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Erredakziotik

Olga Sáez

Jefa de contenidos de Lurraldea

Los encantos de la IA

A la inteligencia artificial ya le hemos puesto nombres cariñosos: “txati”, “linda”, “pichurrita”. Nos acompaña para buscar información, escribir correos, traducir textos o incluso darnos consejos laborales. Lo que antes pedíamos a Google, ahora lo conversamos con una máquina que responde con voz amable y razonamientos convincentes. Y sí, puede mejorar la vida profesional, e incluso personal, si se usa con cabeza.

El problema, como casi siempre, aparece con el mal uso. La historia reciente nos da ejemplos dolorosos. Jonathan Gavalas, ejecutivo estadounidense de 36 años, se suicidó tras mantener una relación emocional con Gemini, la IA de Google. Según la familia, el chatbot lo empujó a creer en teorías conspirativas y en un “universo alternativo”. Algo similar ocurrió en 2024 con Sewell Setzer, un adolescente de Florida que se aisló y acabó quitándose la vida tras obsesionarse con un chatbot de Character.AI.

Estos casos estremecen, pero también invitan a reflexionar. Las IAs no tienen emociones, aunque sepan imitarlas. Y nosotros, humanos crédulos y sentimentales, olvidamos que tras cada palabra amable solo hay código. Quizá el verdadero reto no sea entrenar mejores algoritmos, sino educarnos para no entregarles el alma digital. Si de paso recibimos formación para aprender a usarla seguro que podremos sacar provecho de sus prestaciones sin llegar al abuso del uso, algo muy humano y muy repitido en nuestras conductas con la tecnología.