapia psicoanalítica. Me liberó. La pandemia nos llevó a la doctora C. y a mí a hacer las sesiones por Zoom, y en la primavera de 2021, cuando empezaba a disminuir la potencia del virus mortal que circulaba en el ambiente, el tratamiento llegó a su fin. Planeamos una última sesión presencial de despedida en otoño, pero nunca se produjo. El 1 de octubre, la doctora C. murió de forma repentina e inesperada a los setenta y un años, de un ataque al corazón. La conmoción por su muerte fue la primera de las muchas que seguirían. Si ella todavía estuviera viva, ahora estaría yendo a su consulta. Como Paul no podía salir de casa al final de su vida y yo no me atrevía a dejarlo solo, andar se convirtió en un lujo. Decido tomármelo con mucha calma e ir en metro hasta el Upper West Side.

Por razones que no entiendo, parece que he tomado la ruta equivocada hacia Grand Army Plaza. Reconozco el arco y las estatuas, la rotonda rodeada de tráfico, la biblioteca al otro lado, pero no encuentro la estación. Llevo muchos años cogiendo este metro. ¿Qué me ha pasado? Les pido indicaciones a tres transeúntes, pero, como moradores del sueño, ninguno sabe decirme dónde está la línea 2/3. Miro la hora. Puede que llegue tarde a mi primera cita con la eminente psicoanalista. ¿Estoy oficialmente senil? Pido un Uber y llego a Central Park West con la calle Ochenta y nueve justo a la hora de empezar la sesión.

Cubierta de 'Historias de fantasmas'.

Los días que siguieron al funeral íntimo que celebramos junto a la tumba de Paul el 3 de mayo, en el cementerio de Green-Wood, me dio por ordenar, tirar y fregar. Cuando estoy preocupada o ansiosa, a menudo me pongo a limpiar. Dejo mi pequeño mundo en perfecto orden. Al quitar el polvo, las pelusas y la suciedad ejerzo cierto control. No iba a ser una de esas viudas que dejan la ropa de su marido en el armario durante meses o incluso años. Un hombre muerto no necesita camisas, llaves ni crema de afeitar. Un muerto no puede ponerse enfermo. No toma pastillas.

En la gran bolsa de plástico transparente de una funda nórdica nueva acabaron todos los medicamentos que guardaba en el armario de la ropa blanca, detrás de un montón de sábanas. Fue lo primero que tiré. Ampollas de dexametasona, prednisona, meloxicam, mirtazapina, tabletas de sodio y magnesio, levotiroxina, oxicodona, tamsulosina, trimetoprima con sulfametoxazol, sucralfato, famotidina, gabapentina. Unos cuantos parches de fentanilo. Hidrocortisona en cápsulas de 5, 10 y 15 miligramos. Una jeringa y una ampolla de cristal para inyectar el mismo esteroide en caso de crisis endocrina, además de blísteres de Zofran, frascos de sucralfato líquido y lactulosa. Esto es lo que recuerdo. Seguramente había otros medicamentos que se habían ido acumulando a lo largo del año y medio de tratamiento contra el cáncer de Paul, medicamentos recetados, suspendidos y, a veces, recetados de nuevo, dependiendo de la urgencia del momento. Hubo muchas emergencias. Guardé un par de tablas que había confeccionado para llevar el control de las tomas diarias de los medicamentos de Paul, con el nombre del fármaco, para qué servía, y una, dos, tres o cuatro líneas que llenaba a mano: 7.46, 12.00, 16.35.

Sabía que los medicamentos no usados no debían tirarse a la basura ni por el fregadero o el inodoro, y la bolsa fue aumentando de tamaño hasta que, al final, era difícil cerrarla herméticamente. Después del funeral de Paul, mi hermana Asti la cogió y la llevó a una farmacia de su barrio, donde se encargan de gestionar esos medicamentos. No sé qué hacen con ellos, y yo, que suelo sentir curiosidad por todo, no tengo interés en saberlo.

La autora Siri Hustvedt.

Algunas de esas pastillas evitaron que Paul se muriera antes. Otras contribuyeron a que se encontrara mejor. También hubo algunas que agravaron su estado. Cuando le di la bolsa a Asti, el alivio que sentí fue aún mayor del que había imaginado. Odiaba esa bolsa. Si me hubiera visto con fuerzas de colocar en hilera todos esos pequeños frascos y ampollas, podrían haber servido como un registro temporal y tangible de la enfermedad hasta la muerte. Pero ver los números de las recetas, las fechas, los nombres de los medicamentos, a veces difíciles de pronunciar, y las instrucciones y advertencias escritas en los frascos no solo me gritaba que el tratamiento había fracasado; también me recordaba mi propio estado de pánico contenido que fluctuó durante muchos meses. Le administré los medicamentos correctos, aunque algunas veces se los llevé tarde. Estuve sentada a su lado durante las sesiones de tratamiento intravenoso de cuatro y cinco horas. Estuve sentada a su lado en Urgencias y junto a su cama día tras día mientras estuvo hospitalizado. Gestioné el portal para pacientes del Memorial Sloan Kettering y periódicamente realizaba consultas a los médicos y enfermeras. Leí innumerables artículos médicos sobre el cáncer de pulmón no microcítico y su tratamiento, lo que me ayudó a hacer preguntas razonables a los médicos. Sin embargo, mi competencia y fortaleza aparentes ocultaban el hecho de que vivía con miedo. Tenía miedo de equivocarme de pastillas o de no reconocer algún síntoma de una emergencia inminente, pero, sobre todo, tenía miedo de lo que no podía controlar: su muerte.

Tras su muerte, el sufrimiento de Paul y mi vigilancia dejaron de tener sentido, al igual que los tratamientos contra el cáncer y los que intentaban paliar sus grotescas consecuencias. Los «efectos adversos» del fármaco

de inmunoterapia, nivolumab, un inhibidor de puntos de control inmunitario, acabaron con su vida antes de que el cáncer tuviera la oportunidad de hacerlo. El nivolumab no estaba en la bolsa. Se administraba mediante infusión intravenosa, junto con los fármacos de quimioterapia carboplatino y paclitaxel. Entregarle esa bolsa a mi hermana no me liberó de los recuerdos, pero sí de enfrentarme una y otra vez a la evidencia tangible de lo que Paul había soportado y yo había presenciado.

De sus vaqueros, camisetas, zapatos, cinturones, calcetines, jerséis, su único traje (que rara vez se ponía), un esmoquin y abrigos ya casi no queda nada; se han repartido entre familiares o se han donado a organizaciones benéficas. En el armario de entrada sigue colgada la cazadora de cuero con forro de borreguillo que se compró en Argentina hace años (él habría sabido el año exacto) y que no se quitaba de encima. Tengo intención de ponérmela cuando vuelva el frío. Quiero envolverme en este recuerdo de mi ser amado mientras se conserve entera. Cuando la vi en una de mis visitas al armario, la descolgué de la percha y hundí la cara en el borreguillo. Esperaba inhalarlo en su ausencia, pero solo encontré olor a humedad y cuero, no quedaba rastro humano. 

Sobre la autora

Siri Hustvedt nació en Minnesota en 1955. Licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Columbia, es una aclamada autora de novelas y ensayos: Leer para ti, Los ojos vendados, El hechizo de Lily Dahl, En lontananza, Todo cuanto amé, Una súplica para Eros, Los misterios del rectángulo, Elegía para un americano, La mujer temblorosa o la historia de mis nervios, Ocho viajes con Simbad: palabra e imagen, El verano sin hombres, Vivir, pensar, mirar, El mundo deslumbrante, La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, Los espejismos de la certeza, y Madres, padres y demás. Ha recibido el Premio Princesa de Asturias de las Letras en 2019 y y el Gabarron International Award de pensamiento y humanidades en 2012.