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"¡Temblad tiranos!"

UN escalofrío ha recorrido la espina dorsal de todos los dictadores del Magreb, Ifriqía y de la Península Arábiga. Dos de ellos ya han huido. Gadafi no está acabado y sofoca los levantamientos de los insurrectos libios a sangre y fuego. Las numerosas manifestaciones de protesta a pesar de la censura, los toques de queda y la represión policial, que se saldaron con decenas de muertos y centenares de heridos, y que obligaron a huir a los presidentes Ben Ali y Mubarak; forzaron al rey AbdalaII a cambiar el Gobierno de Jordania, sin duda, están haciendo temblar a sus tiranos vecinos, lógicamente temerosos y preocupados con el imparable contagio que se está produciendo.

Es preocupante (por dudosa) la actitud de nuestros líderes ante estos hechos. Nuestro evidente egoísmo eurocéntrico y nuestra indiferente o irreflexiva actitud que, junto a una vergonzosa hipocresía, oculta tras el deshonroso manto del silencio, han sido los mejores cómplices de los tiranos. Todo, amparado bajo la falsa coartada de contener al integrismo religioso o el imparable avance de los islamistas y de mantener la estabilidad en la zona. Prueba de ello es la cara de circunstancias que se les ha quedado y lo que han tardado en reaccionar. Por lo visto, no han recibido con alegría y entusiasmo la sublevación popular de nuestros vecinos del sur. La guerra civil se ha desatado en Libia y los disturbios se han dado en Egipto y Túnez con virulencia. Aunque en menor medida, el descontento se hace notar en las calles de Argelia, Yemen, Bahrein y Jordania; también en los hogares y las calles de Marruecos, donde ya ha habido muertos y donde se reprimen las manifestaciones. Toda la zona se está calentando y convierte en un inquietante y cercano polvorín para nosotros, los hasta ahora sosegados europeos, que, negligente o desinteresadamente, no hemos hecho nada por evitarlo, sumergidos en un cómodo e insensato exceso de confianza.

La impactante e inesperada revuelta popular ante los sistemas dictatoriales, gerontocráticos, nepóticos, autoritarios y corruptos, existentes en la orilla meridional del Mediterráneo, era previsible, a pesar de la aparente estabilidad y del forzado estatismo gobernante, ambos incapaces de contener la dinámica e imparable modernidad, que llega con el turismo, la emigración, vía satélite o por internet.

Esta explosión social de rabia es fruto de la hartura y la desesperación acumuladas durante largo tiempo por las empobrecidas y desasistidas masas populares, sumidas en la ignorancia y el desempleo crónico, que no pueden acceder a los productos básicos (alimentos y combustible), cada día más caros. En especial, los impetuosos e impacientes jóvenes, que observan cómo viven los que tienen su misma edad en la otra orilla del Mare Nostrum, geográficamente muy cerca, pero, económica, social, cultural y políticamente muy lejos. Ellos ven cómo viven y se divierten nuestros jóvenes, las libertades que tienen, el dinero y los bienes materiales de que disponen y, al último, se rebelan. Ahora están tomando conciencia de su fuerza cuando actúan unidos. Después de observar el cariz que están tomando los acontecimientos en Libia, Túnez y Egipto, será difícil contenerlos.

La importancia política y geoestratégica de Egipto, como aliado de Occidente, de cara a mantener la estabilidad en la zona, es enorme. Es el país árabe más poblado e influyente de la zona. La inquietud israelí crece por momentos. Están preocupados por el devenir del único aliado que después de la reciente desafección turca les queda en esta región de enorme importancia geoestratégica. El clero y los militares son las únicas organizaciones existentes pues no hay una oposición organizada al igual que ocurre en Túnez.

La tunecina, ha sido la primera rebelión democrática de los países árabes. El primer levantamiento popular contra el tirano. Es cierto que Habib Burguiba, primer presidente del país tras la etapa colonial, asentó las bases de un estado laico y democrático. Su avanzada Constitución defendía la educación en valores democráticos, la igualdad de la mujer, la libertad de culto, de asociación y de expresión. Lamentablemente, fue un corto espejismo, que terminó tras una gran hambruna, causada por un largo periodo de sequía y de una plaga de ratas que derivó en una hambrienta protesta campesina que invadió las calles de la capital tunecina. Su sucesor, Ben Ali (que lo fue gracias a un golpe de Estado), no creía en ella y solo pensó en mantenerse en el poder a la fuerza, con la aquiescencia o la callada general exterior. También el panarabista Naser y su sucesor, Sadat, asesinado por los Hermanos Musulmanes, lo intentaron en Egipto. Después llegó Mubarak.

Para endulzar su merecida imagen despótica cara al exterior, ambos sátrapas intentaron, evidentemente en vano, disimular su manera de proceder en reciprocidad al hipócrita bienquedismo institucional occidental. Pero la autenticidad o la calidad de una Democracia siempre se mide por los procesos y los métodos empleados al ejercerla. No hay democracia sin verdad (mejor, verdades), sin libertades, sin participación ciudadana y sin debate. En estas cuestiones tan esenciales como inexistentes allí, la retórica de sus líderes no casa con la realidad.

En esta zona norteafricana, hasta el momento, no han logrado armonizar o conjugar islam y democracia. Ahora bien, Rachid Ghanuchi, reputado y aclamado líder musulmán tunecino que acaba de regresar de su exilio francés, ha afirmado, con acierto, creo yo, que son compatibles. Ambas precisan de auténtica fe en sus propios dogmas y comparten la defensa de la dignidad humana como principio fundamental. En las teocracias, monarquías o repúblicas, ya sean estados laicos o no, los individuos y sus sociedades son mayoritariamente religiosas, como también ocurre entre la mayoría de las democracias existentes; por lo que, a mi juicio, la religión no es óbice para una convivencia democrática entre ciudadanos respetuosos, más o menos religiosos, sean de la creencia que sean. No obstante, es un interesante debate candente, una controversia pendiente de próxima prueba práctica. Los deterministas históricos más acérrimos defienden que la citada incompatibilidad es una "enfermedad incurable" de los árabes, consecuencia de una absoluta falta de educación cívica y de su particular cosmovisión de pastores nómadas. Individuos de ancestrales e inmutables costumbres, permanentemente influenciados y, a menudo, atosigados por sus arraigadas creencias; sujetos ineludiblemente regidos por la inercia fatalista de su religión y abrumados por el peso de los viejos esquemas de valores y de la tradición.

Las cosas están cambiando bruscamente y las nuevas generaciones que aspiran a una moderna democracia se enfrentan radicalmente al antiguo orden social tradicional aún vigente entre los árabes. Al prestigio y a la preeminencia que siguen teniendo la edad, el linaje, las armas y la santidad. Cuestiones que ya explicó hace ocho siglos, de manera formidable, el historiador, filósofo e inventor de la Sociología, Aben Jaldún, nacido en España y fallecido en Túnez, donde se levanta su estatua.

La actitud de preocupación que adopta la pedestre estatua del sabio musulmán sevillano, mirando con inquietud a Oriente, hacia Libia y Egipto, retirándose con un libro en la mano y con un cierto aire de melancólico retraimiento, era premonitoria de los actuales acontecimientos. Erigida a ras de suelo, contrasta con la imponente estatua ecuestre de Burguiba, en plan caudillo conquistador con el brazo alzado apuntando a Occidente. El gran jefe visionario, mirando optimista hacia el Magreb (Túnez, Argelia y Marruecos); cabalgando seguro y arrogante a lomos de un hermoso caballo anglo-árabe de bronce. Montada sobre un catafalco de piedra labrada, que se alza de espaldas justo enfrente a la del sabio, al otro lado de la gran avenida central de la capital tunecina. El caudillo nacionalista frente (¿o de espaldas?) al sabio humanista. El poder frente (¿o de espaldas?) al vasto conocimiento. Uno afronta optimista el futuro y parece convencido de democratizar el Magreb; el otro mira escéptico hacia Egipto y Libia y parece retirarse resignado pensando: Mektub (Estaba escrito)

En cualquier caso, ya nada será igual; se ha roto con el mito, con la inercia autocrática tradicional, común en una zona, donde no hay tradición democrática. Desde su independencia colonial, y para lograr acceder al poder en estos países, todo han sido golpes de Estado. No obstante, la UE y los EE.UU., aduciendo discutibles razones de Estado han ejercido la real politik, que se traduce en un utilitarismo a ultranza, radicalmente enfrentada a la defensa, la garantía y la promoción de los Derechos Humanos Fundamentales, de los que tanto presumimos. Con prácticas decisiones, moral y éticamente reprobables, hemos apoyado a todos estos auténticos caciques, dotados de grandes estómagos insaciables, demostrados enemigos del pluralismo y de la alternancia en el poder.

Aún siendo una vasta, ardua y complicada tarea, esta puede ser una oportunidad histórica ejemplar para enmendar viejos errores y mostrar la auténtica solidaridad europea con estos pueblos oprimidos. Si hay verdadera voluntad política, podemos aprovechar las actuales circunstancias, para tratar de cambiar el tradicional determinismo histórico autocrático dominante en la zona; forzando y apoyando el ensayo de una gobernanza democrática real. Para ellos, un reto desconocido e incierto; para nosotros, una acción coherente y un deber de justicia.