Eduardo Mendoza nació en Barcelona en 1943. Ha publicado numerosas novelas, entre ellas: La verdad sobre el caso Savolta (1975), El misterio de la cripta embrujada (1979) La ciudad de los prodigios (1986), Sin noticias de Gurb (1991), Una comedia ligera (1996), La aventura del tocador de señoras (2001), Mauricio o las elecciones primarias (2006), El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008), El secreto de la modelo extraviada (2015); Riña de gatos. Madrid 1936, y Tres enigmas para la Organización (2024), además de libros de relatos y ensayos.
Ha recibido el Premio Cervantes 2016, el Premio Liber, el Premio Nacional de Cultura de la Generalitat de Cataluña, el Premio Franz Kafka, el Premio Internacional de Novela Histórica Barcino y el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2025.
Ahora vuelve a las librerías con su nuevo título: La intriga del funeral inconveniente.
'La intriga del funeral inconveniente’
R.V. Barcelona. Ayer tuvo lugar el sepelio de un fulano que apareció asesinado anteayer en su miserable domicilio. El acto tuvo lugar, como queda dicho, en el tanatorio de Sants. Dicho tanatorio dispone de salas de velorio y de dos capillas amplias y muy bien puestas, pero en esta ocasión, dado el bajo nivel económico y moral del interfecto, la ceremonia se celebró en un rincón del parking.
Entre los asistentes al mencionado acto se encontraba la hermana del difunto, la cual guardó una actitud compungida hasta que apareció en su móvil un mensaje del supermercado que decía: «Se acabó la hambruna: dos lechugas por el precio de una», momento en el que abandonó precipitadamente el lugar. También estuvo presente un policía jubilado, toda vez que el difunto, en su juventud, había prestado servicios a dicho cuerpo de seguridad y, más tarde y por cuenta propia, había intervenido en la resolución de algún caso. Fue este asistente el único que tomó la palabra para expresar escuetamente el sentir general con la frase: «Se veía venir». A continuación, el empleado del tanatorio masculló: «Descanse en paz», y de este modo puso fin al sencillo funeral. En el susodicho lugar se encontraba también un individuo enfundado en una gabardina larga, con las solapas subidas, sombrero de ala ancha y gafas de sol. Antes de que diera comienzo el acto, el citado individuo se acercó al empleado del tanatorio y le pidió ver por última vez al difunto, alegando que lo conocía de antiguo, a lo que el ya citado funcionario respondió con cajas destempladas que, una vez cerrada la caja, valga la redundancia, ya no se podía volver a abrir sin una orden judicial. Sin replicar, el individuo se retiró y permaneció un rato en un rincón; luego se fue procurando deambular por las partes más oscuras del recinto.
Capítulo uno
Convocado de urgencia por WhatsApp, por interfono y a grito pelado al despacho del director, Ramoncito Valenzuela fue recibido en el lugar de la convocatoria por dos hombres de similar edad y porte, que competían entre sí en mostrar el semblante más adusto. Azorado, el joven aspirante a reportero habría deseado dirigirse al director del periódico por su nombre, pero, a causa de los nervios, sólo recordaba el apodo que corría por la redacción a espaldas del interesado: don Pufo Colorado. De modo que guardó un respetuoso silencio.
—No te quedes ahí —le dijo don Pufo Colorado—.
Entra, cierra la puerta y contesta a lo que te pregunte este señor.
El otro hombre se rascó el mentón mal afeitado, arrugó el entrecejo, carraspeó y se presentó a sí mismo.
—Inspector Aguado. Lo digo por si te suena mi nombre y lo que implica tomarme el pelo. ¿Estamos?
—Sí, señor —dijo Ramoncito Valenzuela.
—Tú escribiste este suelto —afirmó el inspector señalando un periódico abierto sobre la mesa del director.
—Sí, señor —reconoció Ramoncito Valenzuela.
—Entonces podrás responder a una pregunta muy sencilla —continuó el inspector—: ¿Cuánta gente había en ese funeral?
—Tres, según pude constatar —respondió Ramoncito Valenzuela.
—¡Buen periodista estás tú hecho! —exclamó el inspector Aguado con una carcajada seca y muy poco festiva—. Yo cuento tres asistentes al funeral, más el empleado del tanatorio, cuatro; más el difunto, cinco; y tú, seis. ¿Cómo lo ves?
—Tiene usted razón —dijo Ramoncito Valenzuela—.
Sin duda cometí un error al no distinguir entre asistentes y presentes.
—A mí eso me importa un bledo —dijo el inspector—.
Si has cometido un error, el director te ajustará las cuentas. Yo lo que quiero saber es el nombre de los asistentes, o de los presentes, o de como los quieras llamar en tu jerga periodística.
Nombre, profesión y domicilio. Todos menos el tuyo. Ése ya me le tengo sabido.
—No le puedo contestar a eso, inspector —dijo Ramoncito Valenzuela mirando de reojo al director del periódico, por si llegaba alguna ayuda de su parte—. Yo me limité a cubrir el acto, como me habían dicho que hiciera.
—Pues has armado una buena —masculló el inspector.
Y sin decir más, salió del despacho dando un portazo. Al quedarse a solas con el director, Ramoncito Valenzuela dijo:
—Lo siento mucho.
—Tienes motivo —replicó don Pufo Colorado—.
Como puedes suponer, no cubrimos todos los entierros. Te mandé a cubrir ese acto porque alguien dijo que se trataba de un homicidio. Y te mandé a ti porque el muerto era un pobre desgraciado.
La ficha
- Título: ‘La intriga del funeral inconveniente’
- Autor: Eduardo Mendoza
- Género: Novela
- Editorial: Seix Barral
- Páginas: 256
Por lo visto, la intención de la policía era echar tierra al asunto. Ahora tu maldita crónica les ha obligado a investigar y están que trinan. No contra ti, sino contra el periódico. Nuestro deber como periodistas es dar noticias, no plantear incógnitas.
Si donde te mandan ves algo de interés para los lectores, lo cuentas. Si no, te lo callas. Por faltar a la primera norma del periodismo ortodoxo me has metido en un buen lío. Y esa norma dice así: lo que no se sabe, se averigua; y lo que no se puede averiguar, no se escribe.
—Gracias, don Pufo, lo tendré muy en cuenta en el futuro —murmuró Ramoncito Valenzuela.
—No habrá futuro —dijo el director del periódico—, porque estás despedido.
El aspirante a periodista se quedó anonadado.
Había entrado a trabajar hacía dos días y había puesto en su primer trabajo muchas esperanzas y también muchos temores.
Nacido en el seno de una familia de magros recursos y sin hermanos con quienes compartir la responsabilidad, Ramoncito Valenzuela concentraba sobre su insignificante persona unas expectativas por parte de su padre que él estaba muy lejos de poder colmar. Este chico vale un potosí; dentro de nada nos sacará a todos de pobres, decía su padre a quien le quería escuchar. Esta confianza ciega en vez de ser un estímulo era motivo de constante ansiedad para Ramoncito Valenzuela, que carecía de talento, energía y ambición, era una nulidad para los deportes y sólo con grandes esfuerzos conseguía no ser el último de la clase.
Cuando acabó el bachillerato su padre le dijo:
—Ahora irás a la universidad y serás cardiólogo vascular.
—¿Por qué precisamente cardiólogo vascular? —quiso saber Ramoncito Valenzuela.
—Porque hace poco —dijo su padre— se celebró en Barcelona un congreso de cardiología vascular y a la inauguración acudió nada menos que el rey. Y yo me dije: jopé, estos tíos han de ser la polla.
Así que vete preparando para ser cardiólogo vascular.
Como eso suponía hacer la carrera de Medicina, a Ramoncito Valenzuela le venían náuseas sólo de pensarlo, pero no se atrevía a enfrentarse a su padre. Desde pequeño le había oído decir:
—Por darte una buena educación para el día de mañana yo lo he sacrificado todo, hijo mío. Habría podido medrar y ser algo en la vida, pero no lo he sido por ti. También porque soy inepto, holgazán y sinvergüenza, pero sobre todo por ti.
Finalmente decidió plantear el asunto a su madre, que era más ecuánime, más realista y más comprensiva.
La madre de Ramoncito Valenzuela se llamaba Gloria y el padre, Canuto.
—Yo no quiero ser cardiólogo, mamá —le dijo—. Lo he pensado mucho y quiero ser periodista.
Ya sé que la prensa está de baja, pero es lo que a mí me gusta.
Su madre levantó la mirada del calcetín que estaba zurciendo y suspiró.
—Tu padre es buena persona —dijo con más lealtad que convicción—. Habla con él. No te acerques mucho, por si te arrea. Y ten preparado un plan B.
Siguiendo los consejos de su madre, Ramoncito Valenzuela se enfrentó a su padre y le dijo que quería ser periodista. Su padre le tiró un jarrón a la cabeza y luego trató de persuadirle con razonamientos.
—Tú no vales para periodista —le dijo—. Tú vales para cardiólogo vascular. Y punto.
Por suerte, Ramoncito Valenzuela había preparado un plan B, como le había dicho su madre que hiciera.
—Déjame probar —sugirió—. Si sale mal, volvemos al punto de partida. La Facultad de Medicina no va a cerrar, siempre estamos a tiempo. Y si demuestro valía, me matriculo en la Escuela de Periodismo.
Un amigo del cole es hijo del director de un periódico. Hemos hablado del tema y su padre me deja hacer una prueba.
El padre de Ramoncito Valenzuela dio su consentimiento, Ramoncito Valenzuela fue a la redacción del periódico, le encargaron una crónica, lo hizo fatal, como hemos visto, y el director del periódico lo puso en la calle. Ramoncito Valenzuela le suplicó que le diera una segunda oportunidad.
—Me arrepiento de haberte dado una primera —dijo el director del periódico—. Vete y no vuelvas.
Ramoncito Valenzuela tenía diecisiete años, las chicas no le hacían mucho caso y se sentía un fracasado. Como no se atrevía a contar a sus padres lo que había pasado, estuvo fingiendo durante dos días que iba a trabajar al periódico cuando, en realidad, deambulaba sin rumbo por las calles, sumido en el desconcierto. Finalmente, al término del segundo día, se le ocurrió una idea salvadora. Si conseguía averiguar la identidad de los asistentes al funeral, incluida la identidad del muerto y de quien lo había matado, y poner esa información a disposición del dueño del periódico para que éste, a su vez, se la pudiera restregar por la cara al inspector de policía, demostraría ser un buen periodista de investigación y sin duda le readmitirían en el equipo de redacción. Incluso podían ofrecerle un puesto fijo en la plantilla y costearle los estudios.
Para poner en práctica su plan, decidió abordar al empleado del tanatorio que había oficiado las exequias, entre otras cosas, porque era el único al que sabía dónde localizar. De buena mañana se personó en el tanatorio y fue de sala en sala y de capilla en capilla, repartiendo saludos y expresando condolencias, hasta dar con el hombre que buscaba.
Aprovechando una pausa entre dos funerales, se le acercó y le dijo que era periodista, que estaba haciendo un reportaje sobre los tanatorios de Barcelona y que, si a él no le importaba, le gustaría hacerle unas preguntas. Mientras hablaba, se daba cuenta de lo inverosímil de su alocución: nadie podía creer que fuera periodista y menos aún que se le hubiera encomendado un reportaje como aquél. Sin embargo, para su sorpresa, el empleado del tanatorio no sólo accedió de inmediato a ser entrevistado, sino que le citó para más tarde, cuando él terminase su jornada laboral, con objeto de disponer de un tiempo ilimitado.
—Venga a mi casa —le dijo tendiéndole una tarjeta de visita—. Allí podremos hablar sin que nadie nos importune.
Ramoncito Valenzuela se alegró tanto del éxito de su gestión, que no se paró a pensar si podía haber un propósito oculto tras la buena disposición de su interlocutor.