Los carteles de las huelgas generales se escriben con el trazo grueso de la indefinición. Es cierto que detrás hay un motivo, incluso varios, pero al final no es lo mismo que una huelga en una empresa o un sector por una demanda laboral concreta o para evitar una chaparrada de despidos.
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Cuando se invita al personal a una huelga general entran en la ecuación varios perfiles.Funcionarios a los que perder un día de salario no les afecta en exceso y trabajadores con un sueldo tan justo que no se lo pueden permitir. Autónomos que pierden un día de facturación y que a veces tienen una pequeña tienda. Y también están los estudiantes, que son capaces de apuntarse a una olimpiada de matemáticas con la asignatura suspendida si eso supone no ir a clase.
Los piquetes generan tensión y destrozan tiendas en la Gran Vía de Bilbao
Día de huelga
La huelga general es tangencial por lo geométrico –toca muchos puntos– y calificativo –no atañe específicamente a nadie–. Con esos parámetros puede ocurrir cualquier cosa. Que un bar de la zona de San Mamés se quede sin pintxos a media mañana después del abordaje de la gente del piquete que informó a los conductores de la huelga con una sentada estratégica en uno de los principales accesos de la ciudad. O que la playa se llene de estudiantes a los que el motivo de la protesta todavía les queda lejos, más o menos en la línea donde se unen el mar y el cielo.
O que surjan preguntas el día después. ¿Cómo miden los sindicatos el éxito de una huelga? ¿Por qué creen que han cumplido el objetivo? ¿Se trataba realmente de conseguir un SMI vasco? ¿Por qué algunos fueron a la gebra borroka?