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Cerrar puertas, abrir ventanas

Bilbao tiene una rara habilidad para mirarse al espejo del agua y, de pronto, descubrir que ha cambiado de rostro. La ría, que durante décadas fue un espejo empañado por el carbón, el hierro y el sudor, se ha ido convirtiendo en una especie de memoria líquida donde la ciudad ensaya su futuro. Ahora le toca el turno a Olabeaga, ese rincón pegado a la ría donde todavía se escucha, si uno presta atención, el eco metálico del tren.

La noticia tiene algo de ceremonia silenciosa. Bilbao Ría 2000 ha decidido poner en marcha, casi al mismo tiempo, dos gestos que se parecen a levantar el telón de un teatro urbano: por un lado, el estudio para retirar las vías del ferrocarril; por otro, el concurso internacional que imaginará el nuevo paisaje. No es algo menor que ambas cosas sucedan a la vez. Como si la ciudad hubiera entendido que para inventar un futuro primero hay que despejar el escenario.

Las vías, durante años, han sido una cicatriz de hierro. El tren atraviesa Olabeaga con la obstinación de una memoria industrial que se resiste a marcharse. Pero las ciudades, como las personas, cambian cuando deciden cerrar ciertas puertas y abrir ventanas hacia el agua. Retirar esos raíles no es sólo una operación técnica: es un acto simbólico. Es decirle al pasado que puede quedarse en las fotografías, pero no necesariamente en el suelo que pisamos.

El concurso internacional, mientras tanto, será una especie de sueño colectivo convocado desde los planos. Arquitectos de distintos lugares dibujarán avenidas, parques, paseos, tal vez algún puente que aún no existe. En esos dibujos habrá inevitablemente algo de utopía, porque todo proyecto urbano empieza siendo una fantasía trazada con lápiz fino. La ciudad luego decide qué parte de ese sueño se vuelve realidad y cuál queda guardada en un cajón de concursos perdidos. Bilbao ya conoce ese mecanismo. Lo aprendió cuando la ría dejó de ser una frontera gris y comenzó a convertirse en un paseo. Cada transformación de la ciudad ha tenido siempre algo de alquimia: convertir el óxido en paisaje, el ruido industrial en rumor de terraza, la sombra de las grúas en líneas elegantes sobre el agua.

Quizá por eso Olabeaga tiene algo de último capítulo de una historia que comenzó hace décadas. Allí todavía resiste una Bilbao más áspera, más ferroviaria, más antigua. Todo cambia antes de que aparezca la primera excavadora.