Hay parques que nacieron para escuchar el susurro de los árboles y otros que, de vez en cuando, aceptan el rugido de la tribu. El parque de Doña Casilda, con sus patos de paso solemne y sus jubilados cronometrando la vida en los bancos, se ha despertado un día con vocación de estadio sin césped. Le han anunciado que será Fan Zone para las finales de rugby de 2026 en San Mamés, y uno imagina a las palomas preguntándose si también tendrán que aprender las reglas del deporte de caballeros que engaña: hay más amago de violencia que realidad. No por nada, el tercer tiempo es uno de los puntos de encuentro más acogedores que se conocen en el mundo del deporte .

La ciudad moderna vive de estas mutaciones instantáneas. Un lugar que ayer era territorio de paseos lentos y confidencias de pareja hoy se convierte en una plaza pública amplificada por pantallas gigantes, cerveza tibia y cánticos que suben por los tilos como si fueran enredaderas sonoras. Algunos celebrarán la noticia como una fiesta necesaria, una forma de proyectar Bilbao al mundo con esa mezcla de músculo industrial y sonrisa cultural que tanto le gusta exhibir. Otros sentirán que el parque, ese refugio íntimo entre el tráfico y el hormigón, corre el riesgo de convertirse por unos días en un parque temático del entusiasmo colectivo.

No es una discusión nueva: cada ciudad decide constantemente cuánto ruido está dispuesta a tolerar a cambio de la promesa del brillo internacional. El rugby trae valores nobles —dicen—: compañerismo, respeto, tercer tiempo. También trae multitudes con sed y banderas que se convierten en capas de superhéroes improvisados. El dilema no es el deporte, sino el escenario. ¿Puede un parque que ha aprendido a hablar en voz baja sobrevivir a la gramática del megáfono?

Hay algo profundamente bilbaino en el debate: la tensión entre el carácter hospitalario y la defensa orgullosa de lo propio. Porque Doña Casilda no es un solar vacío; es un álbum de fotos vivas donde conviven niños que corren detrás de una pelota imaginaria y ancianos que repiten el mismo paseo desde hace treinta años. Convertirlo en Fan Zone es, de algún modo, invitar a miles de desconocidos a sentarse en el salón de casa con la promesa de que no romperán nada. Lo habitual es que no lo hagan. Así lo hicieron la última vez.