Tengo varias deudas pendientes con Cuba. Una de ellas es no haber podido visitarla en tiempos de un Fidel Castro en plenitud política. La Revolución era entonces una idea potente, capaz de vender ideología y de ofrecer una alternativa creíble al ‘gigante del norte’. Cierto es que la viabilidad del régimen dejó mucho que desear aun antes de la muerte de Fidel. El Estado cubano se ha convertido en una gerontocracia incapaz de ofrecer los servicios mínimos que toda sociedad merece. Y se hablará del bloqueo de EE.UU., pero la gestión socialista de la isla ha conducido a una crisis que, a día de hoy, provoca desasosiego a quienes seguimos su día a día. En las últimas jornadas, la crítica situación provocada por la falta de energía y carburantes se va colando poco a poco en los informativos. Ello me lleva a pensar que el régimen está dando sus pasos finales. Y da coraje que sea Trump y su bloqueo –ilegal e inhumano– el que provoque el final anunciado. Después de tantos años ofreciendo un modelo diferente, Cuba no merece morir de inanición. Los cubanos deben encontrar su propio camino, lejos ya de la parafernalia castrista. El modelo ha fracasado; toca asumirlo y evitar por todos los medios convertirse en otra Venezuela. Aunque las últimas declaraciones del presidente Díaz-Canel no invitan al optimismo, ya no vale solo con empuñar el fusil y volver a cantar los viejos sones de la trova. El equilibrio internacional ha saltado por los aires y Cuba es, ahora mismo, un modelo sin futuro.