A nadie le pasó desapercibida la exagerada celebración de los goles que blindaron la victoria de Mendizorrotza. Unas reacciones que delataban la ansiedad acumulada, cómo el temor a complicarse más aún la existencia se había adherido a las camisetas, doblando así el peso que en las malas ejerce portar el escudo en el pecho. Ha quedado claro que estos jugadores no habían experimentado antes esa sensación de salir al campo con un lastre considerable; lo ratificaría la gran cantidad de tardes en que han sucumbido al influjo de la presión.
Puede que al principio hubiese en el grupo un punto de inconsciencia, un no plantearse que les podría pasar a ellos eso de ir coleccionando actuaciones y marcadores comprometedores. Puede que luego, no se sabe en qué fecha, aunque seguramente fueron varias, fuesen cayendo en la cuenta de que se habían metido en una espiral peligrosa y más difícil de corregir. Como ha ocurrido. Y menos mal que el entrenador detectó la dimensión de la crisis con antelación, aunque no le ha servido de mucho. Como se ha visto.
El azar concede una curiosa pista para precisar la dimensión temporal del desinflamiento: los síntomas negativos afloraron frente al mismo adversario que ha permitido al equipo quedar a salvo de cualquier mal. El Athletic se presentó en San Mamés el 13 de septiembre con un pleno de nueve puntos para disputar la cuarta jornada de liga. Cayó por la mínima, un gol de rebote premió al Alavés. Entonces no se le concedió gran relevancia: perder un partido de cuatro era llevadero y además había que concentrarse rápidamente en el Arsenal, primer e ilustre rival de Champions que vino a Bilbao tres días después.
Fecha de la liberación
Ha habido que armarse de paciencia para atravesar un desierto: el 2 de mayo queda grabado como la fecha de la liberación, el día en que el Athletic, ahora con el Alavés en el rol de víctima, un resultado que se le resistía a causa de su impericia y flojera anímica. En mitad de ambos derbis se apelotonan treinta citas de un campeonato al que, por mal comportamiento, los chicos de Ernesto Valverde tienen prohibido adjuntarle el apellido “de la regularidad”. Y conste que de la actuación del sábado lo único objetivamente rescatable se produjo en el último cuarto de hora, cuando el margen para la esperanza era ínfimo. Puede afirmarse que este episodio guarda una fuerte similitud con el 2-3 registrado en la visita a Bérgamo de enero, también allí se machacó al Atalanta en un tramo de quince minutos.
Liquidada la final de Mendizorrotza, sin tiempo para que las pulsaciones recuperen su cadencia habitual, salió a la palestra “Europa”. Los futbolistas que han necesitado ocho meses para alcanzar la meta deportiva básica, esa que ni se menciona pues se da por supuesta, se han apresurado a activar las expectativas en torno a un premio redentor, especialmente para ellos, pero no solo. No cabe duda de que las matemáticas avalan la apuesta y la ausencia de agobios siempre ayuda, pero de crédito (y de fútbol) el equipo va muy justo.
Plaza europea
De sostener en próximas citas su efímera y letal transformación en el apartado rematador las teóricas figuras del plantel, se podría hablar con cierta propiedad de plaza continental, pero… ¿Alguien lleva la cuenta de los puntos de inflexión amagados por el Athletic este año? No es fácil aportar la cifra exacta en un contexto marcado por la decepción reiterada, por lo que conviene mantenerse atentos a lo que vendrá y eludir ilusionarse. Al respecto, apuntar que antes de coger el autobús para regresar a Bilbao, el entrenador evitó pronunciar “Europa”. “Intentar ganar el siguiente”, fue cuanto se estiró. Normal: ostentar su cargo otorga una ventaja en situaciones extraordinarias: se aprende a ser cauto y a no hablar por hablar.