La noticia podría leerse como una simple nota administrativa: Bizkaia inyectará 30 millones extra a los municipios del territorio tras un récord de recaudación en la Hacienda foral. Pero hay cifras que no son números, sino estados de ánimo. Treinta millones no es solo una cantidad: es un termómetro moral, una ráfaga de optimismo que atraviesa las plazas, los frontones y los bares donde el café se enfría al ritmo de la conversación.
En el viejo ritual de pagar impuestos hay algo de sacrificio pagano y algo de contrato ilustrado. El contribuyente entrega una parte de su esfuerzo con la secreta esperanza de que ese dinero regrese convertido en acera sin grietas, en ambulatorio sin listas de espera, en escuela con calefacción digna cuando arrecia el viento del Cantábrico. Que la Hacienda foral haya batido récords significa, en teoría, que la maquinaria ha funcionado; pero también que la vida –esa señora imprevisible– ha circulado con suficiente brío como para dejar rastro en las arcas.
Hay quien mirará la cifra con recelo, como si el superávit fuera una tentación barroca. El dinero público tiene la mala fama de diluirse en papeles timbrados y discursos de inauguración. Sin embargo, en los municipios pequeños, treinta millones repartidos con tino pueden ser una revolución silenciosa: una biblioteca que amplía horario, un polideportivo que deja de oler a humedad, una ayuda discreta que impide que una persiana se cierre para siempre. La política local, cuando no se disfraza de épica, suele consistir en cosas tan humildes como que la farola funcione y el autobús pase.
En el fondo, esta inyección extraordinaria habla de una virtud poco celebrada: la buena administración. La Hacienda foral, tan antigua como la propia conciencia fiscal del territorio, no es solo una oficina que suma y resta; es una memoria colectiva que recuerda que la prosperidad, si no se comparte, se pudre. Recaudar más no debería ser un trofeo, sino una responsabilidad añadida. Cada euro que entra con el aplauso de los balances debe salir con la modestia de quien sabe que pertenece a todos.
Conviene, no obstante, desconfiar de la euforia. Los récords son espejismos si no se sostienen en el tiempo. Hoy celebramos treinta millones; mañana tal vez el viento cambie y la estadística se vuelva austera. La política fiscal no puede ser un cohete de feria, sino una lámpara estable que alumbre los inviernos.