Dicen que viajar ensancha la mente, pero en Bizkaia, a partir de ahora, también estrechará un poco la cartera. Hasta 7,5 euros por noche costará el privilegio de dormir bajo techo ajeno mientras se fotografía el mar Cantábrico como si fuera una sopa primigenia donde flotan surfistas y gaviotas con cara de funcionario. El turista, que llegó con la ilusión de perderse, encontrará además una nueva línea en la factura: el peaje de la almohada.

No es la primera vez que un territorio intenta domesticar a la multitud que llega con chanclas, drones y hambre de autenticidad empaquetada. Europa entera parece una abuela cansada de que le abran la nevera sin preguntar. Venecia cobra por respirar su humedad, Barcelona pone cara de portero de discoteca cultural y ahora Bizkaia afila el lápiz para que cada sueño tenga su impuesto. La pregunta no es si la tasa es justa sino qué revela de nosotros esta necesidad de poner precio a la visita.

El turista moderno es un animal curioso: desea sentirse único mientras forma parte de un rebaño.

Busca el bar secreto recomendado por millones de personas y quiere desayunar en la misma mesa donde otro influencer ya dejó enfriar el café para una foto. En ese contexto, pagar unos euros más puede parecer un pequeño sacrificio, casi una indulgencia contemporánea: contribuyes al lugar que te acoge y te llevas, además de la toalla del hotel –que no deberías–, la sensación de haber hecho lo correcto.

Pero también existe el reverso. Cada tasa es un recordatorio de que el turismo, ese invento moderno se ha convertido en una negociación constante entre quien llega y quien ya estaba. El visitante paga por existir durante unos días; el residente cobra por soportar la metamorfosis de su barrio en un decorado. Y en medio, las ciudades, que empiezan a parecer parques temáticos con nostalgia incorporada.