Hay columnas que nacen como un parte de guerra y otras como una carta lanzada al mar dentro de una botella. La que afirma que Bilbao centra su estrategia en la soledad no deseada de los más jóvenes pertenece a esta segunda estirpe: no trae estadísticas como quien exhibe medallas, sino una melancolía urbana que huele a banco mojado por la lluvia y a pantalla encendida a las tres de la madrugada.
Decir que una ciudad decide combatir la soledad juvenil es casi un oxímoron. Las ciudades, esos animales de cemento, han sido históricamente fábricas de soledades. Desde que el primer adolescente se apoyó en una farola para esperar un mensaje que no llegaba, la modernidad quedó retratada: miles de ventanas iluminadas y, detrás de cada una, un corazón practicando el monólogo. Que ahora el Ayuntamiento quiera ponerle nombre y presupuesto a ese silencio tiene algo de gesto piadoso y algo de confesión tardía.
La soledad ya no es el privilegio romántico del poeta, sino la epidemia silenciosa del muchacho que acumula seguidores pero no abrazos. En ese diagnóstico hay una verdad incómoda: la juventud, que antes era una algarabía de plazas y portales, se ha replegado a la intimidad luminosa del móvil. El viejo banco del parque ha sido sustituido por el scroll infinito. Y, sin embargo, la herida sigue siendo la misma que ayer: la necesidad de que alguien pronuncie nuestro nombre con afecto.
Pero también hay un riesgo de paternalismo, como si la juventud fuese algo frágil que hubiera que proteger del mundo. Conviene recordar que cada generación inventa su propia forma de estar sola. Los jóvenes de hoy no son náufragos absolutos; son equilibristas que cruzan una cuerda floja tendida entre lo virtual y lo tangible. A veces caen, sí, pero también han aprendido a tejer comunidades invisibles que escapan al radar del sociólogo.