La muerte de una niña de dos años olvidada en un coche en Galicia durante horas vuelve a abrir una de esas preguntas que la sociedad formula siempre desde la incredulidad: ¿cómo se puede olvidar a su hija en el coche? La respuesta resulta tan incómoda como dolorosa: No es la primera vez, ni la última que pasará. Cada vez que ocurre un caso así, la reacción pública oscila entre el horror y la incomprensión. Los expertos llevan años explicando que este tipo de tragedias no suelen responder a la falta de amor o de responsabilidad, sino a un fallo cognitivo asociado al estrés, las rutinas y la sobrecarga mental. Una llamada inesperada, la preocupación laboral. Una noche sin dormir, un cambio de horarios. Basta una pequeña alteración en medio de jornadas cada vez más aceleradas para que el cerebro entre en piloto automático. Eso no reduce el horror de lo sucedido. Ni disminuye tampoco el drama irreparable para una familia condenada a convivir con el peor error imaginable. Pero sí obliga a mirar más allá del juicio inmediato y preguntarnos qué tipo de vida estamos normalizando. Vivimos instalados en la prisa permanente. La mente tiene límites. Y, aunque nos incomode admitirlo, incluso el amor puede quedar sepultado momentáneamente bajo la rutina mecánica. Quizá por eso casos como este provocan tanto miedo. Creo que la reflexión no debería ser únicamente cómo pudo pasar, sino también por qué seguimos viviendo de una manera que hace posible que algo así ocurra.