Veamos cómo Bilbao ha cerrado 2025 con números que suenan como aplausos: casi 1,4 millones de visitantes, más noches en hoteles, más empleo, más ingresos y un aeropuerto que ya supera los siete millones de pasajeros.
La ciudad sonríe con estadísticas que parecen promesas de prosperidad. Y ahora, dicen sus responsables, toca reforzar la apuesta por un turismo ético, equilibrado, sostenible. Palabras grandes para una ciudad que sabe –porque ya lo aprendió con el hierro y con la lluvia– que toda riqueza tiene un precio.
El turismo llega como llegan las mareas: primero tímido, luego inevitable. Trae lenguas nuevas a las barras de los bares, ojos sorprendidos ante el Guggenheim, mapas abiertos sobre mesas de café. Y trae trabajo: más empleos en alojamientos, más oportunidades para quienes viven de contar historias o cocinar recuerdos.
Pero también trae preguntas incómodas, esas que nunca aparecen en los folletos: ¿cuántos visitantes puede abrazar una ciudad sin perder el pulso propio? ¿cuántos vuelos caben en el cielo antes de que el ruido tape la conversación de los barrios? Bilbao dice que quiere un turismo ético. Ético debería significar que el visitante aprende a caminar despacio por calles que ya tienen dueño: la gente que vive allí.
Tengamos cuidado con que el empleo que nace del turismo no sea una sonrisa precaria con contrato breve. Que el éxito no expulse a quienes sostienen la vida cotidiana: los vecinos, las tiendas de siempre, las historias pequeñas que no salen en Instagram. Porque el turismo tiene memoria corta. Se enamora rápido y se cansa rápido. Hoy aplaude un destino, mañana busca otro. Y las ciudades que se acostumbran demasiado al aplauso corren el riesgo de olvidar quiénes eran antes de la ovación.
Hay algo valiente en que Bilbao hable de ética en medio del récord. Cuando todo va bien, es fácil crecer sin mirar atrás, llenar hoteles sin pensar en las casas, celebrar cifras sin escuchar murmullos. Apostar por la sostenibilidad –económica, social y medioambiental– es admitir que el éxito también puede ser una amenaza si no se gobierna con cuidado.
El turismo ético no debería ser un eslogan para ferias internacionales. Debería ser un pacto silencioso: entre quien llega y quien vive, entre la foto y la memoria, entre el dinero y la dignidad. Bienvenido sea.