Tribuna abierta

En la nueva década

23.01.2020 | 06:22

EN esta tercera década del siglo XXI que comienza observamos que a las alarmas activadas con la crisis financiera de 2008 y la Gran Recesión que ocasionó (y que llevaron a algunos líderes a hablar -no muy en serio- de una "refundación del capitalismo") se han añadido otros escenarios: la preocupación ecológica, un apogeo del movimiento feminista, una mayor conciencia acerca de los riesgos inherentes al desarrollo científico y tecnológico y, sobre todo, la grave erosión de la democracia por efecto, inter alia, de la racionalidad neoliberal.

Hace once años este periódico publicó mi artículo ¿El siglo asiático? en el que trataba de explicar brevemente los contornos de un nuevo orden mundial dominado por las relaciones entre Estados Unidos y China. Vemos hoy que efectivamente se ha materializado esta bipolaridad, cuyo principal eje de confrontación, aparte de las guerras comerciales, es la guerra fría geotecnológica, un escenario que la Unión Europea tan solo puede observar como espectadora, muy a su pesar.

Post-hiperglobalización En efecto, el ascenso de la geoeconomía y la geotecnología han puesto fin a la hiperglobalización y a las ideas de que el mundo es "plano" (Friedmann) y "sin fronteras" (Ohmae). Se han ido añadiendo variables a la tesis fuerte de la globalización (el impacto unilinear y no mediado de fuerzas globales en contextos dispares) para mostrar que lo que ocurre realmente son procesos complejos, simultáneos y de geometría variable.

Procesos no solamente económicos, sino también sociopolíticos, culturales, y de percepción (condicionante del comportamiento individual y colectivo) que interaccionan para producir un resultado incierto, carente de equilibrio, en modo alguno lineal o irreversible.

Regionalización supranacional, formación de bloques comerciales, inclusión y exclusión simultáneas de regiones y países, concentración (de los procesos de innovación y toma de decisiones en CBDs y megarregiones) y dispersión (por la acción del comercio y las tecnologías de la información) de la actividad económica, ascenso de la geoeconomía, de los criterios de seguridad nacional, el temor extendido de los perdedores de la hiperglobalización y, finalmente, la desconfianza hacia el multilateralismo (en un contexto multipolar), los fracasos y crisis del mercado, el auge del autoritarismo y del proteccionismo. Todo ello ha ido configurando, desde la Gran Recesión de 2008, un alejamiento de la hiperglobalización y la percepción de que se ha frenado, hasta casi detenerse, el proceso de intercambio e integración globales. Los principales indicadores así lo muestran.

Internacionalismo liberal Vivimos, por otra parte, en tiempos de graves amenazas a los fundamentos del sistema democrático liberal: el ascenso de los populismos, los riesgos de ser gobernados por criterios algorítmicos decididos por élites no sujetas a controles democráticos, el constante ascenso de la dictadura China, el declive relativo de Estados Unidos, la crisis institucional y de identidad de la Unión Europea, la actitud agresiva de los dirigentes rusos contra los valores y prácticas occidentales.

No menos importante es la amenaza a la democracia que supone el neoliberalismo, no ya como régimen económico sino fundamentalmente como forma de racionalidad y ethos normativo. El gran triunfo ideológico del neoliberalismo es, precisamente, haber conseguido socavar la democracia al imponer su racionalidad económica en las prácticas políticas, sociales y culturales de aquella.

El malestar civilizatorio que experimenta Occidente no solamente se debe a su declive económico a medida que se asienta la traslación tectónica del centro de gravedad de la economía mundial a Asia. Se debe también, y fundamentalmente, a los graves daños que el neoliberalismo sigue ocasionando a los principios democráticos.

Feminismo y ecología Por otra parte, el movimiento feminista, profundamente revolucionario, ha eclosionado recientemente para ocupar espacios nuevos de reivindicación e influencia. Es deseable que consiga una modificación sustancial de las estructuras patriarcales seculares, salvando los riesgos ciertos de caer en excesos y fundamentalismos que los propios feministas, mujeres pero también hombres, deberían evitar. Pienso que estos temas (feminismo, geoeconomía, crisis del internacionalismo liberal y ecología, además de los riesgos de la ciencia y la tecnología) son de suficiente calibre como para ir definiendo el devenir mundial en esta década que comienza.

Respecto al cambio climático y la crisis ecológica, es bueno que haya voces disidentes y las hay, algunas de mucho prestigio, como la de Freeman Dyson, entre otros. Pero incluso atendiendo a la disidencia, creo que sería imprudente simplemente no hacer nada ante hechos objetivos como el calentamiento, la pérdida de biodiversidad, los deshielos masivos, las desertizaciones, el aumento del nivel de los océanos... La tarea, que ha de trascender nuestras adscripciones localistas, quizá pueda ser el catalizador de un nuevo cosmopolitanismo.

Pero la coordinación global en torno a este tema y a los demás retos mencionados con el fin de producir resultados no es ni va a ser fácil. Al contrario, lo que se observa es un escenario fragmentado y de retroceso en refugios identitarios, en el nivel personal y en el nivel político, que en muchos casos lo son también de proximidad espacial o geográfica.

Las conexiones transnacionales posibilitadas por Internet tienen sentido en ámbitos profesionales, aún teniendo en cuenta el crecimiento exponencial en la necesidad de ciberseguridad, pero no así en el ámbito de la experiencia humana, que no busca necesariamente una racionalidad instrumental sino vínculos interpersonales significativos.

En una situación que el recientemente fallecido Paul Virilio denominaba de "superexposición", muchas personas quieren evitar sentirse vulnerables y tratan así de recuperar la privacidad que no es posible en las redes sociales.

La ciencia y algunas de sus aplicaciones, la biotecnología y la robótica en particular, nos están colocando frente al dilema de la edición genética de humanos a gran escala, que ya comienza a posibilitar el CRISPR y la inteligencia artificial.

El proyecto humanista Puesto que el progreso científico y tecnológico es imparable, el camino a seguir para evitar escenarios distópicos (el del Homo Deus de Y. N. Harari se ha hecho popular) es el de reforzar una perspectiva humanista que lo dote de fundamento y sentido: una visión factible de las normas de la biociencia con fines humanos. Ello requiere claros posicionamientos éticos para poder juzgar y tomar decisiones aceptables.

La ética, debe recordarse, solo puede surgir y desarrollarse si se dan condiciones apropiadas para la deliberación pública entre participantes diversos, algo que ya sabían los filósofos griegos y que recientemente nos viene recordando otro gran filósofo, Michael Sandel.

Por ello, me atrevo a sugerir que el principal problema raíz que define los demás a los que nos enfrentamos como especie es el deterioro de las prácticas de la democracia.

Y, con él, los riesgos que amenazan gravemente a nuestra convivencia como especie y a la posibilidad de ejercer nuestras libertades cívicas, incluida nuestra capacidad para juzgar con la sabiduría y virtud práctica que el viejo Aristóteles llamaba phronesis.

Comprender la complejidad y la incertidumbre para sobrevivir en ellas, sin esperar un retorno a un "nuevo orden", quizá resulte una tarea prioritaria. Al mismo tiempo, habrá que hacer esforzadamente una revolución del comportamiento y de la voluntad, de la educación y de la política.

El proyecto humanista, con sus fallas y decepciones, es posiblemente el único capaz de hacer avanzar nuestra estructura de sentimientos morales, apenas diferente ahora de la de hace milenios a pesar del progreso material y científico de que la humanidad ha sido capaz en ese largo periodo.

No es prudente dejar de educarnos en el ágora ni dejar de cultivar de forma prioritaria la capacidad de cooperación, de identificación con el diferente y la empatía con el sufrimiento humano como atributos primarios de nuestra conciencia y nuestras acciones. He aquí una tarea valiosa para la década que comienza, en especial para los jóvenes del mundo.

* US Fulbright Award Recipient; Doctor New School for Social Research Nueva York y Univ. Autónoma Madrid