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Cuando Bilbao perdió la libertad

El sacrificio de centenares de gudaris en el monte Artxanda no impidió que el 19 de junio de 1937 la villa fuera conquistada por las tropas golpistas de Franco, cuya superioridad aérea resultaba abrumadora

Cuando Bilbao perdió la libertad

UnO de los principales rasgos que distinguieron al primer Gobierno vasco, presidido por José Antonio de Agirre, fue su clara determinación por humanizar el conflicto en cuyo contexto había nacido: la Guerra Civil española. En una situación y un tiempo en los que el desarrollo del odio fue exponencial, más a medida que se practicaban y conocían los delitos contra la Humanidad cometidos por parte del enemigo, el Gobierno vasco luchó siempre por civilizar la guerra. Una tarea cuya extraordinaria dificultad, en una guerra sin cuartel, nunca llegó a desanimar a sus componentes. Civilizar la guerra procurando proteger a los prisioneros del bando contrario, en tan difíciles circunstancias que la única solución que finalmente se veía posible era su canje por personas apresadas por los rebeldes. Labor de canjes a la que se dedicaron muchos esfuerzos tanto por parte del Gobierno vasco como por el ministro de Justicia del Gobierno republicano, el nacionalista vasco Manuel de Irujo, con muy pobres resultados, especialmente por la falta de sensibilidad, en este y otros sentidos, de los dirigentes de los sublevados.

Humanizar el conflicto intentando salvar a los más débiles, ancianos, mujeres y, especialmente, niños, evacuándolos fuera del país a otros destinos europeos donde pudieran refugiarse. Más de 30.000 niños escaparon así, con grandes dificultades, de los horrores de la guerra, rompiendo el bloqueo naval que la marina de guerra fascista imponía, gracias a complicadas gestiones internacionales y al valor de los gudaris de la Marina Auxiliar vasca. Luchar no sólo por el presente sino también por un futuro que muchos no podían concebir tras una derrota, evitando la destrucción total del País Vasco, de sus industrias, de sus pueblos y ciudades y de sus habitantes.

Los rebeldes aprovecharon su superioridad de medios militares, en el mayor acto de terrorismo que se ha conocido en nuestra Historia, para conminar a la rendición de los vascos con la amenaza de la destrucción completa de Bizkaia.

Los aviones pilotados por fascistas alemanes e italianos arrojaron octavillas firmadas por el general sublevado Emilio Mola, en euskera y castellano, para que todos las entendieran y se difundiera más ampliamente el terror. En ellas se leía: "He decidido terminar rápidamente la guerra en el norte. Se respetarán las vidas y haciendas de los que rindan sus armas y no sean culpables de asesinatos. Pero si la rendición no es inmediata, arrasaré Vizcaya hasta sus cimientos, comenzando por sus industrias de guerra. Dispongo de medios para hacerlo".

Tras la amenaza, vino la cruel demostración. El bombardeo aéreo de Durango, los días 31 de marzo y 2 y 4 de abril de 1937, supuso la muerte de 336 personas y heridas a 234 más. Lo peor, desgraciadamente, estaba aún por llegar. Gernika resultaría completamente destruida el 26 de abril por los mismos pilotos alemanes e italianos que habían amenazado con octavillas arrasar Bizkaia hasta sus cimientos. Por una vez, no mintieron. Hasta sus cimientos destruyeron las casas de Gernika. Arrojando primero bombas de fragmentación que destruyeron sus tejados, y luego bombas incendiarias que cayeron por los huecos producidos por las explosiones de las anteriores, iniciando incendios desde las bases de los edificios. Toda Gernika ardió aquel lunes en que estaba abarrotada por ser día de mercado. Los que intentaban escapar de la villa eran acribillados por los aviones de caza que acompañaban a los bombarderos. El trágico resultado final de la demostración de fuerza de los sublevados en Gernika, según una estadística de víctimas de bombardeos aéreos realizada a principios de junio por el Gobierno vasco, fue de 1.654 muertos y 889 heridos.

y TRAS GERNIKA, BILBAO Y, ¿después de Gernika? ¿Era posible más horror? Todas las miradas se dirigían aterradas ahora a Bilbao, para cuya defensa se confiaba en una red de fortificaciones conocida como el cinturón de hierro. La ruptura de estas defensas trajo, finalmente, la guerra hasta Bilbao, ocupando los rebeldes los montes que circundan el bocho. Se hizo un desesperado intento por recuperar estas posiciones, sin las cuales la ciudad resultaba indefendible. Fue un sacrificio final de los gudaris para dar tiempo a la evacuación y poder salvar la vida de civiles indefensos.

La abrumadora superioridad del enemigo en artillería y aviación hacía que las posiciones que ocupaban de día con su apoyo, de noche, cuando este armamento no era operativo, pudieran ser recuperadas por los gudaris. Algo semejante a lo que, a otra escala, le sucedería al ejército japonés en su lucha contra los aliados en el Pacífico durante la II Guerra Mundial. La carencia de material se suplía así, al amparo de la noche, por el valor y el heroísmo.

Se sorteó entre los batallones del Ejército vasco a cuáles se les pediría este esfuerzo final de contención del avance enemigo. Itxarkundia, Itxasalde y Kirikiño fueron los elegidos. El corresponsal del periódico británico Times, George L. Steer, glosó así este momento:

"Al caer la noche entre el humo, las llamas y el incesante fragor del combate, tres batallones que eran la flor de la infantería nacionalista vasca fueron enviados allá arriba para un esfuerzo final, el Kirikiño, el Itxasalde y el Itxarkundia. En la historia del sacrificio de la sangre humana en aras de la Democracia, sus nombres vivirán para siempre. Mientras el laurel brote de la tierra generosa habrá hojas con que coronar su memoria. ¡Héroes, salud!".

Los gudaris que perdieron la vida en esta última batalla en el monte Artxanda otorgaron a cambio de ella algunas horas de plazo para realizar la evacuación de los civiles de Bilbao. Incluso propiciaron que se pudiera liberar a sus enemigos derechistas capturados, más de mil, salvando su vida en estos difíciles momentos de vacío de poder. Los gudaris a los que se confió la custodia y entrega de los presos facciosos a los soldados sublevados que entraron en Bilbao pudieron cumplir su difícil misión a costa tan solo de su propia libertad, que en muchos casos culminaría con penas de muerte.

Gracias a estos sacrificios, Bilbao no fue destruida. Únicamente lo fueron sus puentes, para dificultar en lo posible el avance enemigo. La mayoría de los refugiados pudieron escapar. Hasta 150.000 llegaron a ser los vascos que tuvieron que marchar al exilio. Pero comenzaba la peor época que jamás Bilbao hubiera conocido.

el alcalde, inequívoco Por si alguien albergaba alguna duda, basándose en la conducta humanitaria y civilizada con la que el Gobierno vasco había permitido su ocupación, José María de Areilza, falangista que los rebeldes designaron para suplantar al alcalde de Bilbao elegido democráticamente, Ernesto Erkoreka, pronunció el siguiente discurso:

"Que quede esto bien claro: Bilbao conquistado por las armas. Nada de pactos y agradecimientos póstumos. Ley de guerra, dura, viril, inexorable. Ha habido, ¡vaya que ha habido!, vencedores y vencidos. Ha triunfado la España, una, grande y libre, es decir, la España de la Falange Tradicionalista. Ha caído vencida, aniquilada para siempre, esa horrible pesadilla siniestra y atroz que se llamaba Euzkadi (…)".

La auténtica "pesadilla siniestra y atroz" comenzó en Bilbao aquel 19 de junio de 1937, fecha que desde entonces, durante las larguísimas décadas de la dictadura franquista, fue celebrada por los ocupantes como el Día de la Liberación.

Bilbao conoció durante aquella dictadura sus años más tristes y oscuros. No sólo por la ausencia de libertades y de respeto de los derechos humanos individuales y colectivos, sino también por el forzado exilio o silencio de tantos de sus hijos, lo que supuso su época más estéril y yerma, en todos los órdenes de la vida.

Mañana que se cumplen 73 años de aquel acontecimiento merece la pena que nos detengamos un momento para recordar. Quizás desde el mismo monte Artxanda, contemplando el Bilbao que tenemos hoy. Junto al monumento dedicado a aquellos gudaris. Para agradecerles que con su actitud heroica, aquel 19 de junio de 1937, en tan trágicas circunstancias y a costa de perderlo todo, permitieran que Bilbao no fuera un nuevo escenario de masacres, y evitaran que resultara totalmente destruida.

Ojalá fuera verdad, como dijera Manuel de la Sota, soñando esperanzado con el retorno de la libertad en 1945, al final de una II Guerra Mundial que nunca terminó en nuestro país al mantenerse la dictadura franquista: "...que el premio de la inmortalidad se otorga a los hombres que mueren para que los pueblos vivan."